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El largo duelo de Cuba

Foto. Yasiel Scull (Pexels)

 

Cuba esta agonizando de abandono. De largas décadas de carencias. De años de esperanzas y promesas incumplidas. De impotencia. De rabia. De amigos que fueron muriendo poco a poco.

Hoy lloramos por Cuba y su gente, asfixiada en medio de un mar caribeño fecundo y un mundo ajeno y egoísta. Un mundo dividido entre quienes quieren darle una mano solidaria y quienes quieren verla desplomarse, después de ataques sin tregua de un monstruo que vive a 90 millas y que quiere exterminarlos.

Es muy doloroso lo que estamos viendo. Un lugar donde 22 de las 24 horas del día no hay energía eléctrica. Donde los recién nacidos prematuros mueren en incubadoras que dejan de funcionar. Donde hay hambre y desesperación. 

Y es entonces cuando uno se pregunta ¿no había forma de prevenir este horror? Y surgen juicios ideológicos, de lado y lado. Aquellos que llaman a negar la ayuda para “no fortalecer” a una Dictadura. Aquellos que claman por empatía y compasión hacia un pueblo lleno de alegría, música y baile. Y aquellos que pasan de largo, imbuidos de la brutal indiferencia que gobierna a los habitantes de este planeta.

Y hay que buscar en los datos duros para darse alguna respuesta frente a este panorama tan desolador.

Por ejemplo, los efectos del bloqueo. Que no lo explican todo pero sí, en forma abrumadora, la mayoría de las desdichas de ese pueblo orgulloso, hermoso, cálido y querendón.

El bloqueo, iniciado en 1960 por el Presidente Eisenhower, cuando impuso las primeras restricciones comerciales tras la nacionalización de las empresas estadounidenses en Cuba, fue establecido en forma definitiva por el Presidente John Kennedy en 1962, al decretar el embargo comercial total bajo la ley de “Comercio con el Enemigo”. Es decir, van 64 años de medidas que generaron menor acceso a financiamiento, mayores costos de comercio y logística, restricciones tecnológicas, dificultad para modernizar infraestructura clave, aislamiento parcial del sistema financiero internacional. Todo ello no determinó automáticamente las graves carencias, pero si estrechó significativamente el margen de maniobra.

Respecto de la energía y los combustibles, el bloqueo impuso por décadas dificultades para comprar petróleo y sus derivados en el mercado internacional (aseguradoras y navieras evitan operar por riesgo de sanciones) así como problemas para adquirir repuestos con componentes estadounidenses. Cuba también debió soportar un  financiamiento cada vez más caro, para modernizar la red eléctrica y un menor acceso a tecnología para energías renovables, entre otros problemas. Todo ello derivó en apagones cada vez más frecuentes e incapacidad de dar mantenimiento cuando era necesario (la caída del Bloque Socialista genero la primera gran crisis).

En el ámbito del sistema financiero, Cuba ha sufrido que los bancos internacionales eviten procesar sus pagos por temor a multas, la dificultad para obtener créditos multilaterales, por ejemplo con el Banco Mundial o el BID. Ello derivó en costos más altos para cualquier importación.

En el campo de la salud, son décadas de dificultad para comprar equipos médicos con patentes o componentes de EEUU, problemas para adquirir insumos cuando el proveedor tiene vínculos con el sistema financiero estadounidense, trámites más largos y caros para importaciones médicas. Ello, lógicamente, ha redundado en  escasez de medicamentos e insumos y demoras en la renovación tecnológica. 

Tecnología e internet

Respecto de la tecnología y la Internet, el bloqueo restringió en Cuba el acceso a ciertas plataformas y servicios digitales estadounidenses y generó dificultad para comprar hardware con componentes sujetos a regulaciones de exportación. Y, desde luego, hizo bajar la inversión en infraestructura digital. El efecto visible ha sido una conectividad más lenta y cara y la menor integración a redes tecnológicas globales.

En relación al comercio, los barcos que tocan puerto cubano no pueden atracar en EEUU por un período determinado, lo que encarece los fletes. Por ende, menor número de navieras están dispuestas a operar con Cuba lo que genera pérdida del mercado estadounidense.

Por último, en términos de inversión extranjera, empresas de terceros países evitan sanciones secundarias por lo que hay mayor incertidumbre jurídica y menor acceso a socios estratégicos y capital.

He ahí los datos duros. El bloqueo existe desde hace 64 años, y sí ha elevado costos, reducido opciones y ralentizado cualquier modernización. 

Sin embargo, hay que buscar también la cuota de responsabilidad que le corresponde al régimen que gobierna Cuba desde 1959.  

Por ejemplo, en el caso concreto de la matriz energética de la isla. ¿Por qué no hubo proyectos para contar con energía solar en las épocas de pleno apoyo de la URSS? Allí interactuaron el bloqueo y los problemas de gestión interna. No hay un solo culpable.

La isla es una potencia solar (similar al norte de Chile en algunas zonas), con más de 300 días de sol al año en varias regiones. Técnicamente, podría generar una parte importante de su electricidad con energía solar.  Pero el bloqueo impidió el acceso a muchos créditos internacionales y las sanciones de Trump endurecieron aún más este punto. 

Instalar grandes plantas solares requiere inversión inicial alta en dólares. Además, lo que es más grave, Cuba cuenta con una infraestructura eléctrica obsoleta. Es lo mismo que reclama Bad Bunny respecto de su amado Puerto Rico: las plantas eléctricas ya no dan más. Y para instalar paneles solares, se necesitan redes modernas, baterías de almacenamiento y sistemas inteligentes de distribución. La energía solar funciona bien en horario diurno y sin almacenamiento masivo no cubre la noche, lo que requiere inversión sostenida. Sin esas condiciones, señalan los expertos en el rubro, la energía solar no resuelve apagones estructurales. 

Otro problema ha sido la dependencia histórica de Cuba del petróleo, primero de la Unión Soviética y luego de Venezuela, lo que redujo la urgencia por cambiar la matriz energética. También es cierto que las reformas estructurales a largo plazo (como una transición energética) se postergan ante necesidades de supervivencia en un país sometido por décadas a presiones externas. Pero, tras la caída de Maduro se expuso en forma dramática esa vulnerabilidad y la falta de previsión.

Para dejar de depender totalmente del petróleo, Cuba necesitaría entre US$ 30–60 mil millones en un plazo de 20–30 años. Algo completamente inviable para su economía. Para “salir del colapso”, la cifra bajaría a  US$ 8 mil a 10 mil millones.

Respecto de los factores internos que han colaborado con la crisis económica, se apunta al modelo cubano. Hay una infraestructura envejecida (muchas termoeléctricas tienen más de 30–40 años) y el mantenimiento ha sido insuficiente, lo que ha generado una baja eficiencia energética. “Aquí hablamos de una mala gestión interna acumulada”, señalan los analistas. Asimismo, se apunta a la centralización excesiva del sistema energético, lo que hace lentas las decisiones. También implica poca autonomía local y escasa participación privada o cooperativa en energías renovables. 

También se apunta una falta de reformas estructurales tempranas ya que Cuba pudo haber incentivado antes microredes solares, permitiendo inversión extranjera masiva para diversificar la matriz energética. Se afirma que si Cuba lo hubiese hecho hace 15 o 20 años, hoy estaría menos expuesta.

También hay que considerar algo que apunta a la psicología. Es sabido que los sistemas bajo presión externa tienden a cerrarse más y el cierre político reduce la innovación económica, lo que aumenta la vulnerabilidad y ésta refuerza una narrativa defensiva. “Es un círculo difícil de romper”, señalan los expertos. 

En la actual y difícil coyuntura que esta viviendo Cuba, se observa como indispensable -y quizás única salida- una apertura económica, como lo hicieron los otros dos y únicos regímenes comunistas en el mundo: China y Vietnam. El primero comenzó su apertura en 1978, con el ingreso masivo de inversión extranjera, lo que produjo un crecimiento acelerado, manteniéndose el sistema político bajo el control del Partido Comunista. En Vietnam, la Reforma “Đổ i Mới” , impulsada en los años 80, instaló una economía de mercado con dirección estatal, manteniendo el sistema político centralizado intacto.

La economía cubana

¿Sería posible en Cuba una reforma económica manteniendo el mismo sistema político? Se plantea que podría cambiarlo de forma importante pero no “de un día para otro”. En el plano energético, una apertura que permitiera inversión extranjera directa, créditos multilaterales, participación privada en generación solar/eólica y creación de microredes solares podría acelerar la transición. Se indica que, en esas condiciones, el sistema eléctrico podría modernizarse en 10–15 años en vez de 25–30.

Una apertura económica amplia podría asimismo aumentar la productividad, reducir la escasez, generar divisas, estimular el emprendimiento local, reducir dependencia energética externa. Pero habría un riesgo: el aumento de la desigualdad. El ejemplo de China es ilustrativo ya que, al abrir su economía sin abrir completamente su sistema político, generó un enorme crecimiento, pero también desigualdades, señalan los expertos en el tema.

El punto álgido es que una apertura económica no es solo técnica. Es una señal cultural porque cambia expectativas, relaciones de poder y narrativas históricas. Desde el triunfo de la Revolución Cubana, la identidad política se ha construido sobre la base de la “resistencia ante el enemigo externo”. Abrirse económicamente implica redefinir parte de esa identidad y eso no es menor. 

La psicología social señala que las transiciones no fracasan solo por economía. Fracasan cuando la población pierde confianza, cuando el relato oficial no se ajusta a la realidad o cuando las reformas llegan tarde. La clave es entonces saber quién controla el ritmo y el sentido del cambio.

Comparando con lo que ocurrió en China y Vietnam, hay que considerar que Cuba tiene diferencias importantes ya que su economía es mucho más pequeña y tiene mayor presión migratoria por la cercanía simbólica y geográfica con EEUU. 

Se señala que una apertura económica podría coexistir con el sistema actual si es gradual y controlada, manteniendo el Estado el control de sectores estratégicos (energía, telecomunicaciones, banca). Desde luego, si hay mejoras visibles en la calidad de vida y si se evita una desigualdad explosiva y se mantiene cohesión institucional, es decir sin fracturas internas en las élites políticas. Podría desestabilizar al país si hay apertura rápida sin red de protección social, o si se permite una entrada desregulada de capital externo y se pierde el control sobre sectores estratégicos. 

Hay que considerar desde luego el relato histórico. La identidad de Cuba está basada en valores como resistencia, soberanía, igualdad social. Señalan los expertos que si la apertura es vista como modernización soberana, puede reforzar el sistema. Pero si es percibida como rendición o imposición externa, puede fracturarlo. Los ejemplos de China y Vietnam han mostrado que el punto central no es la ideología, sino la percepción de mejora real.

Los entendidos en el tema apuntan a algo clave. “En sociedades con crisis prolongadas, si hay crecimiento tras años de escasez, se vive como alivio. Pero si el crecimiento es lento o desigual, se vive como traición. El crecimiento consolida sistemas cuando genera esperanza creíble”, precisan.

El drama de Cuba nos toca fuerte porque no solo vemos problemas económicos casi insostenibles sino porque vemos que falta esperanza de los cubanos en un mundo mejor. La famosa frustración estructural. Eso es lo más grave. Así lo ha demostrado la masiva migración que ha vivido la isla en sus seis décadas de revolución, como una estrategia pragmática: más ingresos, más movilidad social, más opciones, más autonomía. Y donde más impacto tiene ello es en los jóvenes. 

En su mayoría, estos últimos no están diciendo “Quiero derribar el sistema” sino “Quiero vivir.” Cuando los jóvenes proyectan su vida afuera, ocurren variadas cosas, la mayoría dañinas. Se reduce la presión interna para reformar, se va el capital humano, se debilita la energía transformadora, se envejece la estructura social. La migración estabiliza el presente, pero erosiona el futuro. El duelo deja de ser: “Lo que prometieron no se cumplió” y pasa a ser “Mi vida no cabe aquí.”  Y eso es más difícil de revertir porque implica reconstruir confianza, horizonte personal, no solo crecimiento económico.

La historia nos muestra que las sociedades no colapsan cuando la gente sufre. Colapsan cuando la gente deja de imaginar su vida dentro de ellas. Por ello, no podemos permitir que la maravillosa gente de la isla de Cuba se rinda. Debemos estar con ellos, apoyarlos en sus sueños aun vivos. No permitir que nadie se apodere de su futuro.

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