Inicio internacional Análisis latinoamericano: Maduro como «trofeo» y Machado fuera de la ecuación

Análisis latinoamericano: Maduro como «trofeo» y Machado fuera de la ecuación

Foto de Leon Overweel en Unsplash

Foto de Leon Overweel en Unsplash

 

 

La captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y el anuncio de Washington de que gobernará directamente Venezuela durante una transición constituyen un terremoto de grandes proporciones en América Latina y que desdibuja sin contrapeso el modus operandi norteamericano en la región. Este acto, justificado en cargos de narcotráfico pero interpretado ampliamente como una escalada máxima por motivos estratégicos (control petrolero y reafirmación hemisférica) y como una maniobra que busca réditos políticos al interior de Estados Unidos (Maduro es hoy un «trofeo» que Trump exhibe públicamente como herramiento de propaganda política).

Internamente, el Tribunal Supremo de Justicia ordenó a la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, asumir el cargo interino, estableciendo una dualidad de poder que enfrenta a las instituciones nacionales residuales contra una administración extranjera de facto. Esta situación coloca al país en un estado de incertidumbre extrema y conflictividad latente, donde la lealtad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) y las fracturas dentro del chavismo serán los factores decisivos para la estabilidad inmediata.

La declaración del senador Marco Rubio, descarta de manera fría y directa a la líder opositora María Corina Machado para encabezar una transición «a corto plazo» es parte de una maniobra para desactivar cualquier otro poder alternativo que pueda reclamar legitimidad propia y complicar el control absoluto de esta «transición». La «fórmula Guaidó» deja en manos exclusivamente de Trump la construcción del nuevo orden político venezolano. Washington establece las reglas del juego: la supervivencia política de cualquier actor interno dependerá de su cooperación plena y útil con los objetivos estadounidenses para Venezuela, que trascienden la mera captura de Maduro e incluyen el control del aparato estatal, los recursos y la realineación geopolítica del país.

Lo cierto es que Delcy Rodríguez, designada presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia y con el apoyo explícito de Trump -que ni Edmundo González ni María Corina Machado obtuvieron- está en una difícil encrucijada, ya que su mandato choca frontalmente con la realidad de un poder de ocupación que exige sumisión: si Rodríguez se pliega a las demandas de Washington para mantener una apariencia de gobierno local, será percibida como una «marioneta ilegítima» tanto por las bases chavistas como por la comunidad internacional que rechace la intervención, erosionando cualquier autoridad residual; y, si por el contrario, intenta ejercer una autonomía mínima o liderar una resistencia pasiva, se enfrentará al rechazo y posible destitución por parte de las fuerzas estadounidenses, que ya han dejado claro que no tolerarán obstáculos.

Hay dos caminos: uno implica que el gobierno interino de Delcy Rodríguez, con apoyo de fracciones leales del chavismo y la FANB, intente ejercer una autoridad simbólica mientras organiza una resistencia política y social contra la administración estadounidense, posiblemente derivando en conflictividad interna generalizada. Y, el segundo, si la FANB se fractura definitivamente, dando paso a enfrentamientos entre facciones, proliferación de grupos armados y una crisis humanitaria agudizada, similar a escenarios tipo Libia.

Aunque la posición estadounidense, que según el exsenador y actual Secretario de Estado, Marco Rubio, «juzgará por lo que hagan» y ha descartado a la principal líder opositora en el exilio para una transición a corto plazo, da luces claras sobre un futuro en que Washington prefiere optar por un gobierno tecnocrático transitorio de su confianza, ignorando las instituciones venezolanas y generando un legado de ilegitimidad que dificultará cualquier estabilización futura, mientras se enfrenta a costos diplomáticos y de reputación a nivel global. O sea, la tan esperada «transición» en Venezuela será con un gobierno interino de Rodríguez que carecerá de legitimidad interna y efectividad operativa, condenándolo a la irrelevancia o a una corta vida política.

EE.UU. se erige como el único actor con capacidad decisoria, pero carece hoy de un socio local creíble para implementar su agenda, aumentando la probabilidad de un gobierno transitorio tecnocrático impopular y ajeno. Pero, esto es peligroso: polarizará aún más el escenario interno. Al ignorar las estructuras políticas existentes dentro del territorio (tanto oficialistas como opositoras), Washington aumenta las posibilidades de que la resistencia se organice en torno a nuevos liderazgos (radicales y células terroristas) o se fragmente en formas de conflicto descentralizado y difícil de controlar, que podría incluso impactar dentro de EEUU.

Ahora bien, en materia internacional se ha desencadenado un rápido reajuste tanto en alianzas, apoyos y condenas, amenazando con polarizar aún más el escenario internacional. El apoyo explícito de líderes como Emmanuel Macron de Francia y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, quien celebró el retorno de América Latina al «eje estadounidense», contrasta con la fuerte condena latinoamericana y a la espera de «movimientos» estratégicos previsibles de potencias como Rusia y China. La OPEP+, que hoy evaluó ajustes ante la potencial disrupción del crudo venezolano, subraya el impacto económico global de la crisis, trascendiendo lo regional.

A nivel hemisférico, sólo profundizará la fractura existente: mientras el bloque ALBA (Cuba, Nicaragua, Bolivia) y países como México y Brasil probablemente condenarán la violación de soberanía, los gobiernos alineados con Washington (Chile, Argentina, Ecuador) enfrentarán presión para respaldar la acción, legitimando un nuevo umbral de injerencia sin la certeza ni los compromisos de que mañana no sean los siguientes en la lista de EEUU.

En fin, la «transición» no será un camino hacia la estabilidad democrática, sino un proceso de ingeniería política dirigido desde el exterior, cuyo éxito dependerá de la capacidad de Washington para mantener el control por la fuerza en un entorno de creciente resentimiento y falta de consenso interno, un desafío que históricamente ha resultado insostenible a mediano plazo. ¿Qué rol jugará la oposición en el exilio a partir de hoy, en una «transición» que parece excluirles?

Salir de la versión móvil