
Vemos a diario a decenas de niños y niñas en los puestos de comercio callejero en Valparaíso. No están trabajando: las circunstancias los obligan a permanecer en el espacio público gran parte del día. Desde agosto pasado, una biblioteca itinerante llamada Cuento ambulante lleva libros a esos niños y niñas.
Claudia, actriz y narradora oral, lee en voz alta a Marcos, de cinco años. A Marcos le gusta la historia, pero no lo suficiente como para llevarse el libro a casa. “¿Tienes otro libro?”, pregunta, mientras mira hacia el interior de la mochila de Claudia. Es exigente, al quinto libro leído, se decide: se lleva “¡CRACK!” de Beatriz Giménez de Ori, uno de los exitosos libros de la editorial Liebre con troqueles tipo solapa que despliegan nuevas imágenes al pasar las páginas.
Cuento ambulante comenzó sus actividades de promoción de la lectura en agosto con el financiamiento del Fondo del libro y la lectura del Ministerio de las culturas, las artes y el patrimonio. Desde entonces han sumado nuevos socios -adultos, que se inscriben en forma gratuita- y niños que pueden elegir entre una colección de libros de ficción e informativos, libros álbum -en los que predominan las imágenes-, libros metaficcionales, libros objeto, libros silentes, libros que sorprenden, que no responden a lo que se espera de un libro.
Son 50 niños, la mayoría de 4 a 10 años, la mayoría inmigrantes. Algunos leen por sí mismos y otros no. Entre estos últimos, hay quienes se inventan entusiastas la historia a partir de las imágenes. Admiran los libros de formato gigante, pero prefieren los pequeños de cartoné para llevarse a casa, aquellos con canciones como “Yo tenía 10 perritos” o “Estaba la rana”.
Watson es el facilitador intercultural. Viste el mismo overol que sus compañeros mediadores, pero su labor es otra: conversa con sus compatriotas haitianos adultos y explica cuál es el trabajo de Cuento ambulante. Watson lleva a los mediadores a una residencia de inmigrantes. Allí, los mediadores llenan la mesa de libros y esperan a que los niños salgan de sus cuartos, luego leen en grupos y ofrecen libros para dejar en préstamo.
Los libros abren espacios
Las madres son amables: ven llegar a los mediadores y disponen sillas para lo que se viene. Cuatro hermanos escuchan atentamente la lectura del mediador, Daniel. El ruido que emite la cortadora de juntas -máquina que en ese momento operan dos trabajadores a escasos tres metros- se suma a los bocinazos y la lectura termina a gritos. El ruido permanente de la ciudad no distrae a los niños. Más tarde, algunos de ellos repiten en forma textual fragmentos del texto.
Son escenas de lectura en lugares no habilitados para esta práctica. Los libros abren espacios y tiempos paralelos en estos lugares de sobrevivencia, de alerta permanente. Espacios para compartir, para intentar leer; tiempos extendidos para conversar sobre lo leído.