martes, junio 9, 2026
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Las expectativas en un punto muerto: preámbulo de una crisis

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Las expectativas se manifiestan cuando creemos que la realidad puede ser mejor o peor. Las expectativas son, de alguna manera, la aceptación de que algo sucederá para bien o para mal, en el futuro. La percepción de la gente, tanto de su realidad presente como futura, está determinada por cómo les afecta a nivel personal y está en gran medida influida por visiones de terceros.

Cuando la realidad es difusa, es decir, por ejemplo, cuando las condiciones se prestan para decir que las cosas no van bien, se puede llegar fácilmente a verlas desde el prisma de la visión más directa, cercana y de mayor impacto que presenta la realidad, es decir, desde un punto de vista negativo.

Esa realidad además puede verse amplificada o distorsionada por el enfoque de los medios de comunicación y la manipulación de los hechos, imágenes, datos y relatos fabricados por esos medios.

Seguridad, empleo, vivienda, salud, inmigrantes son temas preocupantes para la gran mayoría de la población. Pero cuando las imágenes y noticias golpean a diario y repetidamente sobre uno o varios de esos temas, se genera una situación que preocupa, atemoriza y busca responsables de que tales “males” existan.

La oposición al gobierno de Boric se enfocó en el tema de la seguridad y del escaso crecimiento de la economía, atribuyéndole al gobierno, además, el incremento de los diversos tipos de episodios delictivos por la falta de voluntad para actuar con firmeza y por no contar con la capacidad de respuesta ante la criminalidad.

El argumento de la derecha en nuestro país ha intentado vincular varios temas. Las inmigraciones incrementaron la tasa de delincuencia; los delincuentes colapsaron la capacidad de las fiscalías y cárceles; los inmigrantes colapsaron el sistema público de salud e incrementaron el desempleo, como también el crecimiento del empleo informal o por cuenta propia.

La economía chilena se vio afectada en su crecimiento por las variaciones de la demanda internacional de materias primas y los movimientos aleatorios de sus precios. Lo que generó más bajas que alzas en los ingresos fiscales por los impuestos y royalties a las empresas. La inflación interna llevó al Banco Central y al propio gobierno a enfriar la economía, evitando que el crecimiento derivara en incrementar la inflación, teniendo en cuenta el bajo nivel del PIB potencial.

El intermitente cambio de aranceles establecidos unilateralmente por EEUU introdujo incertidumbre y cambios en el destino de las exportaciones hacia ese país. Un nuevo orden de la economía mundial se instaló en poco tiempo. La economía más poderosa del mundo comenzó a aplicar aranceles a todos los países que se habían preparado para competir en una economía mundial abierta, globalizada y sin trabas arancelarias.

Las expectativas ahora tienen mucho que ver con lo que pueda suceder en Chile tras décadas en las que su economía se abrió a los mercados externos y aprovechó el libre comercio con aranceles tendientes a cero.

La economía chilena se ha ido configurando para participar activamente en el comercio internacional, especialmente, con la exportación de cobre, litio, frutas, madera, salmón. Ante el escenario actual, ¿puede el país proyectarse a 5, 10 o más años haciendo lo mismo?

Debemos despejar la incógnita de si seguirá el mundo funcionando con una economía globalizada donde los países compiten exportando bienes y servicios en que tienen ventajas competitivas con bajos aranceles o sin ellos.

Bienes y servicios

Hasta dónde la geopolítica introduce una profunda barrera en el comercio internacional si una potencia económica y militar prohíbe el comercio con sus adversarios y prima la subordinación o el alineamiento con sus intereses.

De qué depende que la globalización y el libre comercio asociado puedan sortear las barreras impuestas por las potencias económica y militares. El multilateralismo será posible o primará el poder político que ejerzan las potencias mundiales.

La complejidad del futuro puede arrastrarnos a verlo con muy funestos augurios. Las distancias cada vez mayores que separan a los países líderes del resto en asuntos económicos están asociadas al desarrollo del conocimiento, al desarrollo de las ciencias y las tecnologías, especialmente aplicadas a mejorar la productividad y la rentabilidad de las inversiones, incluso como cuestión más importante que la calidad de vida y la protección del medio ambiente.

La desigualdad que conlleva este distanciamiento llega a límites en los que vemos países que no tienen posibilidad alguna en este siglo de contar con los bienes y servicios de que disponen los habitantes de los países desarrollados. Al menos, hoy, de lo que se han beneficiado los más pobres es de internet y de los teléfonos móviles.

Si el teléfono móvil e internet le permiten a cualquier habitante de la Tierra saber cómo viven y qué sucede en el resto del mundo en tiempo real, podemos imaginar de qué modo puede afectar las expectativas conocer esa realidad a la gente del mundo menos desarrollado o subdesarrollado. Las expectativas se ven activadas por lo que logra ver y conocer la gente de su propia realidad y compararla con lo que experimentan otros que viven de otro modo, al menos, materialmente con más bienes y servicios a su disposición.

Nuestros países, los del Tercer Mundo, los que intentan desarrollarse y los emergentes, ¿qué expectativas pueden tener ante la actual realidad mundial? Si la alternativa de repetir el proceso de los ahora más desarrollados no parece viable porque el rezago es inmenso, y continuar siendo y haciendo lo mismo tampoco ofrece mucha esperanza, entonces, ¿dónde enfocar la mirada y los esfuerzos para alcanzar mejores condiciones de vida y un desarrollo sostenible y posible?

La responsabilidad política de quienes aspiran a conducir el país comienza desde el momento en que en plena campaña electoral describen al país como en estado crítico, con males endémicos sin remedio, como un país en proceso de descomposición. A partir de ese relato es posible llevar a los habitantes del país a que crean en ello, aunque no sea un diagnóstico objetivo. El asunto grave es que si la gente es convencida de aquello y termina eligiendo a esos portavoces para gobernar.

En efecto, una vez en el gobierno, las expectativas de la gente se transforman en una exigencia que no se hace esperar. Las promesas deben cumplirse y si ello no ocurre en el plazo o en los tiempos prometidos en campaña electoral, se avecina una reacción que ningún gobierno quisiera enfrentar. Las expectativas sin respuesta, en un punto muerto, pueden transformarse en una crisis social y política como las que vivió Chile entre 2019 y 2020 con el estallido social.