jueves, septiembre 10, 2026
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El rostro que miré sin saber quién era

Hay imágenes que nos acompañan mucho antes de que seamos capaces de comprenderlas.

Tengo 43 años. Nací en Santiago y durante mi infancia las murallas eran parte del paisaje: afiches de conciertos, artistas, festivales. Recuerdo a Pablito Ruiz, Rod Stewart, el Festival de Viña. Para una niña, aquellas imágenes anunciaban música, fiesta y personajes famosos.

Pero había una fotografía que siempre llamaba mi atención.

Era el rostro de un joven de perfil, de pelo semi ondulado y nariz interesante. Lo encontraba bonito, encantador. En mi imaginación pensé que era un cantante, alguien famoso que quizás llenaría algún escenario.

Muchos años después descubrí quién era.

Se llamaba Rodrigo Rojas DeNegri. Tenía 19 años. Era fotógrafo y había regresado a Chile para retratar lo que ocurría durante la dictadura. Quería contar, a través de sus imágenes, la realidad de un país marcado por la desigualdad, el hambre, las ollas comunes y la represión.

Rodrigo fue detenido junto a Carmen Gloria Quintana por una patrulla militar. Ambos fueron rociados con combustible y quemados. Rodrigo murió días después.

Entonces aquella fotografía que yo había mirado tantas veces cambió para siempre.

Ya no era el rostro de un cantante imaginario. Era el rostro de un joven asesinado por agentes del Estado.

Y ahí entendí que la memoria también se construye a través de las imágenes.

Porque quienes nacimos después también heredamos las fotografías, los silencios, las historias y las consecuencias de aquel Chile. La memoria no pertenece solamente a quienes vivieron esos años: también pertenece a quienes crecimos tratando de comprenderlos.

Por eso me cuesta aceptar que recordar sea considerado revanchismo.

Recordar no divide. Lo que divide es negar.

Chile tuvo que mirar esa historia de frente. El Estado reconoció las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura mediante investigaciones, informes y leyes de reparación. No fue un acto de revancha. Fue un ejercicio democrático y una responsabilidad institucional.

Este 11 de septiembre, a 53 años del golpe de Estado, volveremos a encontrarnos con aquellas imágenes: rostros de jóvenes, familias buscando a sus seres queridos, fotografías de quienes nunca pudieron envejecer.

Todavía hay familias que no saben dónde están sus familiares desaparecidos. Por ellos la memoria sigue siendo necesaria.

Pero también por quienes vienen.

Porque recordar no significa vivir atrapados en el pasado. Significa comprender qué ocurre cuando una sociedad deja de resolver sus diferencias mediante la democracia y permite que la violencia se convierta en política de Estado.

No se trata de enseñar a nuestros hijos a odiar.

Se trata de enseñarles qué nunca más debemos permitir.

Nunca más un Estado persiguiendo a sus propios ciudadanos por pensar distinto.

Nunca más personas torturadas, asesinadas o desaparecidas por sus ideas.

Quizás por eso, cuando vuelvo a ver el rostro de Rodrigo, pienso en aquella niña que fui, mirándolo sin saber quién era.

La imagen hizo su trabajo: me hizo preguntar, conocer y comprender.

Y esa es también nuestra responsabilidad.

Mantener viva la memoria no por revancha, sino por democracia.

Por quienes estuvieron.

Por quienes ya no están.

Y por quienes todavía no han nacido.

Nunca más.