lunes, octubre 5, 2026
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No es bueno siempre poder

En medicina aprendemos temprano a resistir: terminar el turno, postergar el almuerzo, continuar después de demasiadas horas despiertos o luego de enfrentar sufrimiento y muerte. Hemos construido una cultura donde resistir parece una virtud.

Foto de Rusty Watson en Unsplash

Las mujeres, no pocas veces, hemos tenido que demostrar el doble de capacidad para que se nos reconozca la mitad del mérito.

Muchas mujeres hemos sentido que no basta con hacer bien nuestro trabajo: debemos demostrarlo. Y volver a demostrarlo. Pero hoy esta idea me lleva a otra reflexión: ¿qué ocurre cuando, después de tantos años cuidando a otros, somos nosotros quienes enfermamos?

Quienes trabajamos en salud conocemos profundamente el significado de cuidar. Acompañamos el dolor, tomamos decisiones difíciles, contenemos familias y equipos, y convivimos diariamente con la fragilidad humana. Sin embargo, existe una contradicción que pocas veces reconocemos: somos muy buenos enseñando a cuidar pacientes y, a veces, muy malos cuidando a quienes los cuidan.

En medicina aprendemos temprano a resistir: terminar el turno, postergar el almuerzo, continuar después de demasiadas horas despiertos o luego de enfrentar sufrimiento y muerte. Hemos construido una cultura donde resistir parece una virtud.

Y para muchas mujeres la exigencia es aún mayor. Intentamos responder como profesionales, madres, hijas, parejas, cuidadoras, académicas o directivas, procurando que el cansancio no se note.

Aprendemos a decir: “Yo puedo”. Y podemos. El problema comienza cuando confundimos poder con tener que poder siempre.

Porque el cuerpo finalmente habla.

Enfermar trabajando en salud es profundamente paradojal. Quien está acostumbrado a resolver debe esperar; quien entrega indicaciones necesita recibirlas; quien tranquiliza siente miedo; quien cuida necesita ser cuidado. Entonces recordamos algo esencial: debajo del uniforme, del cargo y de los títulos existe una persona.

Ser vulnerable no nos hace peores profesionales. Nos hace humanos.

Por eso necesitamos revisar la cultura de nuestras instituciones. No deberíamos sentir orgullo de sistemas que funcionan gracias a trabajadores capaces de soportar permanentemente condiciones extraordinarias. La capacidad de sacrificio de las personas nunca debería transformarse en un mecanismo de gestión.

Humanizar tampoco puede significar mirar solamente a quien está al otro lado de la cama. Cuidar al cuidador no es un beneficio accesorio: es también seguridad del paciente. Bienestar laboral, calidad asistencial, humanización y seguridad forman parte de una misma responsabilidad.

Quienes lideramos tenemos un desafío adicional: construir ambientes donde pedir ayuda sea posible, reconocer cansancio no sea interpretado como debilidad y señalar un problema de seguridad no convierta a quien lo comunica en un problema para la organización.

No quiero enseñar a las nuevas generaciones que para llegar lejos deben trabajar el doble o soportarlo todo. Quiero que sepan que pueden ser competentes sin destruirse en el intento; liderar siendo firmes y sensibles; exigir excelencia y, al mismo tiempo, cuidar; y comprender que poner límites no significa estar menos comprometidos.

Quizás nuestro sistema de salud necesita pasar de admirar cuánto somos capaces de soportar a preguntarse qué necesitamos para cuidar bien y seguir estando bien.

Porque ninguna institución debería esperar que sus trabajadores enfermen para preguntarse cómo están.

Humanizar la salud comienza con el paciente, pero no puede terminar allí.