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Sin perdón y con olvido

Foto: Prensa Presidencia

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La melancolía es el sentimiento predominante en los equipos que abandonan La Moneda. Se vive en soledad porque el poder se transfiere antes de la entrega formal de cargos. Aunque se sabe que entrar a Palacio implica tomar decisiones como si se tuviera mucho tiempo por delante y hay que estar listo para salir en cualquier minuto, despegarse de la función cuesta.

La despedida no se facilita con los datos negativos de las encuestas, que dejan a este gobierno como el peor evaluado desde la recuperación de la democracia. No hay mucho que decir al respecto, excepto esperar que el paso del tiempo dé motivos de reevaluación a los ciudadanos. Pero esta esperanza es vana.

Lo peor está por venir y consiste en el olvido. Se tienen dos signos que anticipan este porvenir inexistente: el trato ciudadano y las reacciones en la derecha.

Una señal inequívoca de haber pasado a la historia por la puerta grande es el trato a un mandatario cuando deja de serlo. Aylwin entró a La Moneda como “don Pato” y terminó para todos como “don Patricio”; Bachelet es para muchos y muchas “la señora Michelle”. El nombre se dice con afecto y lo compaña un apelativo de respeto. Eso es lo que ganaron, al igual que Frei y Lagos.

A Piñera se lo señala por el apellido y sin el “don” de compañía. Nunca le tuvieron cariño, pero mientras pareció tener éxito, en la derecha buscaban verse cercanos llamándolo Sebastián a secas. Hoy nadie compite por verse a su lado. Mucha agua corrió bajo el puente y el trato espontáneo lo sintetiza.

Pero la reacción que viene de la derecha es igual de significativa. Cuando algo termina mal, lo que suele predominar son las divisiones. No estamos ante la excepción. La mejor fórmula que tienen a mano para la recuperación de este sector político es dejar de pagar el costo de defender al actual gobierno.

Se disponen a hablar del futuro o de la relación con Boric, pero no serán muchos los que le dediquen mucho tiempo a defender legado alguno. No es ni siquiera crueldad, es simplemente hastío y una desilusión prolongada.

Tan hondo es este sentimiento que cuando se discute algo que de verdad les importa, como es la presidencia del Senado, cada cual habla con total sinceridad. El senador electo de la derecha dura, Rojo Edwards, señala sus preferencias y rechazos con una frase lapidaria: “no estamos disponibles a apoyar a Chile Vamos para que repliquen las malas políticas implementadas”.

El senador del Partido Republicano afirma que no está dispuesto a votar por nadie que no dé garantías de ser coherente con los principios del sector, ni por un líder desconectado con las bases de derecha. Es una forma de decir que no quieren ayudar a entronizar a otro Piñera. Es un contraejemplo.

Edwards lo dice sin contemplaciones: “los republicanos hemos sido oposición al Presidente Piñera y consideramos que en muchas materias reprobó”. Puede que sea un caso extremo, pero también es cierto que entre los líderes exitosos de la derecha abundan los detractores del actual mandatario, no sus seguidores.

Desde ya la derecha piensa en lo que viene. Termina un gobierno en fracaso y esto se puede deber a los principios que lo guiaron o a la persona que lo lideró. La segunda opción será la interpretación escogida. La melancolía se justifica.

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