Comité Central Nacional Partido Socialista de Chile
Hemos visto con sorpresa que nuevamente la senadora Camila Flores aparece en la agenda pública. Y no precisamente por las controversias políticas a las que ya nos tiene acostumbrados, como el negacionismo, sus constantes enfrentamientos con el movimiento feminista o sus desafortunadas burlas hacia víctimas de la dictadura, sino porque denuncia que su intimidad fue vulnerada mediante la difusión de imágenes privadas, anunciando que utilizará todas las herramientas jurídicas disponibles para perseguir a los responsables.
Y está en todo su derecho. Lo curioso no es que exija justicia. Lo curioso es descubrir que, cuando la víctima es una misma, los derechos dejan de parecer una exageración progresista y se convierten repentinamente en una necesidad urgente.
Durante años, la Derecha chilena se distanció de las demandas de mujeres que advertían sobre la violencia digital, la exposición no consentida y la revictimización. La conversación solía desviarse hacia la conducta de la víctima: ¿por qué se tomó la foto?, ¿por qué la envió?, ¿por qué confió? El delincuente parecía ocupar un lugar secundario; el juicio moral, en cambio, era protagonista.
Hasta que un día la víctima tiene fuero parlamentario. Entonces ocurre el milagro. Lo que antes era relativizado pasa a ser gravísimo. Lo que parecía una preocupación exagerada se transforma en una causa noble. Lo que era un problema ajeno se convierte en una emergencia personal. Y ahí aparece la versión más sincera de muchos políticos: aquella en que los derechos son innecesarios mientras protegen a otros, pero fundamentales cuando los necesitan ellos.
Lo mejor de todo es que la ley la protege igual. La protege, aunque, no haya apoyado las luchas que permitieron construir esas garantías. La protege, aunque otros hayan sido cuestionados con argumentos que ahora resultarían ofensivos. La protege porque los derechos funcionan precisamente así: no preguntan por quién votaste ni que causas apoyaste antes de defenderte.
La ironía es brutal: una legislación impulsada para proteger a mujeres que durante años escucharon que «se lo buscaron» termina protegiendo a una representante de la derecha que siempre hicieron eco de ese mismo discurso.
Quizás la experiencia le deje una enseñanza valiosa: la dignidad, la privacidad y el respeto no son principios de izquierda ni de derecha. Son principios universales. Aunque en la política chilena las conversiones ideológicas rara vez llegan por reflexión. Suelen llegar por conveniencia, por cálculo o por necesidad. Y la necesidad, como siempre, parece ser la maestra más eficiente. Sin embargo, criticar una contradicción no significa celebrar una vulneración. Denunciar la incoherencia de un discurso no implica alegrarse del daño sufrido por quien lo sostiene.
Algo debiera enseñarnos este episodio es que los derechos, la privacidad y la dignidad deben defenderse siempre, incluso cuando benefician a quienes jamás levantaron su voz para defenderlos. Por eso resulta pertinente recordar las palabras de José Mujica, a 48 horas de ser liberado después de haber sido por 14 años preso político: «Quiero además discrepar con muchos. No acompaño el camino del odio ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas con nosotros».
