
Antropólogo, Magíster en Gestión de Gobierno, académico e investigador científico.
Nadie le va a prohibir usar su dinero. Simplemente le van a incentivar para que lo use como ellos quieren. Y el experimento más exitoso de esta historia no está en Wall Street ni en Bruselas: lleva décadas doblado en la billetera de millones de trabajadores chilenos.
Tome un billete de mil pesos y obsérvelo un momento. Es, probablemente, el instrumento más discreto que existe: no sabe quién es su dueño, no registra por dónde ha pasado, no distingue si se destinará a pan, a libros o a una apuesta imprudente de madrugada. Hace más de un siglo, el sociólogo alemán Georg Simmel describió el dinero como un «medio puro»: algo que no lleva fines escritos en su interior. Esa neutralidad (esa indiferencia, precisamente) es la que ha sostenido la libertad de comprar y vender durante siglos.
Ahora ponga fecha al fin de ese principio: julio de 2027.
El dinero con instrucciones ya existe en Chile
Si el concepto de «dinero programable» suena a ciencia ficción, revise su billetera. Ahí está el vale de colación.
El vale solo compra comida. En la mayoría de los comercios no da vuelto. Pierde vigencia si no se usa. No puede destinarse a la cuenta de la luz ni sumarse al arriendo. Es un dinero que nació con reglas de fábrica.
El invento es francés: en 1962, un empresario llamado Jacques Borel creó un cheque para pagar los almuerzos de sus trabajadores, y el Estado francés le dio amparo fiscal. Llegó a Chile convertido en los vales de Sodexo, Edenred y similares, que hoy mueven una parte considerable del gasto de alimentación del país. Nadie los rechazó. La razón es instructiva: venían acompañados de un beneficio tributario. De ese papelito, el mundo aprendió una lección que no ha olvidado: la gente acepta dinero con condiciones si recibe algo a cambio.
Esa frase conviene guardarla. Es el manual de operaciones de todo lo que viene.
Lo nuevo no es que el dinero sea digital
El dinero ya es digital. El bono de la Isapre se paga con la huella del pulgar, una transferencia llega en segundos, el transporte público funciona con tarjeta. El billete es la excepción, no la regla.
La diferencia que se aproxima es otra, y más honda: dónde reside la regla.
Hoy, si un banco bloquea una transferencia por sospechosa, la norma que la bloqueó vive fuera del dinero: en un servidor, en una oficina de cumplimiento, en un juzgado. Molesta, sin duda, pero queda la sucursal, el reclamo, la posibilidad de discutir. Hay un ser humano al otro lado, y los seres humanos escuchan razones.
Con el dinero llamado «tokenizado», la regla viaja dentro de la moneda misma, escrita en código. Si ese dinero está programado para no gastarse en cierto tipo de comercio, o fuera de cierta zona, o después de cierta fecha, no hay bloqueo que reclamar: la transacción simplemente no ocurre. Para la red, el intento de gastar el propio dinero no existe. Y contra algo que no existe no hay ventanilla, ni gerente, ni tribunal.
Eso es el dinero programable. No una mejora del actual: otra cosa.
Por qué se apuran los gigantes
Nada de esto ocurre por moda. Ocurre por apuro, y el apuro tiene tres nombres.
El primero es el de Estados Unidos, cuya deuda supera los 40 billones de dólares y cuyo pago de intereses (más de un billón anual) excede ya el presupuesto de Defensa. Necesita compradores para su deuda como necesita aire.
El segundo es el de las tecnológicas. En julio de 2025, Estados Unidos aprobó la Ley GENIUS, que ordena el dólar digital emitido por empresas. Su letra es simple: cada dólar digital debe estar respaldado por dinero seguro o por papeles del Tesoro, que rinden alrededor de un 4% anual, y la ley prohíbe compartir ese rendimiento con el usuario. El negocio resultante es notable: el ciudadano entrega su dólar, la empresa lo invierte en deuda del gobierno, el gobierno obtiene comprador, la empresa conserva el 4% y el usuario no recibe nada. Al Estado le resuelven el problema de financiación; al ciudadano le piden agradecer.
El tercero es el de los bancos, que calcularon que los depósitos podrían emigrar en cifras de billones. Su respuesta fue contraatacar: los cuatro bancos más grandes de Estados Unidos, a través de The Clearing House (la cooperativa de pagos de la banca estadounidense, que existe desde 1853), lanzarán en el primer semestre de 2027 sus propios depósitos tokenizados: cuentas corrientes normales, con seguro estatal incluido, pero instaladas en esa infraestructura que sí puede programarse.
Mientras tanto, Europa avanza con el euro digital (aprobado en el Parlamento Europeo este julio pasado, con pruebas previstas para mediados de 2027), discutiendo en la letra chica asuntos que parecen técnicos y son de fondo: si tendrá un tramo anónimo para pagos menores y hasta cuánto podrá guardar cada persona.
¿Y Chile? El Banco Central estudia su propio peso digital con la calma de quien no quiere apurarse. Pero aquí está el punto que casi nadie advierte: la infraestructura no requiere permiso aduanero. Las billeteras de dólares digitales funcionan hoy en el país. Los vales ya son multinacionales. Cuando el hemisferio norte cambie su dinero, el cambio llegará por goteo, sin decreto local.
El calendario que le toca al lector
En los próximos meses casi no se sentirá nada, y esa es precisamente la idea. Habrá publicidad: premios por abrir cuentas digitales, devoluciones por pagar con determinada aplicación, invitaciones a «migrar» la cuenta a la red moderna. Conviene notar un detalle: a nadie se le ocurre premiar a quien se queda donde está. Los incentivos apuntan siempre en la misma dirección.
Durante el invierno y primavera, los lanzamientos. Los bancos ofrecerán la nueva cuenta con un bono de bienvenida. Parecerá un trámite. Será una decisión (del cliente) disfrazada de trámite.
Hacia julio de 2027, por primera vez en la historia, convivirán tres dineros del mismo valor en el mismo bolsillo: el efectivo que no pregunta, la cuenta clásica con ventanilla de reclamos y el dinero digital con premios de bienvenida. Entonces empezará a divergir el costo de usar cada uno: comisiones acá, descuentos allá, fricción para el billete. El efectivo no morirá prohibido; morirá, si muere, por simple aceptación y lo vera el día en que la mayoría de los comercios acepte el billete como hoy se acepta un cheque: por cortesía, no por necesidad.
Por dónde va a entrar, realmente
He aquí la previsión incómoda. El primer dinero programable que manejará el ciudadano común no será su sueldo, ni sus ahorros. Será dinero público.
Chile ya hizo la prueba técnica, aunque no la llamó así: el IFE llegó a millones de CuentaRUT, a teléfonos celulares, desde el Estado al bolsillo, en horas. Quedó demostrado que la maquinaria de distribuir dinero digital a escala nacional existe y funciona. Lo único que falta es condicionar el dinero que se reparte, porque el argumento ya está redactado: «para que no se destine a otra cosa», «para evitar el fraude», «para activar el consumo ahora, no después». Es imbatible en un debate televisivo. Y en un país golpeado por una recesión o una emergencia, es casi inevitable.
La señal más grave que puede aparecer en los próximos meses no será un anuncio tecnológico. Será el primer bono estatal a escala nacional con fecha de vencimiento o destino obligatorio. Ese día, el vale de colación dejará de ser un beneficio laboral para convertirse en política monetaria.
Qué hacer, sin caer en el catastrofismo
Poco, y concreto. Usar el efectivo que se desea conservar: una moneda que no se usa muere antes que una prohibida. Antes de aceptar cualquier «nueva cuenta digital» con premio, leer la letra chica y formular la pregunta que el vendedor no responderá: ¿qué se deja de recibir a cambio? Y no aceptar rendimiento cero sin contrapartida: si el dinero va a vivir en un mundo donde alguien retiene el 4% por el solo hecho de operarlo, que al menos una parte regrese a su dueño.
Después, observar las señales, que son pocas y visibles: premios por migrar; un bono público con vencimiento; una moneda digital perdiendo su valor en los titulares (ya ocurrió en 2023, cuando el colapso de un banco californiano arrastró al dólar digital USDC hasta los 88 centavos); y el umbral de anonimato que Europa fije para su euro digital, cifra que valdrá más que mil discursos sobre privacidad.
Cada compra con uno u otro dinero será, sin que nadie lo declare, un voto por uno de los tres futuros. El voto es anónimo. También es definitivo.
Vuelva a mirar el billete del principio. Mudo, indiferente, libre de propósito. El dinero que se usará en 2030 se está decidiendo en estos nueve meses, en repositorios de código y en votaciones parlamentarias que no generarán titulares.
Pero no hace falta esperar para conocerlo. Lleva años almorzando con él, de lunes a viernes, sin derecho a vuelto y sin reclamo. El futuro del dinero ya está en la billetera, doblado en cuatro. Lo único que queda por resolver es si el resto del dinero terminará pareciéndosele.






