Los dos años del “Mayo Feminista” en Chile se cumplen en medio de una crisis sanitaria y económica que nos lleva a recordar más que nunca el lema de ese mayo de 2018 “contra la precarización de la vida de las mujeres”, y es que la pandemia de Covid-19 ha venido precisamente a agudizar la precariedad de muchas.

Temas como los trabajos no remunerados e informales, las labores de cuidado, el uso del tiempo, que han sido históricamente problematizados por el feminismo, hoy se instalan con más fuerza en la agenda pública porque la pandemia ha permitido visibilizar las desigualdades estructurales que afectan a las mujeres y niñas en su diversidad, así como las discriminaciones específicas que viven las disidencias, las mujeres pobres, las mayores, rurales, con discapacidad, las que están privadas de libertad, en situación de calle, migrantes, refugiadas, de pueblos originarios, trabajadoras sexuales, entre otros grupos.

A lo largo de la historia, los movimientos feministas en Chile y el mundo han denunciado las múltiples y diversas violencias que enfrentan las mujeres y disidencias durante todo su ciclo de vida. En Mayo de 2018, con emblemáticas tomas, las estudiantes de las universidades chilenas de norte a sur del país, levantaron un movimiento contra el acoso y el abuso sexual, temas que fueron silenciados durante décadas. Demandaron también el fin de las discriminaciones hacia las mujeres y comunidad LGBTIQ+, terminar con la cultura machista instaurada en las casas de estudios y exigieron una educación no sexista y feminista. Las demandas se multiplicaron en las calles, que fueron el escenario de multitudinarias marchas.

Académicas de distintas universidades compartieron con Página 19 sus reflexiones sobre el “Mayo Feminista”. Ximena Briceño Olivera, académica de la Universidad de la Frontera, señala desde la Región de La Araucanía, que este proceso fue el primer paso para la democratización efectiva de los espacios universitarios, gracias al cual se instaura una cultura tri-estamental horizontal y democrática y donde destaca la creación de una Dirección de Equidad de Género.

Para Carolina González, directora del Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina de la Universidad de Chile, la universidad no se puede pensar más sin los desafíos planteados en las movilizaciones feministas estudiantiles de mayo 2018. “El llamado Mayo Feminista evidenció que deseamos una universidad donde el modelo masculino de liderazgo se acabe junto con las divisiones estamentales, reflotando la necesidad de la tri-estamentalidad, lo que aún parece lejos, mientras continúan cerca los ecos de las asambleas tri-estamentales de mujeres”, plantea en su texto.

Tamara Vidaurrazaga Aránguiz, académica de la Escuela de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, valora el Mayo Feminista como un nuevo hito en más de un siglo de luchas de los feminismos, que trae consigo nuevas discusiones: ¿Siempre es acoso o a veces hay deseo o desatino? Te creo amiga porque eres mujer y entonces ¿La mujer existe, y es esencialmente buena y sincera siempre? ¿Te funo porque puedo, porque las redes sociales lo aguantan, porque nadie me pregunta de dónde salió la información cien veces replicada? ¿Los funados son todos iguales porque nacieron machos, no importa si tiene 14 y es compañero de curso, o si tienen 50 y es el director de la carrera y una vida entera de cometer los mismos abusos?”, pero añade- de igual forma renueva viejas interrogantes:¿Las trans son mujeres, y entonces pueden ser feministas? ¿los gay caben en nuestra marcha, el feminismo es solo de mujeres? Y entonces ¿qué es ser mujer si partimos de la noción que la mujer no existe, sino que se construye, como bien dijo Simone en los años 50?, pregunta.

Desde el norte, las académicas feministas del Departamento de Trabajo Social de la Universidad de Atacama, Cory Duarte Hidalgo y Viviana Rodríguez Venegas, nos comparten una visión crítica tras estos años en los que -opinan- la demanda de una educación no sexista logró avanzar muy poco, las mallas curriculares de las carreras de educación superior aún no contemplan modificaciones para alejar de ellas la mirada androcéntrica y conservadora del conocimiento, escaso es el avance en la implementación de un lenguaje inclusivo, y menos aún en la formación de los cuerpos docentes en estas materias”.

Duarte y Rodríguez denuncian que esta realidad se complejiza todavía más en el actual marco de pandemia, que ha masificado a la fuerza un sistema de teletrabajo que carece de enfoque de género: “Se parte de la base de que quien trabaja y estudia es un sujeto desgenerizado, que produce en soledad, que no ejerce cuidados y que cuenta con la formación y todas las bondades del sistema digital capitalista. Nada más lejos de nuestra realidad. La conciliación familia/trabajo es un ideal que no es posible para muchas de las mujeres en la academia, ni para gran parte de las estudiantes que deben conectarse en entornos virtuales, para formarse profesionalmente en el contexto de una crisis y pandemia mundial.

Por su parte, la activista de la Agrupación Lésbica Rompiendo el Silencio, Javiera Court Arrau, cree que uno de los impactos positivos del Mayo de 2018 “fue que la lucha lesbofeminista encontró un lugar donde hay sororidad, apoyo y visibilidad.

Court nos dice que para este mayo de 2020 imaginábamos un escenario distinto, sin una pandemia que nos mantuviera encerradas en nuestras casas y con una crisis económica que sin duda tiene a muchas compañeras pasando hambre. Pero rápidamente recuerda que algo cambió en mayo del 2018: Hoy, cientos de articulaciones feministas están conectadas y tratando de hacer algo por las más vulnerables. Hoy, muchísimas más mujeres se han convencido que somos equipo y no rivales, se han articulado todo tipo de redes y nos encontramos menos solas”. 

Te invitamos a leer estas columnas en la conmemoración de Página 19 del Mayo Feminista chileno.