
Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
Estamos en septiembre, el mes de la prevención del suicidio, y cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Y hay algo que me sigue dando vueltas. Los hombres morimos por suicidio mucho más que las mujeres, pero, en vez de preguntarnos seriamente por qué, desde la machósfera y la ultraderecha algunos parecen tener la respuesta lista: el feminismo. Como si el problema de los hombres hubiera comenzado cuando las mujeres empezaron a cuestionar el lugar que históricamente les habíamos dado.
A mí esa explicación me parece burda. Y no solamente porque sea simplista. Me parece que termina siendo una manera de no mirar hacia nosotros mismos. Porque una cosa es reconocer que existe un problema grave de suicidio masculino y otra muy distinta es transformar ese sufrimiento en una nueva batalla cultural contra las mujeres. Ahí, el hombre que sufre deja de ser una persona que necesita ayuda y se convierte en una víctima de la supuesta “agenda feminista”.
La propia Vanessa Kaiser, una de las principales figuras de la ultraderecha chilena y actual referente del Partido Nacional Libertario, ha utilizado la mayor tasa de suicidio masculino para hablar de la situación de los hombres y cuestionar las políticas de género. Incluso ha planteado la necesidad de un Ministerio del Hombre, como señalo en esta otra columna que escribí sobre ella (1). No tengo ningún problema con que se hable del sufrimiento masculino. El problema aparece cuando la explicación termina siendo que los hombres estamos mal porque hemos perdido nuestro antiguo lugar.
Porque los hombres nos suicidamos mucho antes del feminismo contemporáneo. Mucho antes de las redes sociales, de la llamada por ellos “ideología de género” y de todas estas guerras culturales que han creado. Entonces, algo no me cuadra. Si los hombres llevamos tanto tiempo enfrentando este problema, ¿por qué ahora la culpa sería del feminismo? Quizás porque es más fácil buscar un enemigo afuera que preguntarnos qué nos pasa a nosotros.
Nos enseñaron a aguantar. A trabajar. A proveer. A competir. A no llorar. A no depender demasiado de otros. A resolver los problemas solos. Y después nos sorprendemos porque a muchos hombres les cuesta pedir ayuda cuando están mal. Todo esto ocurre, además, en sociedades donde tenemos cada vez más precariedad, cesantía, separaciones, soledad y vínculos comunitarios más débiles. La masculinidad tradicional no ayuda precisamente a enfrentar ese escenario.
Y tampoco podemos reducir el suicidio de los hombres a un problema individual o psicológico. Hay una sociedad que produce determinadas formas de ser hombre y que, después, muchas veces abandona a esos mismos hombres cuando ya no pueden sostenerlas. A mí me parece importante decirlo porque, si solamente miramos el problema desde el individuo, dejamos fuera las relaciones, la cultura, el trabajo, la soledad y las formas en que hemos aprendido a vivir nuestra masculinidad.
Ante esto, creo que hay que reconocer algo que a la machósfera no le gusta escuchar: el feminismo ha hecho una crítica que puede ser profundamente liberadora para los hombres. Cuando cuestiona que tengamos que ser fuertes todo el tiempo, que tengamos que mandar, proveer, competir y esconder lo que sentimos, también está cuestionando una forma de masculinidad que nos termina pasando la cuenta. El feminismo no solo ha denunciado la desigualdad de género y las múltiples violencias ejercidas por los hombres. También ha abierto espacios para hablar de emociones, cuidados y vulnerabilidad, y eso puede contribuir a que un hombre no tenga que enfrentar todo solo.
Por lo mismo, aquí aparece una contradicción que me cuesta dejar pasar. La machósfera dice preocuparse por los hombres, pero después les entrega la misma receta de siempre: sé fuerte, aguanta, no dependas de nadie, recupera tu lugar, conviértete en un “hombre de alto valor”. ¿Y si justamente estamos cansados de eso? ¿Y si el problema es que llevamos demasiado tiempo diciéndoles a los hombres que tienen que poder con todo? Porque una cosa es escuchar el dolor de los hombres y otra muy distinta es convertir ese dolor en resentimiento contra las mujeres. Una cosa es acompañar a un hombre que está sufriendo y otra decirle que su sufrimiento se debe a que el feminismo le quitó algo que le pertenecía.
Por eso sigo pensando en las ecomasculinidades. No para inventar otra manera correcta de ser hombre, sino para abrir una pregunta. ¿Qué pasaría si pudiéramos construir masculinidades desde el cuidado y no desde la dominación? Desde nuestros cuerpos, nuestros afectos, nuestros vínculos, nuestra relación con otros seres vivos y con la naturaleza de la que somos parte.
Quizás reconocer que necesitamos a otros sea bastante más revolucionario que seguir intentando demostrar que podemos solos. Tal vez necesitamos dejar de preguntarnos cómo recuperar al “hombre fuerte” y empezar a preguntarnos qué tipo de hombre queremos que sobreviva.
Lo digo desde mi propia experiencia. A mí también me ha costado pedir ayuda. También he sentido esa presión de tener que poder solo, de tener que seguir adelante, de no mostrar demasiado lo que pasa por dentro. Por eso ya no me interesa mucho la idea de recuperar una masculinidad que supuestamente perdimos. Me interesa otra cosa: que podamos construir hombres menos solos, menos violentos con nosotros mismos y con los demás, y bastante más capaces de cuidar
Finalmente, prevenir el suicidio masculino también implica algo mucho más profundo: dejar de enseñarles a los hombres que, para ser hombres, tienen que aprender a vivir solos.
1: https://pagina19.cl/destacado/vanessa-kaiser-y-la-naturalizacion-de-la-masculinidad-de-la-muerte/








