La muerte del hincha de Colo Colo, Jorge Mora, ocurrida el martes 28 de enero de 2020 tras finalizar el partido en que el elenco albo venció en su cancha a Palestino, no sólo involucró un hecho penoso para el malogrado seguidor del fútbol, su familia y amigos, sino que dio lugar a una serie abundante de comentarios, vericuetos y sucesos que no han parado hasta ahora y seguirán siendo tema por mucho tiempo.

Más allá de lo obvio: nuevas expresiones de repudio a la institución de Carabineros -tomando en cuenta que el vehículo que embistió y finalmente causó la muerte a Mora era manejado allí por un cabo de la policía uniformada-, no dejó indiferente la actitud de cuerpo adoptada por la Garra Blanca (la barra brava del club popular) para manifestar ese rechazo en la aludida circunstancia.

Pero esta organización no sólo se quedó allí, sino que asoció este hecho de sangre con el actuar de los uniformados y del gobierno del Presidente Sebastián Piñera durante la protesta social y, por si fuera poco, tal como ocurrió con las barras bravas poco después de la movilización social, una vez más se “colgó” en el apoyo a las demandas ciudadanas y amenazó con suspender la actividad del fútbol profesional, cuya primera fecha del principal torneo 2020 de la serie de honor finalizaba con el partido entre albos y tricolores.

Cabe recordar que esta artimaña les resultó entre fines de octubre y la primera quincena de enero (casi tres meses no se puede tildar de “poco”). Pero, para fortuna de los seguidores del fútbol genuinos y más allá de ciertas manifestaciones de violencia puntuales (que pondré de relieve después), la segunda advertencia no les resultó y el campeonato de primera ha continuado.

Sigo sosteniendo al respecto que quienes tienen más derecho de parar o de plegarse al movimiento ciudadano son los propios trabajadores del balompié rentado (incluyendo al personal de los clubes) y el público que paga la entrada para ver fútbol, parte del cual acude a los recintos deportivos como familias. El malestar más fuerte, además, ya lo ha hecho sentir parte contundente de ese mismo público en varios partidos y sin necesidad de llegar a la violencia física.

Acciones y… más reflexiones

En tal sentido, independientemente del espíritu crítico de cada cual, aplaudo la actitud de los clubes Universidad Católica y Universidad de Chile en el sentido de aplicar duros castigos a los hinchas involucrados en disturbios tanto dentro como fuera de cada estadio (esto se pudo apreciar, sobre todo durante los pleitos entre la UC y O’ Higgins por el torneo local y entre la “U” e Internacional de Porto Alegre, por la Copa Libertadores). Desde este punto de vista igualmente duelen las declaraciones estigmatizadoras de la jueza Andrea Acevedo en cuanto a que generalizó y, por ende, no hizo una distinción entre hinchas genuinos y vándalos. Dicho aspecto fue puesto de relieve por el periodista Cristián Arcos en una columna suya.

En tal dirección, justamente después de la muerte de Mora esperaba miradas más sensatas y no tuve duda que una de ellas iba a ser la de Guarello.

Él es igualmente detractor de las barras bravas y, de hecho, después del funebrero martes 28, no tardó en referirse a la muerte del hincha colocolino y sus consecuencias a través del programa de “Los Tenores” (ADN) y por T13. Su columna de La Tercera es más profunda y más sensible. Y la refrendo. Al unísono de Guarello, lamento muchísimo lo de Mora, estoy a favor de las demandas sociales, pero también me irrumpe cierta actitud de compasión con la “otredad” (el tema, por cierto, es muchísimo más complejo).

Las barras bravas (y, por cierto, la Garra Blanca) son unos oportunistas: ellos no representan al hincha genuino. En sus facciones abunda gente vinculada con el narcotráfico, delincuentes y matones, algunos de los cuales se caracterizan por su actuar intimidante en los alrededores de los estadios o camino allí y en el hecho de tomarse las galuchas dentro de cada recinto deportivo. La violencia viene a ser como la “guinda de la torta”. Agreguémosle a estos elementos una extraña relación, casi de amor-odio, con el poder, fundamentalmente con las planas directivas superiores de los mismos clubes. Hay allí una alquimia contradictoria y, en general, muy peligrosa. ¡Ojo!.

Creo que en este tema tanto hinchas como futbolistas y dirigentes tienen que ser súper coherentes: una cosa es repudiar hechos de violencia o el actuar de un sistema o de ciertas instituciones, y otro muy diferente es aplaudir (y casi venerar) a un grupito de parásitos que, al margen de “colgarse” de una situación de violencia X o del descontento social casi por arte de magia, son quienes han alejado a la familias de los estadios.