Profesor de Filosofía
Si una persona cualquiera tiene la intención de concentrarse exclusivamente en todo lo que le viene del exterior, es decir, estar atento a percibir solamente los ruidos, gritos, música, un reloj, el ladrido de un perro, o el canto de un pájaro, etc., y se queda ahí, tan solo ahí… en el presente, empiezan a aparecer en su conciencia diversos sonidos que vienen y van. Un grito a lo lejos, el auto que va pasando; todo aparece y desaparece. Si se afina un poco más la atención (no es fácil), se podrá dar cuenta de que existe algo que permanece constante, independiente de lo que va y viene; se podría decir, algo que está por debajo de la superficie, de eso que aparece y desaparece. Este escrito tiene la intención de sostenerse precisamente en esto último. Para ello, el verbo que se va a conjugar es el de relacionar. Concurren a ello la filosofía helenística, sabidurías orientales, y el pensamiento contemporáneo.
Al parecer, hoy a muchos individuos les asiste el deseo de cambiar de casa. Se presiente que existe un bien que debería estar y ya no se encuentra,que está ausente y por eso se hace necesario trasladarse para dar con ese algo. Esta sensación de carencia convierte a las personas en tristes. En la actualidad del mundo contemporáneo, lleno de vivencias, viajes, celebraciones, etc., asistimos también a una llamativa tristeza que, por debajo de todo el consumo nuestro de cada día aparente y superficial, impregna nuestro presente. Baste con ver los enormes problemas de salud mental que nos afectan o las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud sobre los casos de depresión en nuestras sociedades. Pareciera que el hogar ya no es confortable, armónico, no da seguridad, ni tranquilidad, no genera goce.
Por lo tanto, uno de los grandes sueños de hoy es irse a vivir al campo, la playa, las montañas. Hay una intención de dejar todo atrás y con ello ser un otro que recupera lo que ya no está y que llena por fin el vacío. Así tener una nueva vida sin carencia. Reconquistar lo perdido. Existen personas que han cumplido su “sueño”. Y el contacto con la naturaleza ha sido significativo para ellos. Sin embargo, lo más probable es que la sensación de carencia pese a la quimera cumplida siga patente. ¿Por qué? Conozco muchas personas que estando en un lugar paradisiaco caen en una depresión. La siguiente historia clásica del mundo oriental pude ser útil. La leyenda relata la historia de un hombre que, al morir, es llevado a un palacio descrito como el paraíso. Un encargado le ofrece una vida de placer sin límites: las habitaciones más lujosas, jardines bellísimos, comidas exquisitas y la compañía constante de muchas mujeres. Su única función es disfrutar al máximo de todo ello. Inicialmente, el hombre está exultante y se entrega a los placeres. Sin embargo, tras pasar aproximadamente dos años, el disfrute se convierte en aburrimiento y una sensación de hastío. Busca al encargado y le pide un cambio; desea realizar alguna actividad, trabajar o dedicarse a algo. El encargado le recuerda que su destino es el disfrute perpetuo y que nunca saldrá de allí. Aterrado por la perspectiva de una existencia de placer inmutable, el hombre exclama que casi hubiese preferido ir al infierno. Es entonces cuando el encargado le revela la verdad con una pregunta: «¿Dónde crees que estás?»
El capitalismo mundialmente integrado es una máquina de crear deseos, el ser humano es un ser inherentemente deseante. Incluso en el lugar más perfecto y placentero imaginable, la ausencia de un desafío, de un propósito o de algo «que desear» (algo que falte o que se deba alcanzar) conduce al sufrimiento y al hastío. Podemos entonces estar en el paraíso y vamos a estar deseando. Lo fundamental aquí es deconstruír esta cadena de generación de deseos- consumo de deseos- aburrimiento- sufrimiento… generación de deseos…
Quizá el ritual del viaje no es suficiente si no va acompañado de una transformación radical, esto es, una deconstrucción del yo.
“Afeitarse los cabellos y vestir el hábito monástico significa transformar e iluminar la conciencia. Saltar los muros de palacio y adentrarse en las montañas es un ejemplo de transformación de la conciencia. Las montañas en las que hay que adentrarse no es otra cosa que el estado de ‘pensar sin pensar’. El abandono del mundo no es otra cosa que no pensar” (Dokushô Villalba. El Cuerpo Real. Estudiar la Vía con el cuerpo y con la mente. 2012 Miraguano S.A. Ediciones. Madrid España. Pág. 75)
En una primera instancia, lo que nos muestra el monje es una especie de ritual. Los rituales se pueden definir como técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el estar en el mundo en un estar en casa. Hacen del mundo un lugar fiable. (Byung-Chul Han. La desaparición de los rituales. Barcelona-Herder 2020. Pág. 12)
El que decide hacerse monje debe cumplir con un ritual. Irse a las montañas o raparse la cabeza son parte de un rito que lleva asociada una alta simbología: abandonar el mundo, dejar atrás el mundo del cual se es parte. También en la tradición del desierto cristiana existe algo semejante. En el caso de los monjes, supone hacer girar la vida de acuerdo a un cambio completamente radical: familia, trabajo, amigos, lugares, etc. Tenemos aquí una metanoia, una conversión.
En la Filosofía Helenística tenemos también permanentemente la idea de un sujeto que se transforma y transfigura.
“Se denominará espiritualidad, entonces, el conjunto de esas búsquedas, prácticas y experiencias que pueden ser las purificaciones, las ascesis, las renuncias, las conversiones de la mirada, las modificaciones de la existencia, etc.” (Michel Foucault. La Hermenéutica del Sujeto. F.C.E. 2018. Pág. 33)
La metanoia está asociada a un cambio radical, es decir, se produce en la totalidad del hombre. Esto es, pensamiento, voluntad, imaginación, sensibilidad. Aquí subyace la idea de que el sujeto en cuanto tal, en un estado de cotidianidad, tal como es o se da a sí mismo, no es capaz de acceder a la verdad. Solo y eventualmente sería competente si efectúa en sí mismo una cierta cantidad de prácticas y ejercicios que lo transforman y modifican. Tal como afirma Foucault: “que lo harán capaz de verdad”. Esta idea es muy relevante, ya que se encuentra en toda la filosofía antigua, y como claramente lo podemos apreciar no solo en esta, sino que también en otros tipos de pensamiento, filosofías o sabidurías. La conversión está siempre presente: pasar de un modo de ser a otro, ya que sin esta no existe posibilidad de tener acceso a la verdad ni a un equilibrio psíquico, tampoco a la felicidad.
“(…) el famoso monólogo del Fausto al comienzo de la primera parte, y encontrarán en él, justamente los elementos más fundamentales del saber espiritual, las figuras, precisamente, de ese saber que asciende hasta la cima del mundo, que capta todos sus elementos, que los atraviesa de uno a otro lado, captura su secreto, se sumerge en sus elementos y al mismo tiempo, transfigura al sujeto y le da felicidad” (Ibid. pág. 300)
Se trata entonces de estar en sintonía con una escucha que hasta el momento se encontraba falsa o deficiente. Es una manera de captar vibraciones que no se encuentran en la superficie, sino que más bien en una hondura. Una mirada otra.
“Digamos simplemente que hay que trasladar la mirada, desde el exterior, los otros, el mundo, etc., hacia uno mismo. La inquietud de sí implica una cierta manera de prestar atención a lo que se piensa y lo que sucede en el pensamiento. Parentesco de la palabra epimeleia con melete, que quiere decir, a la vez, ejercicio y meditación” (pág. 28)
En el filósofo Heidegger tenemos también la idea de una mirada que persevera en la cercanía del espíritu. Lo que aquí se ejercita es una cierta mirada distinta, diferente a la del pensar calculador, conceptualista, amante de la definición y que busca acceder a todo cuanto hay solo a partir del conocimiento. Es decir, sin tomar en cuenta y mostrando absoluta indiferencia por el misterio, de eso otro, de lo cual tenemos intuiciones y a lo cual no podemos tener acceso por el mero conocimiento, sin pagar el precio de una transformación total.
Heidegger habla de un “oído atareado y curioso” del uno impersonal, es decir, un hombre que no es capaz de escuchar el murmullo del silencio, esto es, una voz misteriosa que nunca expresa algo. Para el pensador alemán, el uno impersonal es todo ojos y oídos, pero es infértil para percibir lo que no se expresa y muestra por conceptos. No es poseedor de una mirada que escucha ni de un oído que mira.
Conclusión: El Viaje a Casa
Este recorrido por la filosofía antigua, el budismo y el pensamiento contemporáneo nos deja una conclusión sumamente práctica: la verdadera transformación y el anhelado bienestar no están necesariamente al cambiar de geografía, sino al cambiar nuestra mirada y nuestra forma de estar en el mundo, esto es, en el fondo una deconstrucción del yo, y una reconstrucción de nosotros mismos.
El deseo de «irse a vivir al campo», de buscar un nuevo hogar o de hacer un cambio radical, refleja una tristeza genuina por la pérdida de aquello que nos hace sentir seguros y conectados. Es la búsqueda de un ritual que nos devuelva la sensación de estar «en casa» en nuestra propia vida, un sentimiento que el consumismo superficial no puede llenar.
La práctica de la metanoia (conversión) o la epimeleia (el cuidado de sí) nos enseña que no necesitamos un gran éxodo para empezar. El «adentrarse en las montañas» o «saltar los muros de palacio» de los que habla el monje, es, en esencia, un ejercicio de la atención aquí y ahora. Hoy estamos pobres de atención.
Cómo Aplicar esta Filosofía a tu Vida Diaria:
- Afina la Escucha Interior (El «Ruido de Fondo»): La práctica más inmediata es la que sugiere el inicio del texto: tómate unos minutos al día para ir más allá de los sonidos y las distracciones superficiales. Al igual que el ruido del tráfico aparece y desaparece, también lo hacen tus preocupaciones. Busca el silencio constante que reside debajo de esa superficie. Esa es la capa de realidad que permanece y donde se halla la calma.
- Abraza el Ritual Cotidiano: Los rituales nos instalan en la vida. Si no puedes cambiar de casa, re-ritualiza tu espacio y tus actividades diarias. Esto puede ser tan sencillo como preparar tu café con atención plena, dedicar un tiempo fijo y sagrado a la lectura o la meditación, o incluso apagar el móvil a una hora determinada. Estos pequeños actos de disciplina y presencia son las «técnicas simbólicas» que hacen de tu vida un lugar fiable y confortable.
- Realiza la «Conversión de la Mirada»: En lugar de enfocar toda tu energía en lo que otros piensan, en las noticias externas o en la adquisición de bienes (el «oído atareado y curioso» que critica Heidegger), traslada la mirada hacia ti mismo. El acto de preguntarte con honestidad «¿Qué estoy pensando en este momento?» o «¿Qué me está sucediendo realmente?» es la puerta de acceso a la verdad que transforma.
En resumen, la felicidad y el equilibrio psíquico no se compran con un billete de avión ni se encuentran en un nuevo código postal. Son el resultado de una transformación interior constante, de cultivar una mirada que escucha y un oído que mira. El hogar que anhelas es tu propia conciencia, y la llave para abrirlo está en el ejercicio diario de tu atención.
