Cada día me convenzo más que lo más grave que vivimos desde el 15 de marzo pasado no es el trágico panorama de miles de muertes impensadas antes de la pandemia del Covid-19, o la cesantía masificada, o el encierro asfixiante prorrogado una y otra vez, o el brusco fin de nuestras rutinas, o la falta de abrazos y muestras tangibles de afecto, entre otras desventuras. Lo más grave y trágico ha sido la impotencia y la correspondiente rabia que enciende nuestro cuerpo en forma cotidiana y sistemática desde el 18 de octubre de 2019.

Uno puede aceptar que hay situaciones imponderables. Que hay desastres naturales o pestes y epidemias  que azotan cada tanto a la humanidad. Y uno puede consolarse -como esta vez- pensando que esto nos está pasando a todos los habitantes del globo, lo que crea una cierto sentimiento de hermandad.

Lo que es insoportable e inaceptable es que un grupo concertado de autoridades –que llevan la batuta y tienen el sartén por el mango- sean insensibles a nuestro dolor e, incluso, se burlen ostentosamente de nuestro drama. Y en lugar de buscar proporcionarnos alivio, dictando medidas que nos saquen del pozo profundo en que nos encontramos la abrumadora mayoría de chilenos, hagan oídos sordos a los clamores, o directamente, impongan medidas a su amaño y al gusto y conveniencia de sus intereses económicos.

Eso destruye. Eso va minando día a día lo poco de salud mental que tratamos de salvar. Eso produce stress y el cortisol acumulado día tras día, horas tras hora, durante los últimos 4 meses si es una bomba de tiempo que va a reventar de una u otra forma. Una de las formas clásicas, cuando no se puede arrancar para adelante, es enfermarte, es caer en la depresión, es tentarte con el suicidio o dar alguna puerta de entrada al cáncer o a otra enfermedad devastadora.

Caldo de cultivo

Y Chile es caldo de cultivo para lo anterior. Según la última Encuesta Nacional de Salud (2016-2017), el 15,8% de la población mayor de 15 años tenía síntomas depresivos y el 6,2% sufría de depresión. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicaba ese mismo 2017 que sumaban 844 mil los chilenos que sufrían de depresión y más de un millón los que presentaban cuadros ansiosos. La OMS también identificó al suicidio como la segunda causa no natural de muerte en Chile y situó a nuestro país en segundo lugar entre las naciones de la OCDE, después de Corea del Sur.

Igualmente, según datos del Ministerio de Salud, desde 1990 en Chile ha aumentado la tasa de suicidios desde un 2,7% por cada 100 mil chilenos entre los 10 y 19 años, al 5,1% en el año 2015. Carlos Schafer, terapeuta en biomagnetismo, proyectaba en 2019 que para el 2020 podríamos contabilizar 12 casos por cada 100 mil habitantes en la población de 10 a 19 años, “más que duplicando la tasa en apenas cinco años”.

De modo que las cosas son serias. Nuestra población se ha ido tornando cada vez más vulnerable psicológicamente y en la actual pandemia, la camarilla que nos gobierna, está, por ende, jugando con fuego. Provocar, torear de mil formas a un país que ya venía desgastado económica y emocionalmente desde el estallido de octubre de 2019, es vergonzoso y abominable.

Porque, además, somos una población que está atada de manos. La inmensa mayoría no tenemos ayuda estatal para sobrevivir. Tampoco podemos salir, ni recrearnos, ni culturizarnos, ni siquiera pasear a la mascota porque hay cuarentena y toque de queda (a no ser que seas pudiente y te subas a un avión y te vayas a Miami, o en helicóptero a tu “segunda vivienda”). Quienes vivían de sus ventas diarias, no pueden trabajar porque solo los poderosos pueden seguir vendiendo lo que quieran (basta ir a los supermercados y ver que todo está permitido, al igual que en el retail con las compras bajo modalidad delivery). El resto debe sufrir las humillaciones de la Subsecretaria Martorell y sus policías si tratan  de ganarse los porotos, siendo exhibidos en la televisión cuales peligrosos delincuentes, siendo esposados a vista y paciencia de millones de telespectadores (como también lo son quienes osan ir a un motel de barrio pobre, mientras emprendimientos amoroso-sexuales como Tinder, siguen haciendo “matches” viento en popa).

Estamos atados de mano y en cruda desventaja, sin derecho a voz ni voto. Porque cada día nos entregan un informe “oficial” de los avances de la lucha contra la  pandemia, donde las cifras nunca cuadran, donde el omnipotente Ministro de la Cartera es el poseedor de la verdad y quien da por establecido que HAY UNA LEVE MEJORÍA, aunque los indicadores no avalan ni por asomo aquello. O donde los subsecretarios nunca tienen respuesta reales a crudas y brutales inquietudes que los periodistas traen desde la calle.

Estamos atados de manos porque vivimos en una país donde casi todo se resuelve en los matinales de TV, con invitados permanentes como ¡Marcela Cubillos o Iván Moreira!, con honrosas excepciones, claro está, como doctores que, desesperados, tratan de hacer su punto.

En fin, vivimos en una realidad cotidiana somos rehenes de una camarilla de seres que parecen gobernar y legislar desde Marte o Júpiter para Marcianos o Jupiterianos, que exhiben una indolencia cercana a la crueldad, que son poco empáticos hasta la saciedad y que –eso es lo más trágico- han tenido el poder de permitir la muerte por Covid de más de 10.000 chilenos que podrían haberse salvado con medidas sanitarias distintas, y que también están al borde de destruir nuestros logros, nuestras vidas y nuestros sueños futuros en apenas 4 meses. Todo esto es lo que hace más inaguantable nuestra cotidianeidad y más lejana la posibilidad de superar esta pandemia con alguna sanidad psicológica.