Inicio Destacado Amor porfiado

Amor porfiado

Foto de Joel Overbeck en Unsplash

Foto de Joel Overbeck en Unsplash

Son los primeros días de septiembre. La primavera se acerca en puntillas con vestido tricolor y la estrella clavada en pleno corazón. Los niños encumbran sus volantines recién estrenados y los primeros acordes de una guitarra se escuchan a lo lejos. La fonda con su música estridente, la empanada recalentada, los ofertones, pague uno, lleve dos, el sol que se desliza por la cresta de la ola. La espuma suspendida en el aire, las gaviotas con sus piruetas que dibujan una fina estela contra el cielo luminoso, ¡aro, aro, aro!

Me siento a la orilla de un camino polvoriento y hablo en susurros, sin nadie que me escuche. Algunas mujeres han bailado la cueca sola durante décadas, desde que el país se hizo trizas, en mil pedazos, y la barbarie se desató como una locomotora furiosa, sin rumbo.  Pese a que lo han intentado tantas veces no logran vestir el amarillo de los girasoles ni el rojo de los copihues. Visten de negro, de la cabeza a los pies, año tras año. Como viudas de pueblo, envueltas en un luto eterno. Su dolor no tiene duelo, la palabra en una mano y la memoria en la otra.  Amor porfiado.

Más de 50 años han transcurrido desde que la locomotora se echó a correr sin rumbo, furiosa.  Bastó un día para que cambiara para siempre la vida de millones de chilenos, incluso de aquellos que aún no habían nacido. Somos los hijos, las hijas, los hermanos y las hermanas de Cecilia, Guillermo, Kiko, Lenin, Alfonso, Patricio, Fernando, Reinalda, Diana, Juan y miles de otros y otras que no descansan en una tumba, pero tampoco conocen el olvido. Nos aferramos a las palabras como si fuésemos náufragos abandonados. Poco a poco, el vaivén de la ola va creciendo y las palabras nacen, nos empujan, nos elevan como espuma blanca y, en una fracción de segundos, chocan contra la roca maciza. En la palabra nos reconocemos, ella es nuestra arma, nuestra espada gloriosa, nuestra greda húmeda que amasamos como alfareras diligentes, sin prisa, pero sin pausa.

Sueño con la primavera, con el regreso del campo florido y ese mar que alguna vez bañó a los inocentes, a los hombres y mujeres que a sus espaldas cargaron futuros colmados de promesas. Quisiera pintar un país que se estira y se tiende como un enorme telón blanco, sin la estridencia de los índices macroeconómicos, los slogans publicitarios. Sin gabinetes de papel, sin metáforas ni hipérboles. Una vida posible para todos, donde las diferencias sumen y la tolerancia sea nuestra contraseña, donde el rescate de la memoria y de nuestra historia no requiera de un calendario y la solidaridad tampoco. Donde la búsqueda por nuestros desaparecidos no necesite sólo de un plan sino de una voluntad de país, un compromiso de sangre, no de tinta.

Quisiera que la verdad y la justicia no fuesen un slogan de la calle sino derechos humanos impostergables que se respeten y se cumplan. Quizás tengamos que aprender de nuevo que la verdadera modernidad nace de la convivencia democrática y la participación. La genuina globalización debe traducirse en hacernos responsables no sólo de los éxitos individuales sino de los fracasos colectivos.

Cada vez cuesta más rescatar el pasado y sus lecciones. Las gentes, los lugares, las imágenes, lo ocurrido aquel 11 de septiembre de 1973 se ha teñido de color sepia. Los años pasan, nos vamos poniendo viejos, los protagonistas de la llamada historia se apresuran para contar la suya y la del país (ahora se llaman Memorias).  El pasado tiende a encapsularse y asistimos a tantos funerales como lanzamientos de libros.

Levanto la vista hacia el cielo y la lluvia anhelada moja mis mejillas como lágrimas de bienvenida. Una gota se desliza por mi cuello y yo la espanto como si se tratara de una mosca. El cielo se ha tornado gris y las nubes avanzan con su artillería pesada. El polvo del camino se ha vuelto lodo, una capa viscosa cubre mis sandalias. Pies de barro.

Recuerdo a Guillermo, un amigo campesino que amaba el golpeteo de la lluvia sobre su techo de latón de su casa en Futrono. Recuerdo que una noche, en nuestro primer encuentro -él, yo y su amiga Rocío – tomábamos vino caliente cerca de su cocina a leña mientras un espeso paño de agua caía con estrépito. De pronto, sin aviso, Guillermo giró hacia la luz y me mostró su cara marcada por la huella de un par de espuelas, las suyas, que los carabineros, un mes después del Golpe, le habían hundido en sus mejillas cuando supieron que pertenecía a un sindicato de la zona. Rocío lo miraba fijo, muda, sin saber qué hacer. Hasta que se sacó sus guantes de lana y le mostró sus manos quebradas. Le contó que los soldados habían triturados sus dedos, uno por uno, cuando se enteraron que ella era pianista. Tenía veinte años entonces. Entonces uno de ellos le susurró al oído ahora es el momento de conocer la parrilla. Y se rio, dejando un hilo de saliva en su cara. La desnudaron completamente. Su corazón era un enorme tambor que palpitaba con fuerza y se estrellaba como la ola contra la roca.  Sintió la primera descarga y mordió algo que habían puesto entre sus dientes. Una almohada ahogó sus gritos. Se sumergió en la oscuridad.

Septiembre, mes de la patria arrebatada, coja, ensimismada. Una patria que baila sola, que recuerda sola, que busca sola. ¡Aro, aro, aro! Zurita, hombre de luz, nos envuelve con su voz profética: a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está pegado a las rocas, al mar y a las montañas.

SIN COMENTARIOS

Salir de la versión móvil