La salida de Jaime Mañalich del Ministerio de Salud ha dejado en evidencia el bajo estándar que existe en Chile sobre el cumplimento del deber. En La Moneda, la ministra Rubilar utilizó expresiones para referirse a su ex colega de Gabinete, propias para un héroe de guerra: cualquiera que la escuchara podría pensar que se trataba de Winston Churchill, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Pero no era así. Se refería a un ministro cuestionado por la oposición, por el Colegio Médico, por la ciudadanía, y, lo que es peor, por la comunidad científica en general. 

La estrategia del gobierno para enfrentar la pandemia había fracasado o, dicho en el lenguaje del propio Mañalich, “se había caído como un castillo de naipes”. Resulta evidente que su salida es provocada por ese fracaso: cuarentenas flexibles o dinámicas inservibles, cambios periódicos en la metodología de conteo, y unas cifras informadas a la opinión pública y otras a la OMS. Cómo registro para el anecdotario quedará su soberbia del mes de marzo que terminó en vergüenza ya entrado el mes de mayo. 

Si el presidente Piñera lo destituyó es porque su estrategia fracasó. Ese dato objetivo es inocultable, y cae como un latón sobre los hombros de quienes lo consideran un “héroe de guerra”. No es héroe ni tampoco ha ganado ninguna batalla: por el contrario, se equivocó y su soberbia le pasó la cuenta. Aún así, pervive un coro a-critico que lo eleva por sobre del resto por su “sacrificio personal”, y su “compromiso con Chile”.

No creo que exista alguien medianamente razonable que no valore tales características de Jaime Mañalich. Yo mismo lo hago. Sin embargo, aquello que valoramos, hace parte del deber de cualquier servidor público, sobre todo de un Ministro de Estado y cuando tales características que constituyen el deber, se convierten en virtud, entonces lo que hacemos es bajar el estándar de lo que requerimos de un Ministro, y de las autoridades en general. 

Tampoco calificaría el ex ministro en la tipología axiológica del arte de gobernar que establece Aristóteles. Según él, los hombres aptos para gobernar eran aquellos que practicaban todas las virtudes, y que, no solamente eran virtuosos en la política. Dicho de otro modo, para gobernar había que ser buen padre, buen esposo, buen profesional, buen hijo, buen hermano, humilde y austero, por ejemplo. Es decir, había que ser virtuoso en sentido absoluto, en todos los aspectos de la vida. Mañalich, al menos públicamente, se cae en la humildad porque no sabemos qué tipo de ser humano es en los otros aspectos de su vida privada. 

¿Quién es un héroe? En mi opinión, aquel que hace algo extraordinario que va más allá del deber y, también, de la virtud. Aquí no ha ocurrido eso. El no es héroe ni tampoco me parece que haya exhibido virtudes civiles dignas de resaltar. Cumplió su deber y su estrategia fracasó. No da para las expresiones prosopopéyicas de sus adherentes, ni para homenajes de ninguna naturaleza. 

Uno esperaría que el cumplimento del deber se transformara en un hábito político para las autoridades del Estado. Con ello, contribuiríamos a subir el nivel de la política, a valorar los actos virtuosos o extraordinarios en su mérito,  y a evitar el vergonzoso espectáculo que los adherentes de la otrora autoridad de salud dan en su despedida. Más valdría que lo dejaran retornar tranquilamente a casa, sin estridencias ni exaltaciones vikingas, cómo debe hacer todo servidor público cuando le ponen fin a su tarea.