sábado, octubre 3, 2026
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La machosfera: un síntoma de la crisis de las masculinidades contemporáneas

Crédito foto: Barbora Dostálová en unsplash

Hace un tiempo vengo pensando en la machosfera. No solamente en lo que dicen sus referentes, ni en los contenidos que circulan por redes sociales, sino en algo que me parece más difícil de abordar: ¿por qué algunos hombres jóvenes encuentran ahí respuestas para cosas que les están pasando?

Para mí, la machosfera es solo un síntoma. Un síntoma de una crisis que viene de mucho antes de TikTok, YouTube o Instagram. Tiene que ver con la manera en que hemos aprendido los hombres a relacionarnos con nosotros mismos, con otros hombres, con las mujeres y también con aquello que nos rodea.

Lo digo desde mi trabajo. Realizo talleres de masculinidades con estudiantes en colegios y también capacitaciones a docentes. Y cuando uno conversa con jóvenes, aparecen muchas veces preguntas que no son tan distintas de las que nos hacíamos nosotros a esa edad: ¿soy suficientemente atractivo?, ¿por qué me rechazaron?, ¿qué esperan de mí?, ¿qué significa ser hombre?

La machosfera aparece justamente ahí. No inventa esas inseguridades. Tampoco inventa la soledad ni el miedo al rechazo. Lo que hace es tomar esos malestares y ofrecer una explicación bastante sencilla: el problema son las mujeres, el feminismo, los hombres “débiles” o una sociedad que supuestamente ya no deja a los hombres ser hombres.

Y eso puede ser muy seductor. Porque cuando estamos heridos, frustrados o solos, siempre resulta más fácil encontrar un culpable que detenernos a mirar lo que nos está pasando. El problema es que ese dolor puede terminar transformándose en resentimiento y en una manera de relacionarnos basada nuevamente en la conquista, la competencia y la dominación.

Hay algo más que me inquieta. La machosfera dice defender a los hombres, pero muchas veces termina diciéndonos exactamente cómo tenemos que ser.

Tenemos que ser fuertes, exitosos, tener dinero, conquistar mujeres, competir con otros hombres y no mostrar demasiado nuestras emociones. ¿No es eso, finalmente, otra forma de encierro?

Por eso a veces pienso que la machosfera también termina siendo cruel con los propios hombres. Vanessa Rosales, escritora y pensadora colombiana, lo expresa de una manera que me parece muy potente: “La manosfera también odia a los hombres. Les dice a los hombres que no se merecen la felicidad, que, por ejemplo, su dolor, su tristeza, sus duelos, su sentido de extravío, en un mundo que no tiene un lugar para ellos, y lo que hace la manosfera es monetizar” (1).

Es lo que alguna vez he llamado la masculinidad de la muerte: una forma de masculinidad que necesita demostrar fuerza y control, aunque para hacerlo tenga que desconectarse de la vida, de los afectos y de aquello que nos sostiene. La paradoja es enorme: discursos que prometen

devolverles a los hombres su poder pueden terminar profundizando justamente aquello que los mantiene aislados.

Tampoco creo que podamos decir simplemente que este es un problema de la ultraderecha. Es cierto que algunos discursos de la machosfera dialogan con sectores de la nueva derecha y con discursos antifeministas. Pero sería demasiado fácil pensar que el problema está solamente allá afuera. Los hombres de izquierda, progresistas o feministas también tenemos mucho que revisar respecto de nuestras propias formas de ser hombres.

Yo también me incluyo en esa pregunta. Hablar de masculinidades no significa estar fuera de ellas. También hemos aprendido a competir, a buscar reconocimiento, a esconder inseguridades y a creer que podemos resolver solos lo que nos pasa. Por eso, para mí, trabajar con jóvenes no consiste solamente en decirles qué está mal en la machósfera. Consiste también en abrir otras posibilidades.

Y aquí es donde para mí aparece la idea de las ecomasculinidades. Si hemos construido una masculinidad basada en conquistar, dominar y apropiarnos de otros cuerpos, de la naturaleza e incluso de los animales no humanos, quizás necesitamos comenzar a pensar una masculinidad basada en el cuidado, la interdependencia y el reconocimiento de que no existimos separados de aquello que hace posible nuestra propia vida.

Por eso la pregunta que más me interesa no es solamente cómo sacar a los jóvenes de la machosfera, sino qué estamos haciendo para que no necesiten encontrar ahí las respuestas que están buscando. Porque si la machósfera es solo un síntoma, entonces el problema es mucho más profundo.

Dicho todo lo anterior, la tarea que tenemos por delante sea dejar de educar hombres para conquistar, competir y demostrar, y comenzar a acompañarlos para que aprendan a cuidar, vincularse y reconocerse como parte de una trama de vida que incluye a otros seres humanos, a la naturaleza y también a los animales no humanos.

1:https://open.spotify.com/episode/2upqTLq7tzT6yA7Nm3uL3Y?si=Co_c2bMtReSQyT5PUR66kw&utm_source=whatsapp