Comité Central Nacional Partido Socialista de Chile
Cada cierto tiempo reaparece una vieja idea: que para reactivar la economía basta con trabajar más horas. Hoy, bajo el argumento del crecimiento y la generación de empleo, vuelven a surgir propuestas que buscan dejar atrás la jornada de 40 horas para avanzar hacia una de 52. La premisa parece sencilla: más horas equivalen a más productividad. El problema es que la evidencia y la experiencia muestran algo distinto.
Impulsada por la diputada Camila Vallejo y concretada durante el gobierno del Presidente Gabriel Boric por la ministra del Trabajo Jeannette Jara, junto al ministro de Hacienda Mario Marcel, la reducción de la jornada laboral a 40 horas fue uno de los avances sociales más relevantes de las últimas décadas. Representó una comprensión distinta del trabajo: producir sin renunciar a la vida. Porque el trabajo nunca debiera convertirse en el centro de la existencia porque trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar.
Quienes defienden aumentar la jornada suelen olvidar un factor decisivo: el tiempo que millones de personas invierten simplemente en trasladarse. En ciudades como Santiago, una jornada que termina a las siete de la tarde puede significar llegar al hogar después de las nueve de la noche. ¿Dónde queda el tiempo para compartir con la familia?, ¿para cuidar a los hijos, descansar, estudiar?
La discusión tampoco puede reducirse a comparar a Chile con países asiáticos como Japón, Corea del Sur o China. Cada sociedad posee una historia, una cultura y una relación distinta con el trabajo. Ya lo advertía Max Weber al analizar las distintas formas en que se desarrolló el capitalismo en sociedades protestantes y católicas. Pretender importar modelos sin considerar sus diferencias antropológicas y culturales es un error que simplifica un fenómeno mucho más complejo.
Existe, además, una confusión que conviene despejar. El éxito de un emprendedor, que invierte largas jornadas en construir su propio proyecto, no es equivalente a la realidad de un trabajador/a asalariado. Cuando una persona es dueña de su tiempo, el esfuerzo adicional puede traducirse en crecimiento personal y económico. Pero, cuando vende su fuerza de trabajo a un tercero, más horas no significan necesariamente mayor bienestar.
Si el éxito dependiera únicamente de trabajar muchas horas, entonces las y los temporeros agrícolas, trabajadores del retail, auxiliares de servicios o técnicos en enfermería que mantienen dos o tres empleos serían las personas más exitosas del país. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Muchas pertenecen a los quintiles de menores ingresos y trabajan extensas jornadas precisamente porque un solo empleo no alcanza para vivir dignamente.
La historia también ofrece una respuesta. Los obreros del salitre, los trabajadores del campo durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX o las generaciones que sostuvieron el desarrollo del país con jornadas extenuantes jamás alcanzaron la prosperidad solo por trabajar más. Quienes acumularon la riqueza siempre fueron quienes eran propietarios de los medios de producción.
Por eso, asociar el éxito personal con la cantidad de horas trabajadas es una ilusión peligrosa. Lo que genera desarrollo no son las jornadas interminables, sino la productividad, la innovación, la capacitación, la tecnología y el trabajo decente.
Retroceder en un derecho conquistado como las 40 horas no solo significaría aumentar el tiempo de permanencia en el trabajo. Significaría disminuir el tiempo disponible para aquello que da sentido a la vida: la familia, el descanso, la salud, la participación comunitaria y el desarrollo personal.
El desafío de Chile no es volver a trabajar más. Es trabajar mejor. Porque una economía que crece a costa del tiempo y la dignidad de quienes la sostienen difícilmente puede llamarse una economía desarrollada.
