
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Doctorado en Filosofía Política. Posdoctorado FAPESP en la Universidad Autónoma de México. Profesor Titular en «Seguridad Internacional y Resolución de Conflictos» Coordinador del área de «Paz, Defensa y Seguridad Internacional» en la Posgrado San Tiago Dantas. Representante de Ciencias Sociales en el Consejo de Relaciones Internacionales de la UNESP. Investigador en Ciencia Política y RR. II., con énfasis en Integración Internacional, Conflicto, Guerra y Paz. Líder del Grupo de Estudios de Defensa y Seguridad Internacional (GEDES) de la UNESP. Miembro del Directorio de la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (RESDAL). Director Institucional de la Asociación Brasileña de Estudios de Defensa (ABED).
La otrora magnífica, imponente e imperial águila americana -cuyas alas cubrían todos los continentes para imponer sus insaciables intereses- hoy se desprende de sus plumas y sus garras ya no aferran con la firmeza de antaño. Europa, que buscó su unidad y seguridad bajo ese manto alado, observa impotente el inverosímil vuelo del águila hacia su nido desorganizado. La trucha que creyó atrapar fácilmente en el golfo Pérsico resultó ser un tiburón del que no puede escapar sin perder aún más plumaje. Ni siquiera el vergonzoso revoloteo en Afganistán, en agosto de 2021, habría podido presagiar un desenlace tan fugaz y desastroso. Pero lo que pocos imaginaron ver tan pronto había comenzado mucho antes.
Con el fin de la Guerra Fría, y haciendo caso omiso de acuerdos y de los reiterados mensajes de Putin, los estrategas occidentales continuaron forjando la imagen de una Rusia amenazante -a pesar de que entre 1992 y 1998 su PIB se contrajo en un 50 %-, a la que convenía frenar en su supuesta voracidad territorial. Así, de una imagen artificial de amenaza, el Occidente ideológico fue convirtiéndose en una amenaza existencial para Rusia, que modificó su doctrina de empleo nuclear como respuesta a cada oleada ofensiva de la OTAN hacia el este.
Ni siquiera la enérgica respuesta de Putin en Osetia del Sur, en 2008, bastó para despertar a Europa de la brutal pesadilla que la conducía, resignadamente, al abismo nuclear. Obstinadamente, desde 2009 comenzaron a erosionar políticamente a Ucrania. Bajo el liderazgo de la enviada estadounidense Victoria Nuland, fueron reavivando el nazismo ucraniano, reivindicando a «héroes» de las SS como Stepan Bandera, y entrenaron, financiaron y armaron a las tropas de choque que sembrarían con sangre el terror en la plaza del Euromaidán en 2014. Ese golpe derrocó al gobierno democráticamente electo de Víktor Yanukóvich e instauró un poder sumiso al imperio estadounidense, que ordenó la guerra civil contra el Donbás, de cultura rusa.
Tras el asesinato de quince mil civiles a manos de las fuerzas de Kiev y las imprudentes declaraciones de Zelenski -que solicitó la adhesión a la OTAN renunciando al Tratado de Budapest, por el cual Ucrania se comprometía a no poseer armas nucleares en su territorio-, en enero de 2022 la Duma de Moscú reconoció la independencia de las provincias del Donbás (contra la postura de Putin, que defendía únicamente su autonomía). Finalmente, y no sin reiteradas advertencias y claros movimientos de tropas en la frontera, Putin ordenó el inicio de la denominada «Operación Militar Especial», con la entrada de fuerzas rusas hasta el corazón de Ucrania mediante una estrategia de guerra relámpago.
La rapidez y contundencia del ataque ruso llevaron a Zelenski a negociar la paz en Bielorrusia en marzo de ese año. Esa negociación reiteró lo acordado en 2015 en el Acuerdo de Minsk II: la integridad territorial de Ucrania, la independencia de las provincias del Donbás y su no pertenencia a la OTAN. Consideramos que esta fue la primera negativa bélica a la expansión territorial y a los intereses estratégicos del águila imperial y de su pretoriana OTAN. Esa negativa se vio reforzada por la conversión de la guerra relámpago en una estrategia defensiva de desgaste, después de que el presidente estadounidense Joe Biden y el primer ministro británico Boris Johnson convencieran a Zelenski de entregar «hasta el último ucraniano» en una guerra por procuración, destinada a desgastar a Rusia y aislar a la República Popular China. La disposición de las piezas en el tablero bélico indicaba con claridad que la guerra no era con Ucrania, sino en Ucrania, entre Rusia y las fuerzas atlantistas; un hecho que los medios corporativos intentaron ocultar repitiendo la fórmula editorialmente construida de «agresión no provocada» de Rusia.
Esta contundente negativa bélica a la libertad de acción estratégica del imperio -que desgastaba más al atlantismo que a la propia Federación Rusa -llevó a Estados Unidos a reflexionar críticamente sobre su capacidad militar para imponer e incluso defender sus intereses en el mundo. El resultado fue el Informe Final de la Comisión de Estrategia de Defensa Nacional, de julio de 2024.
En él se señalaban tres vulnerabilidades que hacían imposible la victoria en la próxima guerra mundial, considerada inexorable para mantener la hegemonía global:
1) una estructura militar inadecuada para las guerras actuales;
2) un complejo militar-industrial obsoleto; y
3) una estrategia diplomática que perdía terreno frente a la República Popular China.
Aunque en ese momento, según el documento, eran incapaces de librar una guerra exitosa contra el «cuadrilátero del mal» (China, Corea del Norte, Rusia e Irán), argumentaban que era preciso replegar la estructura militar desplegada por el mundo para concentrarla y reestructurarla. El documento sugería que esas reformas debían completarse hacia 2026 para eliminar esas vulnerabilidades y afrontar la guerra mundial con alguna probabilidad de éxito.
Llegó 2026, el año en que el imperio debía demostrar su renovada fuerza para enfrentarse victoriosamente a los potenciales enemigos de su hegemonía global. El presidente Donald Trump, al frente del imperio, dio la impresión de estar implementando las sugerencias de ese informe final. Tanto a través de las nuevas ediciones de los documentos de defensa como de sus acciones -al comenzar a retirar fuerzas estacionadas en todo el mundo y expresar su deseo de concentrarse en el continente americano- parecía avanzar en esa dirección. Los asesinatos ilegales mediante bombardeos de barcos en el Caribe, la brutal agresión contra Venezuela, el secuestro del presidente Maduro, la injerencia descarada en los procesos electorales del continente y la aplicación autocrática de la transnacionalización normativa de las leyes estadounidenses parecían indicar el propósito de asegurar su dominio sobre la región para debatir el futuro del sistema internacional mediante una política de zonas de poder reconocidas por su peso de potencias.
Quizás cautivado por su éxito en Venezuela, o convencido por el genocida Benjamín Netanyahu y el lobby sionista, Trump ignoró las advertencias de los estrategas y se lanzó a lo que consideraba una victoria fácil contra Irán. Traicionando a los iraníes por segunda vez durante las negociaciones de paz, atacaron ilegal y criminalmente a Irán, cometiendo un inaceptable magnicidio ante el silencio cómplice de la comunidad internacional. Decapitaron el liderazgo religioso, político y militar de Irán, imaginando que su estructura de poder se derrumbaría como un castillo de naipes. Pero milenios de cultura política y estratégica no pasan en vano, y la respuesta tardó apenas quince minutos en manifestar su violencia. El mando de las fuerzas armadas iraníes había adoptado una estructura de comando y control en red, una defensa en mosaico que distribuía las decisiones estratégico-operacionales entre una treintena de unidades móviles desplegadas por todo el territorio. Desde allí, atacaron bases militares estadounidenses, incluida la base de la Quinta Flota en Baréin, la principal base naval de la región. Esto desbarató la logística necesaria para una guerra prolongada a distancia y destruyó importantes sistemas de radar, cegando a los agresores. En cuestión de minutos, Irán había ganado la guerra que Trump y Netanyahu imaginaron como una guerra relámpago, empantanándolos en una guerra de desgaste, controlada político-estratégicamente en su modalidad, duración e intensidad por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).
Esa trucha exhausta, que tras desovar en las cabeceras del río se había vuelto presa fácil para la feroz águila americana, resultó ser un tiburón experto que puso de manifiesto los límites del imperio estadounidense. Pero más que cualquier otra derrota de sus fuerzas armadas, esta demostró que las vulnerabilidades señaladas en el mencionado Informe Final de 2024 no solo no se habían reducido, sino que seguían ampliando la brecha con las necesidades de la guerra contemporánea.
En concreto:
1) la estructura militar resultaba absolutamente inadecuada y desmoralizada;
2) el complejo militar-industrial había aumentado comparativamente su obsolescencia con productos sofisticados, caros e ineficientes;
3) Trump fue ejemplar en realizar todo lo que no debe hacerse en diplomacia: dejó a los europeos desamparados, a sus aliados desarmados y a los neutrales furiosos por sufrir la arbitraria guerra arancelaria.
La derrota que Irán, como uno de los vértices del «cuadrilátero del mal», había infligido al imperio no pasó desapercibida para los ojos vigilantes de los otros vértices, que anotaron las vulnerabilidades y potencialidades que servirán de lección para la próxima guerra.
Irán no sólo ganó una guerra improbable contra la otrora magnífica águila americana, sino que fue más allá y gritó al mundo que el rey está desnudo, y que el sistema internacional tendrá que encontrar su nueva forma desde una imparable multipolaridad.








