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De voz pasiva a actor escuchado: lecciones desde África para América Latina

Foto: Nothing Ahead (Pexels)

 

Mientras las grandes potencias reconfiguran silenciosamente sus estrategias globales, dos regiones del Sur Global ensayan caminos distintos para navegar la tormenta geopolítica. África, a través de la Unión Africana, ha comenzado a construir una arquitectura financiera propia que le permita negociar con los inversores externos desde una posición de fortaleza colectiva. América Latina, por su parte, enfrenta el desafío de articular una voz común en un escenario donde la fragmentación parece ser la regla.

La pregunta que atraviesa ambos procesos es la misma: ¿cómo transformar la competencia entre potencias en una oportunidad para el desarrollo soberano?

África 2063: la fuerza de la unidad frente al capital externo

En Adís Abeba, mientras los líderes africanos se reunían en la 39ª Cumbre de la Unión Africana bajo el lema “Garantizar la disponibilidad sostenible de agua y sistemas de saneamiento seguros para alcanzar los objetivos de la Agenda 2063”, algo más que infraestructura hídrica estaba en juego. El mensaje de fondo era claro: África ha decidido hablar con una sola voz ante quienes buscan sus recursos .

La Nueva Arquitectura Financiera Africana (NAFA), impulsada por el Banco Africano de Desarrollo, representa un cambio de paradigma. No se trata simplemente de atraer inversiones, sino de transformar sectores estratégicos —como el agua, la energía o la minería— en “activos bancables” que respondan a las prioridades definidas por los propios africanos . La lógica es sencilla pero poderosa: cuando el continente negocia en bloque, puede establecer las reglas del juego.

Los resultados comienzan a verse. Proyectos multipropósito como la presa Thwake en Kenia —que proveerá agua potable, riego para 40.000 hectáreas y energía hidroeléctrica— no son solo obras de infraestructura. Son ejercicios de soberanía práctica, donde el financiamiento externo se alinea con planes de desarrollo nacionales y continentales . El mensaje a los inversores es inequívoco: bienvenidos sean, pero en nuestros términos.

El Foro de Alto Nivel del Sector Privado Africano, celebrado también en la sede de la Unión Africana, profundizó esta lógica. Bajo el lema “El papel del sector privado en la realización de la Agenda 2063”, jefes de Estado y líderes empresariales acordaron un marco de acción que prioriza la industrialización local y la agregación de valor antes que la mera exportación de materias primas . La meta: reducir la dependencia histórica de las economías africanas respecto de la volatilidad de los precios internacionales de los commodities.

Lo más significativo es que este proceso no ocurre en el vacío. La Unión Africana ha desarrollado mecanismos de monitoreo —como el Mecanismo Africano de Revisión de Pares— que permiten evaluar la transparencia y el impacto real de las inversiones externas. China, que sigue siendo el principal socio comercial de varias economías africanas, ha debido adaptarse a estas nuevas exigencias, aceptando reestructuraciones de deuda y condiciones más favorables para los países receptores.

CELAC y la encrucijada latinoamericana

El contraste con América Latina no podría ser más elocuente. Mientras África avanza hacia la integración de sus mecanismos de negociación, nuestra región parece atrapada en una lógica de fragmentación que debilita su posición frente a los inversores externos.

La arquitectura institucional existe. El Foro China-CELAC cumplió una década de existencia en mayo de 2025, y en su IV Reunión Ministerial celebrada en Beijing se aprobó el Plan de Acción Conjunto 2025-2027, que establece cinco pilares de cooperación: Solidaridad, Desarrollo, Civilización, Paz y Conectividad entre pueblos . Sobre el papel, los avances son notables: el comercio bilateral superó los 518.000 millones de dólares en 2024, más de 200 proyectos de infraestructura se han ejecutado bajo el marco de la Franja y la Ruta, y China ofrece líneas de crédito por 9.000 millones de dólares para apoyar el desarrollo regional .

Pero hay una diferencia fundamental con el caso africano: en América Latina, la relación con China sigue siendo predominantemente bilateral. Cada país negocia por separado, compitiendo entre sí por atraer inversiones, y perdiendo así la capacidad de establecer condiciones comunes que protejan la soberanía y promuevan el desarrollo equilibrado.

La paradoja es aún más aguda si consideramos el contexto geopolítico. La reciente operación militar que resultó en la detención de Nicolás Maduro en Venezuela —el primer presidente latinoamericano capturado en su propio territorio con apoyo externo desde la invasión de Panamá en 1989— envió una señal escalofriante a toda la región. Cuando no existe una voz unificada, las potencias externas pueden imponer sus términos por la fuerza.

El analista Leland Lazarus, exfuncionario del Comando Sur, lo expresa sin ambages: el nuevo plan de acción China-CELAC “institucionaliza la presencia china en el hemisferio occidental” de maneras que Washington encuentra difíciles de contrarrestar con ayuda episódica o apoyo retórico . Pero la respuesta latinoamericana no puede ser simplemente alinearse con Estados Unidos. La historia enseña que los alineamientos automáticos rara vez benefician a los más débiles.

Lecciones desde el otro lado del Atlántico

¿Qué puede aprender América Latina de la experiencia africana? Al menos tres lecciones fundamentales emergen del contraste.

Primera: la institucionalidad importa. La Unión Africana ha convertido la Agenda 2063 en un marco vinculante que orienta las negociaciones con todos los inversores externos, sean chinos, estadounidenses o europeos. CELAC, en cambio, sigue siendo un espacio de diálogo sin capacidad real de coordinación de políticas. Mientras los países africanos discuten en Adís Abeba cómo movilizar capital privado para cerrar una brecha de financiamiento hídrico de 70.000 millones de dólares anuales, los cancilleres latinoamericanos se reúnen esporádicamente sin lograr avances sustantivos en integración.

Segunda: la unidad fortalece la posición negociadora. El Banco Africano de Desarrollo ha logrado estructurar mecanismos financieros innovadores —bonos verdes, financiamiento combinado, asociaciones público-privadas— que permiten atraer inversiones sin ceder soberanía . Su capacidad para hacerlo descansa en el respaldo político de los 54 estados miembros. ¿Posee América Latina una institución equivalente con mandato y recursos para negociar en nombre de la región?

Tercera: el desarrollo requiere visión estratégica. El énfasis africano en la agregación de valor local —procesar el litio congoleño en baterías, transformar el cobre zambiano en componentes industriales— responde a una decisión consciente de romper con el modelo extractivista. En nuestra región, seguimos exportando materias primas mientras importamos manufacturas, reproduciendo un patrón de dependencia que lleva dos siglos intacto.

Hacia una estrategia latinoamericana de no alineamiento activo

La oportunidad, sin embargo, existe. La IV Reunión Ministerial del Foro China-CELAC dejó claros los términos de la oferta china: líneas de crédito por 66.000 millones de yuanes (aproximadamente 9.000 millones de dólares), 3.500 becas gubernamentales, 10.000 plazas de formación, 300 pequeños proyectos de asistencia local, y la exención de visados para ciudadanos de Brasil, Argentina, Chile, Perú y Uruguay como primer paso . La contraparte estadounidense, aunque más difusa tras el desmantelamiento de USAID, sigue operando mediante presión diplomática y, en casos extremos, intervención directa.

El desafío latinoamericano no es elegir entre uno u otro, sino construir los mecanismos que permitan negociar con ambos desde una posición de fortaleza colectiva. Esto implica:

· Fortalecer a CELAC como espacio de coordinación efectiva, dotándola de capacidades técnicas y mandato para negociar acuerdos marco con los inversores externos.

· Desarrollar una arquitectura financiera regional que permita movilizar recursos propios y establecer condiciones comunes para la inversión extranjera, siguiendo el modelo de la Nueva Arquitectura Financiera Africana.

· Priorizar sectores estratégicos donde la región pueda negociar en bloque —litio, cobre, litio, energía limpia, biodiversidad— estableciendo reglas claras sobre agregación de valor local, transferencia tecnológica y sostenibilidad ambiental.

· Articular una voz común en los foros multilaterales, coordinando posiciones en Naciones Unidas, el G20 y las cumbres climáticas para amplificar la influencia regional en la gobernanza global.

La directora ejecutiva de la Cámara de Inversión y Comercio Colombo-China, Ingrid Chávez, lo expresó con claridad: la cooperación con China ayuda a los países latinoamericanos a construir “una voz común como bloque” que permite negociar más efectivamente en la escena global y “cambiar las dinámicas de poder que han existido hasta ahora” .

El despertar necesario

La “quietud geopolítica” que algunos diagnostican no es sino el silencio que antecede a nuevas tormentas. Mientras las grandes potencias reordenan sus fuerzas, el Sur Global enfrenta una disyuntiva histórica: continuar siendo objeto de disputas ajenas o convertirse en sujeto activo de su propio destino.

África ha comenzado a transitar el segundo camino. Con dificultades, contradicciones y retrocesos, pero con una dirección clara: la Agenda 2063 como brújula, la Unión Africana como instrumento, y la unidad como estrategia.

América Latina aún está a tiempo de aprender esa lección. La Celac, con todos sus límites, sigue siendo el único espacio que reúne a los 33 países de la región. Fortalecerla, dotarla de capacidades y convertirla en una herramienta efectiva de negociación colectiva no es una opción entre otras: es una condición de supervivencia en un mundo que se reorganiza sin pedir permiso.

El respeto a la soberanía no se declama: se construye. Y se construye, sobre todo, cuando los débiles aprenden a hablar con una sola voz frente a los poderosos.

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