
Periodista.
A propósito de la visita de Mirko Jozić, entrenador del Colo Colo campeón de la Copa Libertadores de América 1991, además de todos los acontecimientos largamente expuestos acerca de la insigne presencia del croata en Chile, recordé particularmente dos momentos especialmente significativos de su paso de siete años en el elenco popular.
No tienen directamente que ver con aquel logro, el mayor, y las conquistas derivadas: la Copa Interamericana y la Recopa al año siguiente. Tampoco los títulos de las versiones 90, 91 y 93 de los campeonatos nacionales de la primera categoría, pero sí circunstancias puntuales de ese generoso período para la institución centenaria. Curiosamente el denominador común fue un clásico adversario: Universidad Católica.
Colo Colo fue el campeón de la serie de honor 1990 con 46 puntos (dos de bonificación por haber sido el monarca del torneo de apertura) contra 38 unidades de la UC (una unidad extra por ser subcampeón de la misma competencia). Antes de finalizar la primera rueda, en septiembre de ese año, el europeo asumió como director técnico del primer equipo albo en reemplazo de Arturo Salah. El primer rival con Jozić como adiestrador fue el elenco de la franja y jugaron en el Monumental. Para ese partido Colo Colo no cambió allí su esquema tan drásticamente, pero ante un equipo que «volaba» como Católica (según la mirada del arquero albo, José Daniel Morón) hubo que tomar precauciones y ser estratégico para ganar. Pero a su vez se produjo un «cambio de mano» muy notorio. Ganó finalmente Colo Colo (gol de Miguel Ramírez.) y, más allá de ese resultado por relevante que haya sido, la forma de jugar fue un punto de inflexión.
La escuadra del cacique impuso un ritmo intenso, desusado y sin dar una sola pelota por perdida (y se lo tomaron tan en serio que Javier Margas, por error derivado del exceso de vértigo, golpeó a su compañero Raúl Ormeño, quien posteriormente fue reemplazado). Pero Colo Colo fue agresivo en el mejor sentido de la palabra. Ganó bien. Católica se quejó de ese juego al límite. Lo reconoció su entrenador, Fernando Carvallo. En resumen, fue la sinopsis del perfil Jozić. No se trató de considerar a Salah como lo que no pudo ser (era una necedad: avalaron al ex deté dos títulos de la primera categoría, dos liguillas pre libertadores y tres campeonatos de apertura), sino una forma de jugar más asociada, de alta posesión del balón, más frontal, sin lateralizar y evidentemente con la intención de llegar con más prontitud y regularidad al arco (a diferencia de la propuesta, igualmente exitosa pero más cauta, del ex pupilo de Fernando Riera). Jozić fue el técnico de la selección juvenil de Yugoslavia que ganó el mundial de la categoría efectuado en Chile en 1987.
Contratado por el timonel de los albos, Peter Dragisevic, después de ese certamen sub 20, Jozić se enfocó en las inferiores del club de Pedreros y uno de los primeros aspectos que se esmeró en mejorar fue el plano ofensivo y la forma de jugar panorámica de las series menores. En su punto de vista una manera más eficaz para llegar al gol siempre fue privilegiar el pase hacia adelante, no hacia el lado. Lo reconoció el dirigente Jorge Vergara. Parecía una caricatura pero algo indicaba respecto a lograr mayor rendimiento. Un ingrediente extra en sus preocupaciones fue trabajar el ámbito físico total (por decirlo de alguna manera). De hecho, ya asumido como mandamás del primer equipo, antes de la Copa Libertadores del 91, haber ocupado La Leonera, como lugar para sacarle partido a ese aspecto, fue emblemático.
Garra y entrega sin límites
Para finalizar, quisiera profundizar en lo que fue el segundo encuentro de albos y cruzados por el torneo nacional de 1990. Tuvo lugar en diciembre y, a falta de cinco fechas para la finalización de la competencia, Colo Colo llegó a ese clásico con 39 puntos, cinco más que Católica, cantidad apreciable pero no decisiva: faltaban 10 puntos a disputar por equipo. El emblemático duelo reveló otro atributo distinguible de Jozić, no demasiado distinto a lo demostrado por Colo Colo en su historia, pero sí aumentado: la garra, el corazón, la entrega sin límites, aquello que ante la falta de fútbol, debe aflorar para imponerse o salvar la dignidad.
Católica fue superior a Colo Colo ese día. Barrera, «Coke» Contreras y los argentinos Reinoso y Percudani hicieron temblar la retaguardia alba sobre todo en el primer tiempo; Parraguez, Romero, Lepe y el peruano Del Solar, entre otros, también se distinguieron de algún modo. En el cacique, durante un lapso prolongado de esos 90 minutos, Garrido vaciló y Pizarro y los trasandinos Barticciotto y Dabrowski lucharon pero sin resultados satisfactorios.
Un 2 a 0 a favor antes de la media hora de juego a favor de la escuadra de San Carlos de Apoquindo pareció una sentencia categórica, pero el descuento de Pizarro vía penal como que le anunció a Católica que el pleito no se iba a dar por acabado temprano. En el segundo tiempo la tónica continuó, pero la UC se encontró con una defensa mejor parada y un arquero (Morón) más metido en el partido e inspirado. Pero esos ingredientes extras tan propios de Colo Colo irrumpieron con más fuerza pasados los minutos: no asumir por perdido el enfrentamiento, luchar cada pelota como si fuera la última y jugarla pensando en cómo llegar al arco a como dé lugar.
Así llegó el minuto 88: tiro libre en forma de centro de Pizarro desde la izquierda al área, el inclaudicable Morón (sí: el arquero, algo adelantado) cabeceó el balón y desvió, pero Garrido lo redirigió al centro del área con una «chilena», Moyano en medio del caos remató y, tras un rebote y aunque la pelota dio casualmente en el brazo a Martínez, con Lepe habilitando a cualquier adversario en el área, el goleador albo no perdonó y batió a Cornez. Colo Colo empató. Los jugadores de Católica reclamaron. Gastón Castro sentenció el término del pleito algunos minutos después. A falta de cuatro fechas, el puntero llegó a 40 unidades. Católica a 35.
A la semana siguiente Colo Colo logró su título 18 y se transformó por primera vez en bicampeón en forma consecutiva (había ganado la primera categoría casi un año antes). Derrotó a O’Higgins 3×0 en Pedreros y enteró 42 puntos. Católica perdió con Cobresal en El Salvador y mantuvo 35 (lo máximo que podía hacer eran 41).
El concepto de no conocer la palabra «imposible» en los momentos adversos fue y es un sello Jozić. Su estándar nunca se redujo solo a la materialización de un juego frontal, fuerte, veloz y desafiante. Ante la súbita falta de ideas (puede ocurrir, el deporte no es un reloj y tampoco perfección continua), irrumpió con frecuencia en los equipos del croata el pundonor y el sacrificio para evitar la derrota dolorosa o el desastre, o lograr una victoria ajustada. En 1991 fue factible apreciarlo en la Libertadores ante Universitario de Lima y Boca Juniors en Santiago, ante Nacional en Montevideo y (una semana antes de la gloria total en la capital) ante Olimpia en Asunción . El Colo Colo galano se impuso con regularidad y categoría ante la mayoría de esos rivales, pero el Colo Colo aguerrido también salió airoso cuando, ante la carencia de espacios, la ganancia del balón un segundo antes, la viveza en el mejor sentido de la palabra y la frialdad para definir, superaron los rompecabezas que buscaron imponer los adversarios.
Ese sello Jozić es lo que le valió al croata transformarse en una leyenda, el mejor entrenador de la historia de Colo Colo de acuerdo a números y logros, y objeto de merecida admiración incluso para adversarios.
La diputada Marisela Santibáñez lidera las gestiones con miras a que el europeo sea un chileno más por gracia. El inmueble que cobija a jugadores jóvenes del club (quizás a futuros astros) y que acogió a uno que otro muchacho que se transformó en un consagrado, ya lleva su nombre. Ya se habla de un monumento. Destaco igualmente el nuevo esfuerzo editorial del periodista, ex presidente del Círculo de Periodistas Deportivos y director de la carrera en la Universidad de Las Américas, Ignacio Pérez Tuesta: “Mirko: Historia de un destino”
Dicho de otro modo, la leyenda Mirko Jozić.






