
psicólogo
A propósito de la Conferencia Programática del Partido Socialista, hay una cuestión que merece una reflexión más detenida.
Una conferencia de esta naturaleza debiera ser una oportunidad para formular ideas sustantivas sobre el futuro. Sin embargo, no es una tarea que dependa únicamente del esfuerzo o de la voluntad política. Las izquierdas atraviesan un momento de perplejidad. Conservan convicciones y diagnósticos, pero encuentran crecientes dificultades para interpretar las transformaciones de una sociedad que ya no parece reconocerse enteramente en sus categorías tradicionales.
Por otra parte, la capacidad de imaginar el futuro nunca ha estado completamente separada de una determinada interpretación del pasado. Nuevas propuestas políticas, alianzas y formas de organización han surgido precisamente de la elaboración histórica de fracasos y derrotas. Esa revisión ha sido, muchas veces, una condición para construir nuevas orientaciones políticas
Hoy, sin embargo, se acumulan derrotas sin haber producido todavía una interpretación política suficientemente profunda de ellas. El agotamiento del ciclo concertacionista, los límites de la Nueva Mayoría, el fracaso del primer proceso constituyente, las dificultades del gobierno de Boric y el triunfo de Kast no pueden ser comprendidos como episodios aislados ni explicados únicamente por errores de conducción, comunicación o estrategia electoral.
Algo más ha ocurrido en la relación entre las izquierdas y la sociedad chilena. Y quizás una de las tareas más importantes del socialismo sea precisamente contribuir a comprenderlo.
Parte de esa reflexión supone revisar también la manera en que hemos interpretado nuestra propia historia, no solo sus derrotas y frustraciones, sino también sus realizaciones y las transformaciones que contribuyeron a producir. La experiencia de la Concertación ofrece, en este sentido, un ejemplo particularmente significativo, tanto por lo que representó para el país como por las distintas lecturas políticas que se han construido posteriormente sobre ella.
El socialismo ha sabido incorporar la Unidad Popular a su memoria histórica, incluso después de una derrota de consecuencias devastadoras. Con la Concertación, en cambio, ha mantenido una relación más ambivalente, como si reconocer logros implicara necesariamente justificar sus insuficiencias.
Esta dificultad ha tenido consecuencias políticas que no siempre advertimos.
Las “nuevas izquierdas” construyeron su identidad política sobre la impugnación de los llamados treinta años. Sin embargo, en el ejercicio como gobierno fue modificando esa relación con el pasado. Lo que inicialmente se expresó como una distancia política y generacional comenzó a dar paso a un reconocimiento más explícito de las experiencias, los liderazgos y las tradiciones que habían conducido la transición democrática.
El cambio no estuvo exento de contradicciones. Basta recordar las frustradas negociaciones de 2021 para realizar primarias entre el Frente Amplio, el Partido Comunista y el Partido Socialista, cuando la incorporación del PPD se convirtió en uno de los principales obstáculos para alcanzar un acuerdo. Poco después, esas mismas fuerzas terminarían compartiendo responsabilidades de gobierno. Tras la derrota del plebiscito constitucional de septiembre de 2022, adquirieron incluso un papel central en la conducción política del Ejecutivo.
Pero el desplazamiento no fue solamente político o gubernamental. También se expresó en una revisión del juicio histórico sobre la transición. El propio presidente Boric comenzó a reconocer públicamente la contribución de sus principales protagonistas. En la inauguración de la estatua de Patricio Aylwin, en noviembre de 2022, llegó a establecer una continuidad entre su generación y aquella que había encabezado la recuperación democrática, expresando su aspiración de que los dirigentes de su tiempo fueran recordados algún día como Aylwin, Frei, Leighton, Tomic y Fuentealba. En esa misma ocasión revisó su antigua interpretación de la política de «la medida de lo posible», reconociendo que había sido entendida equivocadamente como una expresión de resignación. Pero esos gestos, por importantes que sean, no reemplazan una elaboración política e histórica de mayor alcance.
Al mismo tiempo, se produjo otra paradoja. Sectores de la derecha comenzaron a evocar retrospectivamente los años de la Concertación como un período de crecimiento, estabilidad y progreso, atributos que contrastaban con sus propias posiciones políticas durante aquellos gobiernos. No deja de resultar significativo que esa misma derecha hubiera hecho del término de la Concertación una orientación estratégica, expresada emblemáticamente en El desalojo, el libro publicado por Andrés Allamand en 2007, cuyo título resumía explícitamente el propósito de poner fin a aquel ciclo político.
De esta manera, una experiencia histórica decisiva terminó siendo reivindicada, al menos parcialmente, por quienes se opusieron a ella, mientras sus propios protagonistas parecían tener dificultades para asumirla.
Hay, además, una consecuencia menos evidente y acaso más decisiva.
Cuando las fuerzas progresistas dejan de reconocer su contribución a las transformaciones del país, también dejan de ofrecer una explicación colectiva de los progresos que experimentaron millones de personas.
El acceso a la educación, la ampliación de derechos, la disminución de la pobreza, las mejoras en las condiciones materiales de vida y las nuevas oportunidades sociales comienzan entonces a ser interpretados exclusivamente como resultados del esfuerzo individual. Como si las trayectorias personales hubieran ocurrido al margen de las decisiones políticas, de las instituciones públicas y de las transformaciones democráticas.
O, alternativamente, esos avances terminan siendo atribuidos a una supuesta continuidad virtuosa del modelo económico heredado de la dictadura, como si la democracia y las políticas de sus gobiernos no hubieran tenido una incidencia sustantiva.
Ambas interpretaciones, aunque diferentes, tienen algo en común: borran el papel de la política democrática en la transformación de la sociedad.
Y cuando desaparece esa dimensión colectiva de la memoria, también se debilita la posibilidad de imaginar que la política pueda volver a transformar nuestras vidas.
Por supuesto, un relectura de ese periodo exige también interrogar sus límites. No basta con recordar la reducción de la pobreza o la expansión de las oportunidades. Es necesario preguntarse por qué una sociedad que experimentó transformaciones materiales tan importantes terminó expresando un malestar tan extendido con sus instituciones, sus élites y sus formas de representación.
Pero esa pregunta solo puede formularse seriamente si somos capaces de reconocer simultáneamente las conquistas y las insuficiencias de aquella experiencia. Ni la idealización retrospectiva ni su descalificación global permiten comprenderla.
Una derrota política no consiste únicamente en perder una elección. También puede consistir en perder la capacidad de explicar la sociedad que uno mismo contribuyó a construir.
Y acaso esa sea una de las paradojas más importantes que tenemos por delante: haber contribuido decisivamente a transformar Chile y, sin embargo, encontrarnos hoy con dificultades para comprender políticamente el país que surgió de esas transformaciones.
La Conferencia Programática podría hacer una contribución relevante si consigue abrir esa discusión. No para regresar al pasado, sino porque difícilmente podremos ofrecer un futuro convincente mientras sigamos sin comprender del todo nuestra propia historia.








