Hace ya dos años que en Chile se vivió el comienzo de la llamada “tercera ola feminista”. Una vez más, las estudiantes de nuestro país serían protagonistas de un hecho histórico. Las tomas feministas comenzaron en Valdivia. Las alumnas de la Antropología de la UACH se aburrieron de que sus denuncias de abuso y acoso en las aulas fueran ignoradas por las autoridades de la institución. Así que, resueltas, se tomaron la Facultad de Filosofía y Humanidades.

Este era un problema que existía ya hace muchos años, por eso desde el 8M de ese 2018, mujeres y disidencias se sentían más empoderadas para reclamar lo que parecía mínimo: acabar con la violencia y el acoso, además de pedir una educación no sexista. Las valientes estudiantes de la región de Los Ríosjamás pensaron que semanas después serían más de 15 las universidades en toma.

Llegué a vivir a Valdivia unas cuantas semanas antes. El día que llegamos, salí a pasear al centro y había un pequeño, pero insistente grupo en la plaza principal de la ciudad reclamando por el cuidado de los humedales y juntando firmas. La semana siguiente otro grupo organizado pedía frente a la gobernación que no se hicieran estacionamientos subterráneos en la plaza. Era de esperarse que aquella ciudad, pequeña, pero llena de conciencia, diera el puntapié inicial para lo que después de la multitudinaria marcha del 16 de Mayo, se conociese como el “Mayo Feminista”.

Pero la Ola Feminista no solo se orquestaba en Chile, a nivel mundial movimientos como el “Me Too” o “Ni una menos” llevaban un tiempo tratando de generar conciencia y desconstruir el patriarcado. Un hito importante de aquel mayo del 2018 fue quitarle la connotación negativa que tenía ser feminista.

Como mujer y lesbiana, una vive una doble discriminación. Y es también doble nuestro activismo, o al menos el mío. Conocido es el dicho que dice que “en la diversidad sexual las lesbianas van primero solo en la sigla (LGBTIQ+). Históricamente el placer femenino fue invisibilizado y con eso, la homosexualidad en la imagen colectiva se trató siempre de hombres gays. He ahí la importancia de incluir separado la LESBOFOBIA en fechas como el IDAHOT el pasado 17 de Mayo. Ser lesbiana ya es una rebelión contra el cis-heteropatriarcado y por lo mismo, creo que otro de los impactos positivos de aquel Mayo fue que la lucha lesbofeminista encontró un lugar donde hay sororidad, apoyo y visibilidad.

Este mayo no habrá una marcha que nos recuerde que pasaron dos años del comienzo de esta nueva ola. Luego del 8M del 2020, todas nos imaginamos un escenario distinto, sin una pandemia que nos mantuviera encerradas en nuestras casas y con una crisis económica que sin duda tiene a muchas compañeras pasando hambre. Pero algo cambió en ese mayo del 2018.

Hoy, cientos de articulaciones feministas están conectadas y tratando de hacer algo por las más vulnerables. Hoy, muchísimas más mujeres se han convencido que somos equipo y no rivales, se han articulado todo tipo de redes y nos encontramos menos solas.

El problema no está resuelto. Las cifras de contagios y fallecidos solo va en aumento. El incremento de violencia intrafamiliar es preocupante,    precisamente en estos días, encontraron a una mujer muerta dentro de una bolsa en Iquique. Nos siguen matando. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que el gobierno reaccione. Ya ha dado muestras claras de cuales son sus prioridades. Pero nosotras también tenemos las nuestras. Y las organizaciones y redes feministas a lo largo de Chile no han dejado de buscar la forma de cómo ayudarnos las unas a las otras en estos momentos. Ese es el otro gran legado del Mayo Feminista.