
Periodista y Comunicador Social
En los lugares comunes suele decirse que «la victoria tiene muchos padres, pero la derrota siempre es huérfana». Sin embargo, hay ocasiones en que ni siquiera esa vieja sentencia alcanza para explicar lo ocurrido. A mi juicio, eso sucede precisamente con los fallidos procesos constituyentes que vivió Chile hace algunos años.
Esto, a propósito de un nuevo aniversario del plebiscito que rechazó la propuesta emanada de la Convención Constitucional, resulta inevitable volver la mirada hacia aquellos días. Éramos un país que aún convivía con mascarillas, PCR y confinamientos, pero que, pese a todo, parecía haber llegado a un acuerdo básico sobre el diagnóstico: Chile era —y sigue siendo— un país profundamente desigual.
Una nación segmentada por el origen, la raza, los apellidos y la condición social. Un país donde el abuso y el maltrato no son precisamente una novedad, sino parte de una historia que se remonta a los mismos prolegómenos de nuestra vida republicana.
Recuerdo, hace casi 20 años, que no fueron pocos quienes, horrorizados, denunciaban ante el Consejo Nacional de Televisión la maldad y las fechorías del temible «Señor de la Querencia». La teleserie de TVN mostraba, en una ficción que posteriormente fue bastante edulcorada en otra versión, las relaciones de poder y abuso en el campo chileno. Lo curioso es que muchos parecían ignorar que la realidad no distaba demasiado de aquello que vimos en pantalla.
Para mayor abundamiento, como dirían los abogados, basta recordar “julio comienza en julio”, una obra maestra de Silvio Caiozzi que también desnuda las profundas desigualdades y relaciones de poder que marcaron buena parte de nuestra historia.
Pero volviendo al año 2019, el aumento del precio del transporte público y aquella desafortunada invitación del entonces ministro del ramo a levantarse más temprano fueron apenas la chispa. La espoleta de una olla a presión que llevaba demasiado tiempo acumulando tensión. Nada fue espontáneo. El malestar ya estaba allí.
Y aunque algunos intentaron buscar explicaciones en acontecimientos ocurridos más allá de nuestras fronteras, a propósito de un proceso previo y similar en Ecuador, la verdad es que Chile había incubado durante años sus propias razones para estallar.
El resultado fue un movimiento que, paradójicamente, no golpeó con mayor fuerza a los privilegiados. Como tantas veces ocurre, fueron los sectores más vulnerables quienes pagaron buena parte de los costos: la destrucción, la quema del Metro, el desabastecimiento y la alteración de la vida cotidiana.
Fue entonces cuando comenzó a desdibujarse el sentido de un movimiento que, por carecer de una paternidad única, terminó teniendo demasiados padres. Y cuando todos quieren ser dueños de una causa, la causa corre el riesgo de convertirse en otra cosa.
La salida a aquella crisis —y recalco que fue fundamentalmente política, aunque tuvo profundas raíces sociales— fue la promesa de una nueva Constitución. Parecía una oportunidad histórica: construir una institucionalidad más justa, superar los amarres heredados de la Dictadura y establecer nuevas reglas para un país que había cambiado más rápido que sus instituciones. Pero la oportunidad terminó convertida en una guerra de trincheras.
Cada sector quiso defender su posición, sus convicciones y, en algunos casos, sus propios intereses. Unos intentaron imponer un modelo de sociedad y otros hicieron exactamente lo mismo desde la vereda contraria. El problema es que, en medio de aquella batalla, se perdió de vista una pregunta esencial: ¿qué era realmente lo que quería la gente? La política, una vez más, pareció hablar demasiado de sí misma.
Ya dentro de la Convención, y parafraseando a Dickens, aquello fue «el mejor y el peor de los tiempos», según el cristal con que se mire. La democracia, bendita y necesaria, pero a veces incapaz de distinguir entre la representación y el espectáculo, transformó la instancia constituyente en una verdadera corte de los milagros.
Emergieron personajes de toda naturaleza. Algunos con convicciones genuinas y un sincero deseo de cambiar el país. Otros, en cambio, parecían haber confundido una responsabilidad histórica con un escenario de televisión. Sería injusto meterlos a todos en el mismo saco. Hubo personas serias, preparadas y bien intencionadas. Pero desde el comienzo se “veían las manos”, como dice el vulgarismo popular.
Basta recordar la inauguración de la Convención. Algunos quisieron presentarse como mártires de una supuesta represión, mientras utilizaban todas las garantías que les proporcionaba precisamente la democracia que decían cuestionar. Jugaban a la rebeldía desde la seguridad institucional. Me habría gustado ver a más de alguno realizando aquellas mismas performances durante una verdadera Dictadura.
En definitiva, la política terminó contaminando un proceso que pudo haber sido histórico. Para algunos, la Convención fue un trampolín electoral. Para otros, una plataforma de exposición pública. Y para varios, quizás, el primer peldaño hacia embajadas, cargos y discretos puestos dentro de los gobiernos de turno.
El resultado fue devastador para una idea que, en su origen, parecía legítima y necesaria. El «octubrismo» terminó convertido en una mala palabra, casi en una ofensa. Y quizás esa sea la mayor derrota de todas.
Porque la política es un arte. Una herramienta indispensable para organizar la convivencia, equilibrar los poderes y transformar las demandas sociales en soluciones concretas. Puede convertir lo imperfecto en algo mejor. Puede incluso encontrar belleza donde antes solo existía podredumbre. Pero también puede hacer exactamente lo contrario.
La política puede destruir las mejores causas cuando quienes las conducen olvidan que no son propietarios de ellas.
Por eso recuerdo un viejo chascarrillo de Chespirito, quien decía que la política a veces es tan sucia que, si se la pone junto a la palabra más bella del mundo —madre—, termina transformándola en suegra. No comparto del todo la comparación, especialmente con las suegras, pero, a la luz de esta nueva conmemoración y de todo lo que ocurrió después, el sentido de aquella frase resulta difícil de ignorar. Porque esta vez la derrota tiene muchos padres, y, como suele ocurrir, ninguno quiere hacerse cargo de ella.





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