
Periodista.
Pienso que cumplí, azarosamente pero con la suerte del desprevenido, una misión encargada con cariño por parte de quien me lo solicitara.
Pienso también que el día en que todo ocurrió respecto del título de esta columna, fue un día gratísimo.
Comenzó temprano al desayuno cuando mi hija Rosario me sirvió un trozo de torta de chocolate con naranja, que me envió de regalo la experta pastelera Esperanza Dittborn, luego de que mi hija Antonia, comentarista gastronómica, le comentara que es la única que me gusta.
Exquisita torta. Con un café cargado y amargo sin azúcar, fue una muy significativa manera de comenzar el fin de semana.
Luego fui a la feria libre pero de ahí nada que contar salvo que han aparecido las buenas berenjenas que, fritas al momento ante de servirlas con un buen puré picante y pasadas por una suave mezcla de ajo y cebollín en jugo de limón de Pica, son perfectas.
Lo importante comenzó a eso del mediodía, cuando debí prepararme para asistir a la celebración del cumpleaños 80 de mi amigo y colega Leonardo Cáceres Castro, periodista de larga, larguísima obviamente, trayectoria. El almuerzo de celebración fue en un club cercano a la Librería Lolita y, como conozco al dueño que es el periodista y escritor Francisco Mouat, pasé a saludarlo. Me recibió, como siempre, amistosamente. Y, cuando le dije que iba a la celebración de Cáceres, me entregó tres ejemplares del libro «Las Siete Vidas del Gato Gamboa» escritos por él y con esta advertencia: que los distribuyera entre los invitados al almuerzo.
Una Orden, Digamos
Sólo que al llegar me topé con Lela, hija del homenajeado octogenario y le pedí que me guardara los tres ejemplares en su mochila pues me pareció un tanto indecoroso andar con ellos entre las mesas, saludando entregando ejemplares. Lela es historiadora y se desempeña profesionalmente en una ONG en Luxemburgo, a cargo de las relaciones con América Latina.
El celebrado Cáceres llegó y se encontró con la sorpresa de los aplausos y los abrazos para su persona. O, por lo menos, puso cara de sorpresa. El cóctel inicial y el almuerzo fueron perfectos: sencillos, bien servidos. Distinguidos. No hablaré aquí de todo lo que comimos y bebimos pero no puedo dejar de alabar una carne (a mi parecer, dignísimo pollo ganso) tremendamente blanda y acompañada por unas papas grandes y cortadas en juliana de manera ancha, lo que les daba aún mayor consistencia. Yo solicité merkén a uno de los mozos pues las buenas papas picantes son una de mis variadas debilidades. Y, con el buen vino tinto, mejor.
A los postres y luego de una torta inmensa y traída a la mesa central con toda pompa por los hijos del homenajeado, hubo discursos y, principalmente, la intervención de los experimentados guitarristas y cantantes José Seves (Inti) e Elizabeth Morris, con el aporte final de una buena cueca histórica a cargo de Julio Alegría (ex Aparcoa). Interpretaron varias canciones con las cuales nosotros los asistentes nos identificamos plenamente: música tranquila, boleros, valses peruanos, obras venidas del cancionero chileno tradicional, conocidas melodías para quienes hemos vividos más de medio siglo. Digamos, tres cuartos, aproximadamente.
Todo, un gran agrado.
Al retirarme, le pedí a Lela los libros del Gato Gamboa. Y le regalé un ejemplar, para que las páginas volaran a Europa. Ella, gran lectora, se mostró feliz. Luego, me dispuse a volver a casa en un taxi o algo así. Sin embargo, la tarde estaba cálida y, con el estómago satisfecho, siempre conviene caminar. Calculé unas veinte cuadras hasta mi departamento, lo que me pareció perfecto. Además, tarde de sábado con calles prácticamente desiertas.
Un Agrado
A poco andar me topé con Cecilia Banderas, hija de la poetisa Cecilia Casanova, fallecida no hace mucho y de quien todavía varios nos preguntamos por qué no se le dio nunca el Premio Nacional de Literatura. También se pregunta lo mismo respecto de Enrique Lafourcade que, en el instante de este paseo, estaba muriendo en Coquimbo. Cecilia, mismo nombre de su madre poetisa, venía con su marido desde la casa de su hija. También disfrutaban tranquilos la tarde sabatina. Le obsequié otro ejemplar del libro del Gato (me quedaban dos) y me lo agradeció mucho. Ella es una gran lectora, tal como sus hermanos Juan y Pablo. Nos conocemos desde la infancia.
Un par de cuadras después, noté que el sol de la tarde había emblanquecido hasta el helado color de la nieve a la cordillera que los santiaguinos tenemos al frente y que a veces no consideramos en toda su belleza. Iba justo pasando frente al edificio de una gran amiga y la llamé por teléfono para decirle que saliera a su balcón y admirara la montaña tan vecina y tan lejana. Me lo agradeció después, emotivamente.
Otro agrado
Tres cuadras antes de llegar a mi edificio, pasé a saludar a la señora que vende alimentos de mascotas y donde compro periódicamente lo que consume Rosita, la gata de mi hija. Bueno, mía también. La señora hace pocos días me había regalado alrededor de medio kilo de pellets para Rosita, pues no le quedaba más. El negocio es vecino a dónde vivió el Gato Gamboa y su esposa Estela y, por lo mismo, se conocieron y se quisieron mucho. Le obsequié el tercer ejemplar del libro que me había entregado Pancho Mouat en su librería. Ella se emocionó, me lo agradeció profundamente. Abrazó literalmente el ejemplar. A todos, en general, nos gusta agradecer, pienso.
Luego, seguí a casa y, tras ver que no había novedad, me dispuse a escribir estas líneas para terminar el día, mientras el atardecer se esfumaba y la noche de sábado de invierno se enfriaba y llegaba a este barrio y a todos los barrios, sin estridencias. Y yo, cuando miré entre los árboles que dan a mi balcón, pensé en los ochenta años de mi amigo Leonardo Cáceres y agradecí nuevamente la invitación a este almuerzo tan fecundamente amistoso. También pensé en mi agradable paseo posteriormente por calles nuñoínas. Y también, acaso principalmente, pensé en el encargo cumplido de Pancho Mouat: que regalara los tres libros del Gato Gamboa, a quien íntimamente correspondiera.
Yo, que pensaba erróneamente llegar a casa con los tres libros del Gato Gamboa en la mano, creo haber cumplido la misión encargada por Mouat. Así lo pensé mientras hilvanaba estas líneas junto a una caliente crema de verduras y una copa de vino. Dos, para ser exactos.