El día 17 de abril de 2018, en Valdivia, estudiantes de la Universidad Austral se movilizaron a través de una toma solicitando medidas concretas para que la autoridad accionase ante las numerosas denuncias de acoso y abuso sexual. A la Universidad Austral no le era ajeno el tema, en 2016 implementó un protocolo de acción para enfrentar las denuncias, las cuales, según los medios que cubrieron las tomas, cada año se generaban en un número no inferior a 100. Sin embargo, y de acuerdo con las lógicas centralizadas de nuestro país, el tema no generó interés hasta la toma de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile (30 de abril), lo que desencadenó una serie de movilizaciones a lo largo del país.

El Mayo Feminista inició con gran parte de las instituciones de educación superior y algunos liceos, en toma. El momento cúlmine de la movilización fue el llamado de la CONFECH y organizaciones feministas a una movilización en todo el territorio nacional con la consigna “Por una educación no sexista”. La movilización de mayo fue tan significativa que incluso se produjo la toma de la casa central de la Universidad Católica, ocasión histórica, pues el recinto no había sido ocupado para reclamo de las demandas estudiantiles desde los últimos años de la dictadura. En Atacama, la Asamblea de Mujeres y Disidencias Sexuales resolvió tomar las primeras dependencias de la Universidad en la tercera semana de mayo. Paralelamente, se organizó una mesa de trabajo triestamental para la generación de propuestas comunes.

A nivel nacional, las universidades se tiñeron de morado, aflorando las asambleas autoconvocadas, talleres y escuelas feministas, en las que se construyeron petitorios colectivos, pero por sobre todo, se habló, discutió y se hizo catarsis sobre una serie de situaciones que mujeres y disidencias sexuales vivían y sufrían al interior de dichas instituciones. La movilización fue un acto de defensa y cuidado colectivo frente a la desprotección ante los abusos. Se tuvo, en esos días, la sensación de hacer historia, de marcar un antes y un después en las formas en que se relacionan los distintos estamentos en las universidades. Las universidades accedieron a levantar diagnósticos y protocolos, a actuar frente a la injusticia, a poner celeridad a los procesos y a construir, de forma institucional, las bases para una educación no sexista.

En la calle, la movilización de les estudiantes significó un punto crítico para una sociedad que, a pesar de los avances, aún no lograba incorporar las demandas feministas como propias. De alguna forma, la apertura de los temas sobre abuso y acoso sexual en las universidades permitió que se comenzara a hablar en todos los espacios y de todas las formas, sobre las diversas violencias cotidianas que vivimos las mujeres y disidencias. Y por sobre todo, la movilización universitaria implicó que la reflexión y teoría feminista, que durante décadas se mantuvo en un espacio subalternizado del conocimiento, de pronto fue de interés público y se abría a borbotones tanto en los pasillos de las universidades como en los hogares y en la calle. Nunca, como en ese mayo, hubo tanto interés sobre qué decían, planteaban y afirmaban los feminismos.

Pensamos que la movilización había logrado politizar la enseñanza, potenciando una verdadera educación no sexista, combatiendo las esquinas más oscuras y había generado mecanismos y dispositivos de protección a las víctimas y denunciantes. Y si bien esto último es la gran ganancia de la movilización, aún falta mucho camino por recorrer en estos asuntos, los que siguen siendo grandes desafíos para quienes creemos que estas transformaciones deben y tienen que desarrollarse tanto en nuestros espacios universitarios como en la sociedad en general.

Sin embargo, volvimos a constatar que las estructuras patriarcales de la violencia son una tónica al interior de las universidades. El proteccionismo, la lentitud de los procesos e investigaciones sumarias, no han logrado proteger como es debido a quienes siguen viviendo situaciones de acoso y abuso, tanto es así, que observamos con preocupación el aumento de funas por internet, pues los mecanismos definidos son engorrosos y no entregan respuestas certeras, generando las mismas inseguridades y desprotecciones hacia mujeres y disidencias sexuales.

Hoy en día, siguen existiendo seminarios y formaciones en las que, habiendo especialistas en la materia, las mujeres no participamos. A nadie parece sorprender que la educación en entornos virtuales no solo ha despersonalizado los procesos de enseñanza aprendizaje, sino también, y como lo han expresado numerosas teóricas e investigadoras, no cuenta con enfoque de género. Se parte de la base de que quien trabaja y estudia es un sujeto desgenerizado, que produce en soledad, que no ejerce cuidados y que cuenta con la formación y todas las bondades del sistema digital capitalista. Nada más lejos de nuestra realidad. La conciliación familia/trabajo es un ideal que no es posible para muchas de las mujeres en la academia, ni para gran parte de las estudiantes que deben conectarse en entornos virtuales, para formarse profesionalmente en el contexto de una crisis y pandemia mundial.

Sumado a lo anterior, la demanda de una educación no sexista logró avanzar muy poco, las mallas curriculares de las carreras de educación superior aún no contemplan modificaciones para alejar de ellas la mirada androcéntrica y conservadora del conocimiento, escaso es el avance en la implementación de un lenguaje inclusivo, y menos aún en la formación de los cuerpos docentes en estas materias. Las Direcciones de Género, o las unidades creadas para este fin, cuentan con un presupuesto muy acotado para generar acciones que permitan enmendar estos asuntos, ello denota que la integración de la perspectiva de género no es considerada prioridad para las instituciones de educación superior. Es difícil pensar en que se pueda generar un cambio en el sistema educativo. Sin embargo, las esperanzas siguen puestas en las modificaciones estatutarias que hagan las instituciones, en el marco de la recientemente aprobada Ley de Educación Superior, abriendo espacio a un ejercicio democrático que incluya mecanismos paritarios que permitan no solo la igualdad de oportunidades, sino también avanzar en una educación no sexista, punto que creemos, debe ser incorporado en los sistemas de evaluación de la calidad de la educación.

A nivel regional, la fuerza del movimiento de mayo en Atacama permitió la emergencia de nuevas orgánicas feministas, volcadas a las especificidades territoriales y comunitarias, con renovadas ideas y formas de hacer y pensar los feminismos, los que se basan en discursos y prácticas políticas contra el capitalismo, el patriarcado y el extractivismo, tan propios de los contextos mineros. Además, hemos sido testigos y partícipes de la rabia, coraje y rebeldía con la que han exigido justicia frente a los feminicidios y desapariciones de mujeres en el último año, por medio de organización y sororidad feminista, armando redes de apoyo y acciones concretas para enfrentar la precarización de la vida y la violencia.

En fin, el Mayo Feminista cambió la historia a nivel regional y nacional, nos puso en agenda y agencia, visibilizando la situación y condición de las mujeres y disidencias sexuales en Chile y en especial en las universidades. Confiamos, como nunca antes, en las organizaciones de mujeres en la academia, en las colectivas y espacios de discusión feminista y disidencias sexuales, en las articulaciones y redes feministas regionales y nacionales, todas aquellas que puedan generar los cambios necesarios para asegurar comunidades educativas seguras para todes, en el que se tejan comunidades de resistencia que acuerpen los avances y que permitan con fuerza y esperanza combatir las experiencias cotidianas de la violencia patriarcal.