jueves, junio 4, 2026
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¿Sabrá Kast con la chichita que se está curando?

Por estos días están en la boca de muchos frases como “que los huevones que votaron por Kast ahora paguen” o “ya verán lo que se les viene…”.

Las frases no son tan infundadas si se piensa que, de los votantes de Kast, solo hay entre un 20% y 25% que es “voto duro” y otra alta cifra -que se estima en un 30% a 40%- se sumó al carro de la victoria producto de una campaña vergonzosa, basada en mentiras y un descarado manejo emocional de la ciudadanía. Esto queda claro si se piensa en la votación que obtuvo el presidente Boric en 2021. O sea, hay mucho voto que no es propio sino arrendado y que puede darse vuelta la chaqueta. O al menos, empezar a desabrochársela con tanto desaguisado cometido en las primeras semanas de gobierno.

Los últimos en cambiar son, desde luego, los votantes “duros” porque éstos se definen por identidad, no solo por preferencia ideológica. No solo apoyan a Kast por sus ideas, se identifican con él. Lo ven como alguien que “dice lo que otros no dicen” y que sienten que los representa emocionalmente y los defiende. Por ello es más difícil que dejen de apoyarlo. Hay barreras psicológicas que hacen difícil esa vuelta de chaqueta. Como que cambiar de opinión no es solo cambiar de líder, es cambiar parte de lo que uno es. Otro es la llamada “disonancia cognitiva”. No puedes negar lo que elegiste, debes justificarlo y para ello, minimizas los errores de tu líder y refuerzas tu creencia. Como señala la psicología social, hoy la política es pertenencia, es ser parte de una familia, de una red, de un entorno. Y cambiar de postura puede significar quedar fuera. Y nadie quiere quedarse sin tribu.

Quienes pueden dejar de adherir en forma más fácil son aquellos votantes prestados, cuyo voto es frágil y reversible porque no es un votante leal pero sí exigente y castiga rápido. Este tipo de votante no cambia cuando escucha mejores argumentos, sino cuando pierde una creencia. Cuando algo más profundo se le quiebra: cuando la realidad deja de encajar con el relato en el que creía, o que le habían contado.

En Chile, ese quiebre no es abstracto, es cotidiano. Hoy en día incluso los votantes duros no son inamovibles. Desde luego, son resistentes, pero empiezan a mutar cuando la realidad rompe el relato a tal punto que ya no pueden seguir creyéndolo.

El cambio empieza a ocurrir también cuando el líder hace algo que contradice su discurso (como despedir a una jefa de un servicio público que está en tratamiento por cáncer al mismo tiempo que se declara “muy cristiano”), o se acerca demasiado a lo que criticaba. Allí se rompe la coherencia simbólica que creía ver la ciudadanía.

Como Kast no ganó solo con sus convencidos, sino que lo hizo con los cansados, los asustados y los decepcionados, ese voto no se queda para siempre. O sea, el mandatario no depende de sus fieles, depende de los que dudan.

Los cambios ya se están produciendo, como señalan las últimas encuestas. Pero no se trata de cambios bruscos, se van dando cuando la duda se instala, cuando sube la marea de la incomodidad, cuando los partidarios se van quedando en silencio, cuando dejan de defender tanto y se empiezan a distanciar, aunque esto no lo reconozcan abiertamente al inicio. Es un proceso que no ocurre en público, es íntimo. Y cuando se vuelve masivo, puede cambiar el mapa político. Y en Chile esto es aún más probable porque el votante chileno de hoy es menos leal a partidos, más sensible a resultados concretos y más influido por las emociones del momento.

El shock de noviembre

Después de los resultados de la elección de noviembre de 2025 quedamos en shock, no podíamos creer que Chile fuera un país tan errático, que pudiera darse tantas vueltas de carnero, darnos sorpresas tan brutales. Nos faltó un análisis psico político. Por ejemplo, entender por qué incluso los más vulnerables y desposeídos (a los que llamamos “fachos pobres”) votaron por Kast.

Lo hicieron a partir de sus emociones, no a partir de sus intereses. El economista Daniel Kahneman concluyó que las personas no deciden con datos, sino con percepciones y emociones. En contextos de inseguridad, lo que domina es el miedo, la rabia, la sensación de abandono y la necesidad de orden. Y la ultraderecha suele hablar sin filtros a esas emociones porque han estudiado que la promesa de orden es más fuerte que la promesa de igualdad. Para la gente de población, el problema cotidiano no es abstracto sino muy concreto: “me pueden asaltar”, “mi barrio está peor”, “nadie me protege”. Y es allí cuando aparece un vuelco psicológico muy potente. Esas familias vulnerables concluyen que es mejor tener orden ahora ya, aunque no cambie su situación económica. Es decir, la seguridad se vuelve más urgente que la justicia social.

También se produjo un tema de falta de identidad con antiguos líderes. Aunque muchos de sentían de centro o de izquierda, empezaron a ver a ese grupo como más elitista, hablándoles de temas que no conectaban con su vida diaria, como mirándolos desde arriba. Allí se produjo una ruptura identitaria (“ese mundo no es el mío”), mientras la derecha lograba algo clave: reconocerlos simbólicamente.

Las narrativas simples llegan mucho más fuerte y directo que las explicaciones complejas. Y la desigualdad es compleja, como lo dijera el economista Thomas Piketty.  La política emocional funciona con relatos simples, como lo hizo Kast: “El problema es la delincuencia”, “el problema son los inmigrantes”, “el problema es el gobierno de Boric”. La campaña del candidato de la ultraderecha se basó en explicaciones rápidas, claras y emocionalmente satisfactorias. Es que el que ofrece certezas simples, gana.

Otro tema al que se apeló fue al de “la dignidad”, que para una población desencantada pesa más que el bolsillo. La gente quiere reconocimiento porque una y otra vez ha sentido que nadie los escucha, que su esfuerzo no vale, que son invisibles. Y llega un candidato Kast que les dice que ellos son el “el verdadero pueblo”, lo que genera una gran conexión emocional.

Igualmente, se sumó el voto de castigo. Muchos no votaron “por la derecha”, votaron contra gobiernos que no cumplieron, contra promesas frustradas, contra una élite política que percibían distante.

En suma, en noviembre pasado estábamos frente a un electorado que ya no creía fácilmente. Un electorado que había probado distintas alternativas y seguía sin encontrar estabilidad. En ese contexto, la pregunta no es quién tiene el mejor programa sino quién logra reconstruir una creencia, ofrecer un relato que la gente pueda volver a creer.

Los 7 millones que votaron por Kast creían haberla encontrado. Pero a muy poco andar, van de desilusión en desilusión. Y cuando ello empieza a ocurrir, ni siquiera los votantes más fieles permanecen intactos. ¿Por qué? Porque Chile no es un país de derecha ni de izquierda. Es un país en tensión y vota distinto según el momento. El voto en nuestro país no es ideológicamente puro, es reactivo y emocional.

¿Chile es de izquierda o de derecha?

El verdadero eje en Chile no es izquierda-derecha, hoy el conflicto real es otro: orden versus cambio. Cuando domina el miedo, el país gira hacia ofertas de orden, autoridad, control y vota derecha. Cuando domina la indignación a partir de la desigualdad, los abusos, la injusticia, el país gira hacia promesas de cambios, derechos, reformas sociales y vota izquierda.

Es decir, Chile es un país emocionalmente dividido. Hoy coexisten al mismo tiempo miedo, rabia y frustración. Y eso produce un fenómeno clave, el voto pendular.

La gran paradoja chilena es que una misma persona puede querer más seguridad, lo que encaja más con una agenda de derecha, pero también más igualdad, lo que responde a una agenda de izquierda. No se trata de incoherencia sino de complejidad. Chile tiene una economía históricamente pro-mercado pero una ciudadanía que demanda más protección social y una fuerte desconfianza en las élites políticas. El resultado es que no hay hegemonía ideológica estable. Es decir, Chile no está dividido en dos bloques claros. Está dividido internamente en cada persona.

Desde 1990 ningún proyecto político ha logrado una hegemonía larga sin desgaste. ¿Por qué? Porque las expectativas suben rápido, la frustración también llega luego y, a la misma velocidad, cae la confianza.

Complejo panorama tenemos al frente. Y complejo panorama tiene también el nuevo presidente. No sabe con la chichita que se está curando…