desde Manhattan, Estados Unidos
Si existe una ciudad para levantarse una y otras vez, incluso cuando todo parece estar en contra, esa ciudad es Nueva York. Y esta semana los Knicks me lo han vuelto a demostrar. A pesar de ser uno de los fundadores de la NBA, representar a la ciudad más rica de Estados Unidos y jugar en la llamada “meca del baloncesto”, durante décadas han sido el hazmerreír nacional. Con apenas dos campeonatos —1970 y 1973—, son el blanco favorito del sarcasmo de los aficionados; porque ser de los Knicks, es ser creyente de un santo que nunca hace milagros. Sus bullados fracasos han dado vida a algunas de las burlas más despiadadas de la NBA: “Same old Knicks” o “The Knicks are gonna Knicks”, expresiones, entre muchas otras, que retratan un equipo que sabe muy bien cómo meter la pata en el último momento.
A pesar de todo, los Knicks siempre llenan el Madison Square Garden. Se dice que sus fanáticos pueden dejar a su esposa o cambiar de ciudad, pero jamás dejarán al equipo. Es una pasión que se transmite de generación en generación porque, ser de los Knicks, no es una cuestión de resultados; es una forma de ser parte de esta ciudad.El lunes pasado las calles estaban de fiesta.
Los Knicks habían ganado los dos primeros partidos de los playoff a los Spurs en San Antonio, Texas. Solamente tenían que ganar el tercero y el cuarto en Manhattan para salir campeones ¿Qué podía salir mal? Los fanáticos caminaban cargando sus packs de 24 cervezas. Los gritos de apoyo, las conversaciones en voz alta, toda esa locura colectiva de disputar una final llegaba hasta la ventana de mi departamento. Los ánimos estaban por las nubes, pero el marcador los devolvió a tierra… sin paracaídas. Perdieron su tercer partido por 115-111. Casi por instinto pensé en “Same old Knicks” y por primera vez esa expresión me pareció graciosa. En las calles de Manhattan se decía —medio en serio y medio en broma— que el resultado habría sido culpa de Trump, quien asistió al encuentro y, de paso, se llevó una pifiadera en el estadio que se escuchó hasta Washington Heights.
El jueves, las calles nuevamente estaban de misma fiesta. Entonces decidí ir al sports bar —más por curiosidad que por interés en el juego— que está a la vuelta de mi departamento. Entré cuando aún no comenzaba el juego, en medio de ruidosas conversaciones y risas exageradas no me dejaban escuchar los tipos de cerverza que el barman me ofrecía. Instintivamente le dejé mi tarjeta de crédito a cambio de una pint. Pasadas las nueve de la noche, al finalizar el primer cuarto, el ambiente era muy distinto. Un tenso silencio se rompía de vez en cuando por algún rabioso «shit!», ante cada pérdida de balón o falta ofensiva de los Knicks. El nerviosismo era evidente: gritos, manos sobre la cabeza y jarras de cerveza vacías sobre la barra reflejaban la frustración ante una absurda ventaja de más de veinte puntos a favor de los Spurs. Al término del segundo cuarto, algunos abandonaron el lugar y quienes se quedaron sentados frente a la barra, miraban como autómatas su teléfono o alguna de las pantallas que proyectaban la publicidad del entretiempo. Una chica gritó: «Oh my gosh!» y luego se fue a la calle con sus amigas. Y yo, indiferente a todo ese sufrimiento, seguía bebiendo otra cerveza y tomando notas para escribir una crónica sobre la segunda derrota de los Knicks en el Madison.
Cerca de las diez de la noche, ya hastiado del partido —o quizás adolorido de ver la tremenda paliza—, pagué la cuenta y salí del bar para caminar por Manhattan. En la calle 34, el Empire State, iluminado con los colores de los Knicks, parecía un chiste de muy mal gusto. Sentía un silencio muy extraño para una noche de verano neoyorquina. Sentado a la entrada de un lujoso edificio de Park Avenue, un doorman seguía el partido en su teléfono. Algunos jóvenes, con camisetas de Jalen Brunson o Mikal Bridges, caminaban cargando cajas de pizza y conversando desanimados. De vez en cuando, un grito de rabia atravesaba la ciudad y otros aullidos respondían desde rincones indefinidos, como si fuera una noche de lobos afligidos. Al llegar a la Octava Avenida, junto al Madison Square Garden, una valla policial contenía una multitud alborotada. Estelas de humo con aromas de falábel y hot dogs, se mezclaban con el Hip-Hop y envolvían los cuerpos de unos adolescentes que bailaban frente a un camarógrafo de NBC. Subí hacia la calle 36, donde otro grupo de casi treinta jóvenes cantaba alrededor de un un gran círculo. Comenzaron a gritar y a grabar con sus teléfonos una artefacto que yo no lograba distinguir. Era una bomba de ruido. La hicieron explotar y quedé sordo por unos segundos, mientras una estampida pasó a mi lado huyendo de la policía.
En medio de todo aquello, una mujer asiática de baja estatura caminaba encorvada bajo el peso de dos bolsas transparentes. Se detenía en un basurero y después en otro, buscando latas y botellas, para luego continuar su camino, indiferente al caos de la ciudad. Intenté seguirla con la mirada, pero Manhattan la hizo desaparecer sin que yo supiera cómo. Luego, aparecieron varios policías con ánimo de machacar a quien se cruzara en su camino, y pensé que ya era el momento de volver a casa.
Antes de entrar a mi departamento, decidí pasar nuevamente por el mismo alicaído sports bar. Lo que encontré fue una multitud eufórica agolpada en la calle. Me abrí paso entre la gente para intentar ver el partido, y lo que vi fue simplemente increíble: a solo siete minutos del final, los Knicks estaban a ocho de los Spurs. O sea, en los veinte minutos que me había tomado caminar desde la Octava Avenida hasta el bar, casi habían borrado una diferencia de más de veinte puntos. Éramos unas quince personas mirando desde la calle lo que comenzaba a parecer un momento histórico de la NBA. Sin darme cuenta, caí en esa ilusión insoportable de verlos remontar, mientras presentía que, en cualquier momento, iban a meter la pata. Punto a punto. Segundo a segundo. Hasta que los Knicks ganaron por 107-106. De un momento a otro, estaba parado en medio de la Tercera Avenida, saltando, gritando de felicidad junto a un grupo de desconocidos. Los abracé mientras repetía: «I can’t believe it! I can’t believe it!».
Anoche, sábado 13 de junio, a las 11:46 p.m., los Knicks ganaron en Texas el quinto partido por una diferencia de cuatro puntos. Se coronaron campeones de la NBA y, después de cincuenta y tres años, levantaron la tercera copa de su historia. Las redes sociales explotaron. «We did it! We did it!», escribían miles de fanáticos y hoy todo el país ha dejado de lado la guerra para hablar del título. Mientras escribo esta crónica, pienso en esa obstinación de volver a creer, incluso cuando nuestros sueños parecen absurdos. Llegué a Nueva York como cofundador y CFO de una empresa de tecnología. Tiempo después, tuve que trabajar limpiando edificios en Manhattan. Luego trabajé asesorando a emprendedores, publiqué tres libros, fundé una editorial y, en septiembre, publicaré mi novela Música para las ratas. Entre una cosa y otra hubo derrotas que prefiero no enumerar. Pienso en los fanåticos de los Knicks y en sus cincuenta y tres años de espera. Pienso también en aquella mujer que recogía latas mientras la ciudad gritaba en las calles. De una u otra forma, todos estamos conectados en esta extraña constelación de deseos llamada Nueva York. Después de todo, volver a creer también es una forma de pertenecer a esta ciudad.
Manhattan, 14 de junio de 2026.
