lunes, agosto 31, 2026
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Los chilenos y las medidas de Kast: cómo tanta sangre de horchata?

No hay palabras para describir el asombro que nos causan las políticas que va implementando sin tregua y en forma despiadada el presidente Kast y su circulo de hierro. Partimos con la bencina. Hoy ya vamos en la virtual implantación de una tiranía bajo un supuesto marco democrático luego que Kast anunciase una reforma constitucional que incluía un nuevo estado de excepción de seguridad pública, que le otorgaba atribuciones extraordinarias. Incluso la reacción de la derecha fue dura. El presidente de Evópoli, Luciano Cruz-Coke, cuestionó que se entregaran al presidente facultades que él mismo no querría ver en manos de un futuro gobierno opositor. El senador Matías Walker llegó a advertir: “así mueren las democracias”.

Otro de los últimos anuncios tuvo que ver con quitar prestaciones sociales y otras ligadas a la salud a condenados por crimen organizado. La propia ministra de Salud, May Chomalí, manifestó reparos, al igual que dirigentes de Chile Vamos.

Desde luego, otra aberración han sido los recortes presupuestarios, incluso en seguridad. Kast llegó a La Moneda prometiendo un ajuste fiscal de alrededor de US$6.000 millones. La controversia aumentó cuando Hacienda propuso reducir, reformular o discontinuar cientos de programas sociales. El diario CIPER identificó 40 que estaban relacionados directamente con compromisos de campaña de Kast, incluyendo niñez, adultos mayores, familia y educación.

Desde luego, la contradicción entre bajar impuestos y reducir el déficit fue otra de las insólitas medidas tomadas. Kast propuso bajar el impuesto corporativo del 27% al 23% y, simultáneamente, reducir fuertemente el gasto público. La propia Dipres estimó que varias medidas disminuirían inicialmente los ingresos fiscales y que la compensación completa de esos efectos demoraría años.

Partimos en shock y seguimos en shock. Sin embargo, más estupor nos da ver la inexistente reacción de los ciudadanos, de esas personas que votaron masivamente por este nuevo mandatario. No parecen darse cuenta del terreno en que nos está metiendo este primer gobierno de ultraderecha en democracia, con medidas crueles y demoledoras -muchas sin retorno- para este país y su gente.

¿No se dan cuenta? ¿No quieren darse cuenta? ¿No quieren protestar? La ciudadanía parece anestesiada. ¿Por qué? Una vez más, tenemos que acudir a la psicología social para tratar de entender esta conducta.

Mecanismos psicológicos

Una de las razones apunta a que cuestionar en forma permanente las decisiones de un gobierno -sobre todo si sientes que es “tu gobierno”- exige bastante más esfuerzo psicológico que aceptarlas. No es falta de inteligencia o de información sino la presencia de mecanismos psicológicos y sociales muy potentes detrás.

Uno de los principales es la identidad de grupo. Cuando una persona se identifica fuertemente con un partido, una coalición o un líder, deja de evaluar cada decisión como un hecho independiente. Empieza a interpretarla como algo que hace “mi grupo”. Entonces una crítica al gobierno puede sentirse, inconscientemente, como una crítica a uno mismo.

A lo anterior se agregan mecanismos como el “sesgo de confirmación”. Es decir, buscamos información que confirme lo que ya creemos y prestamos menos atención a lo que lo contradice. O el “razonamiento motivado”, que se refiere a que no examinamos primero los hechos para luego llegar a una conclusión. Mas bien, es al revés: tenemos una conclusión emocionalmente deseada y buscamos argumentos para sostenerla.

Igualmente, incide la “conformidad social”. Es decir, si nuestro círculo piensa de determinada manera, disentir tiene un costo. Podemos arriesgarnos a ser considerados desleales, ingenuos o incluso “del otro bando”. También coopera en esto la “polarización”. Cuanto mayor es la división entre dos bandos, más difícil resulta criticar al propio. “Si critico esto, estoy ayudando al adversario”.

Asimismo, muchas políticas públicas son difíciles de evaluar porque requieren información más especializada. Es mucho más sencillo usar atajos: “si lo propone alguien en quien confío, probablemente esté bien”.

Algo clave ocurre cuando la política se transforma en identidad moral.  Abandonar una posición ya no significa simplemente admitir “me equivoqué”. Puede significar psicológicamente “¿entonces quién soy?, ¿estuve del lado equivocado?”. En ese caso, defender una contradicción puede resultar emocionalmente menos costoso que admitirla.

Uno de los mecanismos más importantes que entra en juego es la “disonancia cognitiva”, es decir la incomodidad que nos produce reconocer que nuestro gobierno esté haciendo algo incorrecto. Una manera de reducir esa disonancia es justificar la medida: “debe haber una razón”, “no tenían alternativa”.

Este fenómeno ayuda a entender la razón de porqué la gente acepta políticas cuestionables sin cuestionarlas.

El concepto fue desarrollado por el psicólogo Leon Festinger en 1957. La idea central es sencilla: sentimos malestar cuando mantenemos simultáneamente creencias, valores, decisiones o conductas que son incompatibles entre sí. Este concepto ayuda a explicar algo muy humano: podemos encontrar razones muy convincentes para defender aquello que, en otras circunstancias, probablemente criticaríamos.

La disonancia cognitiva ayuda a explicar por qué, una vez que hemos convertido a un gobierno o proyecto político en “el nuestro”, podemos terminar adaptando nuestras explicaciones a nuestras lealtades, en vez de adaptar nuestras opiniones a los hechos.

La salida más fácil es reinterpretar los hechos. “Sí, ocurrió, pero no es tan grave; todos los gobiernos hacen lo mismo, la oposición está exagerando; hay que esperar todos los antecedentes”, etc.

Lo fascinante es que la persona no necesariamente se está mintiendo. Se puede creer sinceramente esas explicaciones ya que su mente está encontrando una manera de recuperar coherencia. Paradójicamente, haber defendido mucho una posición puede hacer más difícil abandonarla cuando aparecen evidencias en contra.

A veces no cambiamos nuestra opinión sobre el gobierno ni negamos el hecho: cambiamos nuestro principio. Mientras antes decíamos “Esto es inaceptable”, después que lo hace nuestro sector decimos “Bueno, en determinadas circunstancias puede ser necesario…”

Por eso muchas veces observamos cosas aparentemente incomprensibles: personas inteligentes, informadas y sinceramente comprometidas con ciertos valores defendiendo situaciones que unos años antes condenaban. No necesariamente dejaron de tener valores. Su cerebro encontró una interpretación que permite conservar simultáneamente sus valores y su identidad política.

Y esto tiene una consecuencia fundamental: la inteligencia no necesariamente nos inmuniza contra este fenómeno. Una persona con gran capacidad intelectual puede incluso disponer de mejores argumentos para racionalizar una contradicción.

La disonancia cognitiva no significa que alguien quede atrapado para siempre. Pero reconocer ciertas contradicciones tiene un costo psicológico. Para llegar a decir “estuve defendiendo algo que ahora considero indefendible”, a veces hay que atravesar muchas etapas.

En algún momento puede ocurrir que la disonancia cambie de dirección. Después de suficientes contradicciones, comienza a resultar más incómodo pensar: “¿Cómo puedo seguir defendiendo esto?” Ese cambio puede ser decisivo.

¿Qué suele provocar el quiebre? No siempre es un argumento racional. Muchas veces es una experiencia emocional o moral. O que alguien del propio grupo critique al grupo. Por eso las disidencias internas pueden tener una enorme importancia psicológica y política.

Reconocer el cambio en forma pública es todavía más difícil. Una persona puede comenzar a sospechar internamente que estaba equivocada y, sin embargo, continuar defendiendo en forma pública su posición. ¿Por qué? Porque ahora aparece otra disonancia: “Durante años discutí con todo el mundo defendiendo esto. ¿Cómo voy a decir ahora que ellos tenían razón?”

Por eso algunas personas comienzan a alejarse silenciosamente. Dejan de discutir. Ya no comparten determinadas noticias. Cambian de tema, dicen “prefiero no hablar de política”. La ruptura psicológica puede haber comenzado mucho antes de que aparezca una ruptura pública. También necesitamos una salida que preserve cierta dignidad personal. Por eso ridiculizar a quien está atrapado en una contradicción suele ser contraproducente. Lo empuja a defenderse todavía más.

La peligrosa normalización

La progresiva normalización de lo que antes parecía inaceptable es probablemente uno de los mecanismos psicológicos más importantes para comprender cómo una sociedad va tolerando cosas que antes habría rechazado. Lo grave es que se puede llegar a normalizar sin que cambien conscientemente todos nuestros valores. Ocurre que, poco a poco, cambia el umbral de lo que provoca rechazo.

Es un proceso interesante en política porque rara vez alguien se despierta pensando “desde hoy aceptaré algo que ayer consideraba intolerable”. La transformación suele ser gradual. Hay varios mecanismos que actúan para que ocurra esto. Como la habituación: nuestra reacción emocional disminuye frente a estímulos repetidos. O la desensibilización: situaciones que generaban indignación, miedo o rechazo comienzan a producir menos emoción.  O el desplazamiento de las normas. Uno empieza a pensar “esto forma parte de cómo funciona la política”, es decir lo frecuente empieza a confundirse con lo aceptable.  La comparación, o sea una conducta que antes juzgábamos por sí misma la empezamos a evaluar comparándola con el adversario. “Esto está mal, pero los otros son peores.”

La polarización acelera muchísimo este proceso. Cuando la política se convierte en una lucha entre “nosotros” y “ellos”, aparece una transformación moral importante. La pregunta deja de ser “¿Esto está bien o está mal?” y pasa a ser “¿Esto ayuda a los nuestros o ayuda a los otros?”. En ese momento los principios pueden volverse condicionales. Esto puede ocurrir en cualquier familia política. La psicología del tribalismo político no pertenece exclusivamente a la derecha ni a la izquierda.

La ventana de Overton

Hay otro concepto que interviene también en este peligroso proceso y es la “ventana de Overton”. Esta explica cómo una idea que en un momento parece políticamente impensable puede pasar a ser discutible, después aceptable y finalmente convertirse en política pública. Pensemos en Trump y su reelección y la ciega defensa de sus seguidores. O la elección de Kast , un hombre que representa las ideas del periodo más oscuro de nuestra historia política.

La ventana de Overton es una manera muy útil de entender cómo cambia lo que una sociedad considera políticamente aceptable, incluso cuando sus valores profundos no parecen haber cambiado de un día para otro.

La idea central es que, en un momento histórico determinado, no todas las propuestas políticamente imaginables tienen la misma posibilidad de ser defendidas públicamente. Existe una “ventana” dentro de la cual ciertas posiciones resultan aceptables para una parte suficiente de la sociedad de modo que un político pueda sostenerlas sin pagar un costo prohibitivo.

Es un modelo para pensar el desplazamiento de los límites del debate. Y allí, el lenguaje tiene una enorme importancia ya que las palabras pueden cambiar la percepción de una propuesta, disminuir la carga moral de los acontecimientos.  Una política presentada como “restricción” puede generar rechazo pero la misma medida puede describirse como “protección”, o  “censura” como “regulación de contenidos”. El encuadre determina qué aspecto de la realidad queda psicológicamente en primer plano. Por eso las luchas políticas son también luchas por el significado de las palabras. Cambiar las palabras no necesariamente cambia los hechos, pero sí puede modificar nuestra reacción emocional ante ellos.

La ventana de Overton describe principalmente qué ideas son políticamente aceptables. Cuando la ventana se ha desplazado suficientemente, podemos reconstruir nuestra propia memoria moral y sentir que nuestra posición actual siempre fue razonable.

Las ventanas pueden desplazarse por muchas razones —cambios generacionales, crisis económicas, transformaciones culturales— y en distintas direcciones. Por ejemplo, antes se aceptaba fumar en aviones, conducir después de beber, aplicar ciertos castigos físicos a niños o ejercer formas explícitas de discriminación. La ventana se movió y hoy todo eso resulta inaceptable.

Felizmente, ese movimiento de la ventana permitió un avance para el ser humano. Lamentablemente, hoy la ventana se ha desplazado en direcciones tan erráticas que justificamos cosas que, en un futuro, nos parecerán inconcebibles. Pero ya no habrá forma de recuperar lo perdido. Por ejemplo, devolverle su tierra y la vida a cientos de miles de gazatíes.