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Lo que está en juego en las próximas elección presidencial

Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno

Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno

Sin duda que hacer política y crear un ambiente de gobernanza para construir un mejor país en un sistema político donde impere la democracia es mucho más complejo y difícil que hacerlo en un sistema político autoritario. El problema para las tendencias ultra de izquierda o de derecha es cómo llegar al poder de la forma que menos desacredite la legitimación de un gobierno autoritario.

Mientras los gobiernos democráticos gozan de estabilidad política y social, especialmente, cuando la economía está bien, todo parece marchar con apoyo ciudadano y ello contribuye a consolidar el bienestar y la paz social. Pero, si la economía y la sociedad en su conjunto arrastra problemas estructurales no resueltos y si a ello se agrega el efecto de los ciclos económicos que afectan a la economía mundial o acontecimientos provocados por conflictos bélicos que hacen contraer la actividad productiva, los efectos en la gobernanza de los países obliga a enfrentar el deterioro que esto produce en la población cuya solución es un desafío político que desata el enfrentamiento de miradas distintas y a veces contrapuestas.

En el párrafo anterior mencionaba los problemas estructurales sin solución, ellos pueden llegar a tener diagnósticos controversiales y enfoques muy distintos. La seguridad ciudadana hoy es un tema que estructuralmente no ha sido posible abordarlo sistémicamente. En efecto, mientras en general muchos se concentran en la represión de la delincuencia como si se tratara de la principal causa de la inseguridad, lo cierto es que queda sin solución el punto que dé cuenta del origen de la delincuencia y de las formas cómo detener su desarrollo, tanto ex ante como ex post.

Es en este último párrafo donde encontramos el déficit argumental que puede ser por omisión o porque contiene mucha debilidad el diagnóstico. Para las derechas la cuestión más fácil y barata es la represión de la delincuencia – la que desde ningún punto de vista puede ser ignorada – en tanto no requeriría de un mayor gasto social del Estado que implique necesariamente incrementar la carga tributaria, sino más bien reasignación del gasto fiscal.

El autoritarismo suele intentar seducir a muchos con su propuesta de resolver rápidamente las crisis de seguridad. Pero, la acumulación de múltiples y sucesivas crisis como de lo que implican sus efectos sociales, parece mostrar que actualmente tales problemas supera con creces la capacidad de gobernanza con sólo la represión.

No solo lo macro en economía debe ir bien, la bajada a lo micro, al territorio, a la gente, puede estar ocultando una mala asignación de recursos pese a lo que digan las estadísticas de lo que crece el PIB.  Con un indicador Gini cercano al 50% que revela una alta concentración de los ingresos, aunque el PIB tenga un crecimiento anual de 3% o más en Chile, por 2 o incluso más períodos presidenciales consecutivos de un mismo signo político, no será posible lograr un país desarrollado dentro de 2 o más décadas sin políticas económicas redistributivas de la renta nacional que le den sustentabilidad al crecimiento económico con un gasto social dirigido a reducir la desigualdad mejorando el acceso a un porcentaje creciente de la población a más y mejores bienes públicos como educación, salud, vivienda, redes de servicios digitales, plataformas de información, conocimiento y vida saludable.

Los buenos o aceptables resultados en lo macro se diluyen en la vorágine de las noticias llevadas al límite para lograr el mayor impacto posible en la gente. La repetición de imágenes y mensajes sobre un episodio determinado logran hacernos sentir que estamos en medio de una crisis terminal. A quiénes puede importarle provocar ese estrés, miedo o impotencia. Podríamos descartar al gobierno de turno y a quiénes lo apoyan, quedan los que se oponen al gobierno y quienes lucran con los problemas y necesidades de la gente.

Estamos frente a un poder determinante en política, la información y la forma cómo se prioriza y difunde. Son los medios y redes sociales que hacen esa tarea, pero, eso implica disponer de grande inversiones y recursos financieros lo que favorece a grupos económicos que necesitan formar opinión y alimentar visiones y posiciones que les sean funcionales, poderes fácticos que sí controlan la mayoría de los medios de comunicación social.

Ciertamente, para cualquier partido o movimiento político, la complejidad e incertidumbre que existe de la realidad actual y del futuro, debe dejar claro que en 4 años ningún gobierno puede asegurar al pueblo un mejor país en su mandato salvo en cuestiones puntuales. De modo que, si la tarea se quiere cumplir, sea por un compromiso país, por un propósito partisano o mesiánico, los 4 años de un período en un régimen presidencialista y en democracia como el chileno no serían suficientes, en particular, si se tiene en cuenta la capacidad del país para responder en dichos plazos en lo económico y social.

La tentación de imponer un proyecto político en democracia que derive en un régimen autoritario podría estar alentando a partidos de la ultraderecha en Chile para llegar al poder.  Los ejemplos recientes de Argentina, El Salvador, EEUU configuran un camino que, tras una consigna altamente valorada por la gente, está llevando a sus gobiernos a aventurarse en un autoritarismo salvaje que permite a oligarquías poderosas concederles más valor a sus ideas que a la democracia.

Lo importante y lo urgente en nuestro país no está reflejado en los extremos de la política. Chile no podrá salir de un estatus mediocre si no es capaz de crecer, sustentado en una estrategia política que rompa el círculo perpetuador de la pobreza generado por la concentración de la riqueza y la desigualdad estructural derivada de ella, que impide mejorar consistentemente la calidad de vida de la mayoría de su gente. La sostenibilidad de una estrategia de crecimiento con equidad se consigue cuando el crecimiento se reparte mejor entre la gente, cuando la mayoría del pueblo logra sentirse con iguales posibilidades para alcanzar un mejor estatus social, es decir, al conseguir con su trabajo una oportunidad de crecer, de aportar al país con más productividad, de lograr una remuneración decente, de vivir seguro y en paz.

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