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¿Hay salida al colapso?: Una ética para lo común

Foto de Elvis Bekmanis en unsplash

Foto de Elvis Bekmanis en unsplash

La política de nuestros días está impregnada de una atmósfera de desesperanza, que va más allá de partidos o ideologías y se filtra como un malestar generalizado que atraviesa la vida cotidiana y la imaginación colectiva. Esta sensación de fin de ciclo, alimentada por la precariedad económica y la desafección institucional, ha sido aprovechada por liderazgos que convierten el colapso en promesa. Las derechas -particularmente en sus versiones radicales y conservadoras- y ciertos populismos contemporáneos han logrado articular el desencanto, ofreciendo la demolición o restauración del pasado como única forma de cambio. Esta forma de política convierte la crisis en un recurso de poder: una promesa que no apunta a lo común, sino a la pulsión de castigo.

Mark Fisher, en su libro Realismo capitalista (2009), describe cómo este concepto actúa como un cerco que limita nuestra imaginación política, imponiéndonos un presente sin alternativa que debilita la posibilidad misma de pensar en comunidad. Este cerco no solo reduce la política a la gestión de lo dado, sino que instala la sensación de la imposibilidad de un cambio real y de la sensación de que todo presente se prolonga sin posibilidad de un futuro. Por su parte, Franco Berardi, en su libro La fábrica de la infelicidad (2003) y en varios de sus ensayos posteriores, advierte que esta crisis no es sólo económica, sino también subjetiva: una fatiga que erosiona el deseo de futuro y la capacidad de sostener vínculos con otros. En conjunto, estos diagnósticos ayudan a vislumbrar un panorama en que la política de la desesperanza no surge solo de la falta de propuestas o programas, sino de la imposibilidad de imaginar y sostener lo común, en un mundo que enseña a desconfiar y a competir incluso en los espacios que antes eran compartidos. Esta desconexión, esta imposibilidad de proyectar un horizonte, abre la puerta a la promesa de una salida autoritaria y a la renuncia a cualquier forma de deliberación democrática y de construcción colectiva.

Esa política encuentra su expresión más nítida en Chile en las candidaturas presidenciales de Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser, cuyos discursos y programas se vuelven por momentos indistinguibles. Matthei, históricamente situada en la derecha tradicional, ha adoptado el mismo tono autoritario de la derecha radical, llegando incluso a mandar a callar a la Ministra Vocera de Gobierno en una rueda de prensa, arrebato sacado directamente del manual de Trump o Milei. En este contexto, Evelyn Matthei, quien históricamente ha mantenido un discurso pinochetista matizado y que en ciertos momentos se ha mostrado más moderada, hoy ha optado por hablarle a la derecha radical en lugar del centro. Este giro discursivo la ha debilitado en las encuestas y ha provocado quiebres en la centroderecha, como la renuncia de la ex ministra Soledad Alvear a Amarillos por Chile después de que la colectividad decidiera entregarle su apoyo. Al mismo tiempo, Kast -que va disputándole palmo a palmo el primer lugar a Matthei en las encuestas- y Kaiser profundizan este tono de desconfianza y rechazo, apelando a un electorado que se ha ido radicalizando, aunque no tanto por una adhesión ideológica a estos sectores como por un clima de malestar y desencanto generalizado, que sectores de la izquierda y el progresismo no han sabido interpretar o canalizar, generando una desconexión profunda entre las necesidades y preocupaciones de las personas y las respuestas que ofrece la política institucional. El clima de anomia y apatía se convierte así en terreno fértil para estos liderazgos que lograron captar la frustración de un electorado desencantado y dispuesto a aceptar una salida autoritaria, alimentada por la sensación de pérdida de sentido y un malestar ontológico que disuelve los vínculos con lo común y bloquea cualquier horizonte democrático.

Pero como recordaba Gramsci en Odio a los Indiferentes, aunque “parezca que la historia no sea más que un fenómeno natural” que arrolla a todos, la tarea política es disputar ese fatalismo. No basta con contraponer discursos esperanzadores que parecen fuegos artificiales en la noche: necesitamos una ética de lo común que haga posible organizar el malestar, no como recurso de populismo, sino como base de la reconstrucción social. Desde el socialismo democrático, esto significa fortalecer lo público, redistribuir el poder y construir instituciones que no se limiten a gestionar, sino que vuelvan a ser espacios de deliberación y encuentro.

Pensar políticamente en tiempos de desesperanza no puede reducirse a un voluntarismo retórico o a la nostalgia de proyectos ya clausurados. Exige un compromiso real y radical con la ética de lo comunitario, entendida como una concepción política que reconoce la interdependencia social, la importancia de las instituciones compartidas y la necesidad de sostener lo común más allá del individuo. Desde la filosofía, autores como Iris Marion Young y Charles Taylor han insistido en la necesidad de reconstruir vínculos solidarios frente al malestar, no desde el moralismo, sino desde el reconocimiento de la interdependencia social y el compromiso con las estructuras materiales de la vida en común. Frente a la política de la desesperanza, la respuesta no es simplemente perpetuar el desgaste, sino convertir la imaginación política y la ética de lo comunitario en herramientas concretas para sostener la democracia como un proyecto de transformación social y no de mera gestión.

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