
Ingeniero Civil Eléctrico, U. de Santiago, Ingeniero Comercial, U. Central
Hace casi dos décadas se aprobó por primera vez el financiamiento para el programa «Yo Elijo mi PC». No nació como una ley permanente, sino como un fondo especial en el presupuesto nacional. Un salvavidas económico pensado exclusivamente para nivelar la cancha y entregar un rayo de equidad a las familias de clase media y sectores vulnerables, frente a quienes nacen con el futuro asegurado.
Cabe preguntarse por qué esta iniciativa nunca se transformó en un derecho garantizado por ley para cada niño y niña de nuestra patria. La respuesta está en la historia: en aquel tiempo, el actual Presidente y entonces diputado José Antonio Kast lideraba la bancada de parlamentarios que se opusieron tenazmente a destinar recursos públicos para que los estudiantes tuvieran su propio computador.
La historia avanzó entre debates y metáforas desafortunadas. Años atrás, un exministro de educación de izquierda usó una frase profundamente errada en la forma y en el fondo, sugiriendo que para emparejar la cancha educativa había que «quitarle los patines» a los sectores más aventajados. Nada más ajeno a lo que realmente aspiramos las fuerzas progresistas: nuestro norte jamás ha sido frenar a nadie, sino que todos los niños tengan un avión para volar tan alto como sus talentos y sueños les permitan. Sin embargo, la oposición usó esa frase como bandera de guerra, acusándonos sistemáticamente de querer destruir la educación pública.
Miremos la realidad de Chile sin anestesia. Hoy, el sueldo de la gran mayoría de los trabajadores bordea los $680.000 mensuales. Para un hogar de clase media o de esfuerzo, comprar un computador medianamente digno para un hijo no es un trámite; significa meterse en una deuda asfixiante a tres o cuatro años, terminando por pagar el triple o el cuádruple de lo que vale el equipo. El programa «Yo Elijo mi PC» venía precisamente a romper esa cadena de exclusión, entregando una herramienta material mínima para acortar la tremenda brecha entre los hijos de los profesionales acomodados y los del Chile real.
Debemos reconocer que el Mandatario es consecuente con su visión de la sociedad. Es la vieja mirada heredada de los patrones de fundo. Esa realidad donde el hijo del dueño de la hacienda tenía los mejores libros y ropa impecable, mientras que el hijo del inquilino, con suerte, aprendía a leer y sumar para terminar, desde los siete u ocho años, contando los sacos de trigo del patrón. Una lógica colonial que condenaba a las familias a la sumisión eterna, arrebatándoles cualquier posibilidad de desarrollo personal o dignidad.
Ante este escenario, vale la pena hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿A quién le conviene realmente mantener una mano de obra poco calificada, atrapada en el pasado? La respuesta es clara: le conviene a las tradicionales familias de fundo, como los Kast. A ese sector le resulta mucho más funcional un joven al que solo se le pueda entregar una pala para pagarle el sueldo mínimo, en lugar de un profesional autónomo que exija un trato y un salario digno. Esta dinámica, que fue retratada en las teleseries sobre el Chile de antaño, hoy tiene su versión moderna en las políticas de este Gobierno.
Al dejar sin financiamiento el programa «Yo Elijo mi PC» a partir del año 2027, la actual administración revive esa brecha patronal. El hijo del gran empresario, que crece en barrios con áreas verdes, con dormitorio propio y acceso al último computador de alta gama, podrá desarrollar sin problemas las habilidades lógicas y tecnológicas esenciales para la universidad o el trabajo del mañana.
Basta ver los comerciales de la televisión: hoy la minería opera de forma remota. Hay trabajadores manejando la extracción, el transporte y la refinación del cobre desde oficinas modernas, frente a consolas llenas de pantallas y simuladores complejos. Esas competencias no surgen de la nada; se cultivan desde la infancia perdiéndole el miedo a la tecnología. Con esta medida, a partir de 2027, quienes tengan dinero en el bolsillo les asegurarán una ventaja sideral a sus hijos. Al otro lado quedarán los hijos de los nuevos inquilinos de nuestro siglo: los trabajadores del comercio, los empleados del retail, los obreros de la construcción y las madres solteras que son jefas de hogar, viendo con angustia y desamparo cómo a sus niños se les cierra la puerta del futuro digital y se le condena a la misma pala de siempre antes de empezar a competir.
Esta política pública ha sido una de las herramientas de equidad más potentes y queridas por las familias chilenas, y hoy la borran del mapa para regresar al orden antiguo, donde unos pocos mandan y la gran mayoría solo obedece.
Al Ejecutivo actual parece no importarle que organismos globales como la OCDE, la UNESCO y la CEPAL insistan de manera transversal en que los países deben expandir con urgencia el capital cultural digital, reducir las diferencias socioeconómicas en el acceso a la tecnología y cuidar el desarrollo del potencial humano. Esto no es un capricho ideológico; es la base para que un país progrese con trabajadores capacitados en las habilidades informáticas indispensables que exige el mundo laboral moderno.
Por eso, volvemos a poner la pregunta sobre la mesa: ¿Fue la izquierda, por una frase mal dicha en el pasado, la que desmanteló el futuro de nuestros estudiantes? ¿O son las acciones de este Gobierno, al quitarle los fondos reales a un programa que democratizaba la tecnología, las que de verdad le arrancan los patines a los niños y niñas de las escuelas públicas?
Los hechos hablan más fuerte que los discursos. Es el sector patronal, aquel que añora los tiempos del señor de la querencia y al cual este gobierno defiende y representa, el que con esta firma le quita los patines, el futuro digital, los computadores y las oportunidades a la juventud de nuestra clase media y popular.








