
Profesor de Filosofía y Máster en Estudios Políticos Aplicados.
El ejercicio eidético de Husserl, al cual se hace mención en la primera parte, se realizará dentro de un contexto donde los eventuales articuladores de las ideas que se ponen de manifiesto en la izquierda, sean menos receptivos de su utilidad y más sospechosos de su sentido. Esto es propio de la conducta natural de una organización, que se niega -de forma inconfesada- a pensarse y mirarse a sí misma por temor a lo que pueda encontrar. El PS, aún con dificultades y sin descuidar su labor cotidiana, se ha abocado a la tarea de ponerse entre paréntesis para descubrir lo que haya que descubrir. Aunque esto es más bien un anhelo, porque el riesgo siempre presente es que se termine con conclusiones de un ejercicio meramente formal, auto justificativo de que se hizo la tarea. Aún así, el riesgo vale la pena.
Desde el estallido social de octubre de 2019 se ha generado un movimiento pendular en la política, que ha mostrado un vaivén constante de extremo a extremo. Los triunfos de la izquierda en la primera convención constitucional así como el de Gabriel Boric, fueron sus primeros efectos. De ahí, se produce el triunfo republicano en la segunda convención -mediado, eso sí por su fracaso en el plebiscito- que culmina con José Antonio Kast en La Moneda.
Este movimiento pendular que se activó, diríamos, con el estallido social, se comprende en la medida en que la oscilación llegue al punto extremo, y luego comience a devolverse hasta alcanzar movimientos mínimos en “el centro”. Si esto ocurre así, entonces podríamos levantar la hipótesis de que la próxima elección presidencial podría ser más favorable para una figura más tradicional que se ubique en el espacio del centro político. Un poco más allá o un poco más acá. El problema es que este movimiento no necesariamente será en el espacio del clivaje izquierda – derecha, sino en un eje emergente que podría reemplazarlo: la pugna entre el pueblo y la élite. Esta fractura fue puesta de manifiesto en los meses de locura del estallido social.
En el sustrato de todo este movimiento sobrevive lo que es, seguramente, la causa estructural del estallido social: el fenómeno del malestar social. Este fenómeno, que fuera atestiguado por el informe de desarrollo humano del PNUD en 1999, no fue lo suficientemente considerado, y surgieron respuestas -en los mismos meses del estallido- superficiales que no fueron capaces de explicar la magnitud del fenómeno. Las de la izquierda son, hasta el minuto, completamente insuficientes: la desigualdad y el abuso institucional generalizado en contra del ciudadano, fueron las más extendidas. Las de la derecha fueron aún peores: una confabulación internacional dirigida por organizaciones marxistas cuyo propósito era desestabilizar el Gobierno del Presidente Sebastián Piñera. Las de la izquierda son inaceptables por el sencillo hecho de que si fuera por la desigualdad y el abuso -o la injusticia- todas las sociedades, sobre todo las latinoamericanas, vivirían en estados de convulsión social generalizada de forma permanente, y las de la derecha, fueron tan exóticas como incomprensibles, que terminaron siendo desechadas por la propia Fiscalía Nacional.
Sin embargo, la explicación de Carlos Peña, parece ser la más plausible. Argumenta que el malestar social se produce por lo que Alexis de Tocqueville denominó la paradoja del bienestar para explicar la Revolución Francesa. Es decir, que a mayor bienestar material, mayor termina siendo el malestar social. En el caso de Chile, esto sería un efecto inevitable del proceso de modernización capitalista, que proveyó a la población de un considerable aumento de acceso a bienes y servicios antes prohibitivos. No obstante, señala Peña, ese acceso estaba vinculado a un sentido de éxito y progreso individual, a una especie de estatus social que hiciera la diferencia con “el resto”, y que al acceder la inmensa mayoría, ese sentido de éxito se desvaneció convirtiéndose en una estafa del propio sistema. A esto se suma la experiencia de la injusticia, la anomia generacional, el desanclaje de la política y el debilitamiento de los vínculos sociales.
Todo esto produce un estado de desorientación general, que en el último ciclo ha afectado sobre todo a la izquierda -que ha perdido- y ha dejado, a su vez, la mesa servida para la extrema derecha, que habiendo salido del clóset de la derecha tradicional, no ha perdido un solo minuto para impulsar una agenda que pretende restaurar el viejo orden portaliano, los valores tradicionales de la familia y el Estado mínimo. Se suma la pulsión autoritaria del Gobierno, en el contexto del debate sobre la reforma constitucional, de transitar hacia lo que la academia denomina, hace muchos años, democracia iliberal. Esto es lo que se observa, en una buena parte del mundo, y sobre todo en América Latina considerando los recientes triunfos de Keiko Funimori en Perú y de Abelardo de la Espriella en Colombia.
Ello, sin embargo, no debiera anular los esfuerzos que, aun en circunstancias adversas, se observan en la izquierda en general, y sobre todo en el marco del proceso de la conferencia programática del PS. Circulan algunas ideas, paquetes programáticos de todo tipo, y debates ideológicos. Estos últimos aún parecieran estar anclados en una dicotomía que bien pudiera considerarse extemporánea: de si somos más o menos de izquierdas, de si estamos más o menos “vendidos” al neoliberalismo, y de si somos más o menos beligerantes con el gobierno de turno. Se suma además, lo que señalamos al principio: la agonía del clivaje izquierda – derecha y la emergencia de la fractura elite – pueblo. Puede que haya llegado el momento para que los socialistas tengan que pensar si es posible seguir siendo socialistas sin ser necesariamente de izquierda -en el entendido de la disolución del concepto-, pero eso lo dejaremos para la reducción eidética que vamos a realizar.
Como punto final de contexto, se suma la revolución de la inteligencia artificial que está calando hondo sobre todo este año 2026. Va a una velocidad sin precedentes y sus consecuencias aún son inimaginables. Puede ser más radical que el paso de la era agraria a la industrial. Mientras en la superficie nos encandilamos con el uso doméstico o laboral de la nueva tecnología, en las profundidades cobra fuerza una tormenta silenciosa que amenaza con desmantelar las bases de la estructura de la sociedad. De los pocos que han levantado la voz, uno es el Papa León XIV, quien en su encíclica Magnífica Humanitas advierte sobre los riesgos de la IA para la humanidad, en particular frente a una inminente ola de reemplazo laboral masivo. Su postura fue presentada junto a Cristopher Olah, cofundador de Anthropic, quien profundizó en los peligros devastadores que exige enfrentar este fenómeno de manera inmediata.
La reciente entrevista de Elon Musk, a The Economist, tampoco trae noticias muy halagüeñas, porque reconoce que frente a la mutación de la inteligencia artificial en una superinteligencia artificial, que tendrá mayor poder cognitivo que toda la inteligencia de la humanidad combinada, en cinco años más, se corre un riesgo catastrófico que se sitúa entre el 10% y el 20%, de extinción. Pero que, superado este riesgo -sólo posible entrenando a los modelos de lenguaje de IA avanzados hacia la búsqueda de la verdad- se abre una nueva era de abundancia extrema, sin escasez, donde la humanidad tendrá que buscar un nuevo sentido a la existencia, sin tener que trabajar para vivir.
Esto que parece sacado de una película de ciencia ficción, al menos da para pensar lo que estamos haciendo en las filas del socialismo respecto de estos problemas: el reemplazo laboral masivo, que sí es un hecho, ¿cómo lo estamos enfrentando? Como casi todo: anclados en el pasado, como si los funcionarios públicos fueran eternos, o los trabajadores se sintieran realmente trabajadores. Tampoco tenemos una mirada de lo que antecede todo este distópico cuadro que pinta Musk: que el poder ya no está en los países, o en los Estados-Nación, sino en las Corporaciones de Silicon Valley, donde se están desarrollando los modelos de lenguaje avanzados de IA, la computación cuántica, la biotecnología y la exploración espacial. Los líderes de esta industria, son los que de forma acelerada acumulan poder, poniendo en riesgo la propia democracia.
Sobre la posibilidad de la esencia del socialismo chileno
Debimos haber comenzado todo este ensayo preguntando si es posible tener una filosofía del socialismo y, en consecuencia, si es posible, entonces, concluir en su esencia. Para esto, utilizaremos una hipótesis y un acto de fe. La hipótesis es que es posible. Se dirá que no, porque una organización situada en un devenir histórico no tiene un contenido cerrado, que la cosifique, o que la anule. Va mutando y se va haciendo en ese propio devenir, y que desde ese punto de vista sería a-esencial, o inesencial. Se dirá, además, que no tiene una naturaleza que mantenga a la organización inmutable, como creen los cristianos respecto de lo que llaman el alma humana. Y que, finalmente, más bien valdría antes que hablar de una esencia del socialismo, de una condición del socialismo.
Ante estas posibles objeciones, cabe hacer la distinción entre los conceptos de naturaleza y esencia. Sabemos que el concepto de naturaleza se ha utilizado generalmente para indicar aquello que “es dado” en oposición a aquello que “es decidido”. Cuando Sartre dice que “no hay naturaleza humana porque no hay Dios para concebirla”, está señalando que el ser humano nace siendo nada, que es -como diría Heidegger- arrojado al mundo completamente vacío, que no trae predeterminaciones que lo condenen a ser de una u otra manera, como si tuviera un destino pre configurado. Esto no significa que el ser humano no se “defina” en el camino de su vida. De hecho, la proclama sartreana de que la existencia precede a la esencia, implica una condición de posibilidad ontológica, mas no una negación de la esencia.
Para el caso de un movimiento político cultural, como es el socialismo chileno, y sobre todo, para su instrumento principal, que es el Partido Socialista de Chile, no venir dado con una naturaleza parece ser indiscutible. No podría una organización que nace como respuesta a las condiciones de miseria de la clase trabajadora -como señala González, en la Fundamentación- y de todo un contexto político e histórico, tener una naturaleza que venga “dada” desde afuera. Ni siquiera por el marxismo soviético, por las condiciones propias de la chilenidad, como explicaremos más adelante.
Aunque la esencia puede ser el contenido de una determinada naturaleza, para el caso del ser humano y de las organizaciones que construye, es una posibilidad cierta. Pero la esencia es distinta porque no viene, necesariamente, dada a priori sino que puede ser construida a posteriori. Lo que pudiera ser contradictorio es asumir que la esencia de algo, puede ser esencia de ese algo como puede dejar de serlo. Atentaría contra la definición misma del concepto. Y es que, entonces, habría que fijar el tiempo presente como la única posibilidad de arribar a esa esencia.
No sería posible buscarla ni en el pasado ni en el futuro, y solo se “completa” cuando ese algo muere. Pero es posible fijarla en un determinado momento histórico para el caso de las organizaciones humanas. Fijarla pero sobre todo asirla en los tres tiempos que componen la existencia. Somos en cuanto hemos sido, decían los griegos, y la estructura de la esencia podría estar compuesta por el pasado que nos constituye y el presente que somos. Pero la dimensión del futuro, sobre todo para los existencialistas, es entendida como proyecto. ¿La esencia puede ser un proyecto de ser? Diríamos que puede ser un conjunto siempre incompleto que puede proyectarse hacia el futuro. Es inacabado porque es un proyecto libre, y porque la única forma para “cerrarlo” es acabándolo. Muriéndose o haciéndolo morir.
Corremos el riesgo, claro está, que el resultado de la reducción eidética, una vez examinados todos los atributos, comenzando por los que Eugenio González pone de manifiesto el 47, terminemos siendo, como dice Ferdinand de Saussure, un significante vacío. Un molde, donde cada cual pone sus deseos, imágenes y experiencias para llenarlo. Y esto lleva a que el socialismo y el Partido Socialista de Chile, sea todo, o cualquier cosa, y cuando eso es así, entonces termina siendo nada.
Si este fuera el caso, entonces aquí viene el acto de fe. Decimos acto de fe para referir a una voluntad de querer ser algo proyectado hacia el futuro. En estas circunstancias, el significante vacío también es una oportunidad del ser-para-sí -que sería esta conciencia militante colectiva proyectada al futuro desde la nada- para ser un proyecto político en sí mismo. Desde este punto de vista, en el contexto de la Conferencia Nacional Programática del PS, la primera tarea a la cual debieran abocarse los socialistas, es a querer ser algo. Esto, que a primera vista parece obvio, no lo es. No lo es, porque aún existe un temor inconfesado a encarar lo que decimos ser y lo que somos. Esto es lo que atestigua Paulo Hidalgo, en su reciente columna en Ex-Ante, donde examina el impenitente conflicto de los partidos de izquierda, particularmente el PS, en relación con el contraste entre el marxismo declarado y la práctica política socialdemócrata.
En esta situación, todo comienza con la voluntad. Para Antonio Gramsci, la voluntad colectiva resultaba ser el puente dialéctico entre la teoría y la práctica, y una especie de síntesis entre el idealismo -que asume que las ideas por sí mismas cambian el mundo- y el reduccionismo marxista -que asume, en cierto modo, que las leyes de la economía pesan por sobre la intervención humana-. Entonces, si es que en el transcurso del examen arribamos a la conclusión que somos nada, la voluntad colectiva es la primera tarea, y la primera herramienta que hay que utilizar.
La voluntad colectiva, es importante -en realidad- en todos los aspectos. Hay que querer ser algo, para darle sentido a lo que hacemos, pero si lo que hacemos es, precisamente lo que somos, entonces el ejercicio de reducción eidética debe contemplar la doble dimensión, que a su vez representa un problema no resuelto: la diferencia entre lo que la organización dice que es y lo que es a la luz de sus actos. Ambas dimensiones no son, en caso alguno, algo parecido a una verdad –separadas y confrontadas-, sino fenómenos posibles de aparecer para la conciencia. Para el caso de este ensayo, es la agrupación de textos, discursos, imágenes, actos individuales de las figuras históricas, actos colectivos de la organización, votaciones parlamentarias, entre otros, los que representan los fenómenos que aparecen, tan diferenciadamente, y de forma tan escurridiza, a la conciencia colectiva del militante.








