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No sólo la izquierda y la política están en crisis

Foto: Cyntia Otey para P19

 

Se habla de que la izquierda está en crisis, adjudicándole – por su forma de gobernar y como consecuencia de los resultados de su gestión – la irrupción de la extrema derecha, lo que lleva a algunos sectores de la izquierda a una innecesaria crítica autoflagelante.

Mientras unos hablan de lo que faltó hacer o se hizo mal, otros apuntan a lo que se excedió, lo que también ha pasado factura. Lo más probable es que ambas críticas tienen algo de verdad si las ponemos en un contexto correcto. Del lado de las derechas también observamos problemas. La ultraderecha no es muy bien recibida por importantes sectores democráticos de ese mundo político. La resistencia a formar gobierno con sectores neofascistas o neonazis es visible.

Pese a las críticas y campañas negacionistas de la derecha, los gobiernos de centro izquierda en Chile han contribuido a mitigar los efectos de la concentración de la riqueza y a ampliar el acceso a los bienes públicos. Lo ha logrado, en parte, pese a la oposición de las derechas en muchas ocasiones, aunque lo prometido posiblemente haya sido insuficiente para la gente.

Al intentar observar esta crisis que incluye a todo el espectro político nos falta ver de qué manera está influyendo el impacto de procesos externos que van desde los cambios en la geopolítica, la gobernanza mundial, las guerras y migraciones masivas, el fenómeno imparable del cambio climático hasta la jibarización e ineficacia de la ONU como la única instancia de carácter global existente que podría inducir cambios que contribuyan a mitigar los efectos de la crisis a nivel mundial. Es difícil imaginar un país sin problemas al estar inserto en un mundo como éste; así como la globalización trajo beneficios, también introdujo más dificultades, especialmente a los países que se incorporaron tardíamente o con productos con poco valor agregado a los nuevos mercados que ofrece el comercio internacional.

Lo que ha experimentado el mundo tras la llegada de Trump al poder ha sido brutal. La imposición unilateral de aranceles y la amenaza política incluso militar a quienes no acepten su política marca el término del libre comercio, base fundamental de la globalización. Como resultado, se podría estar generando una tendencia a la autoprotección que bordea la autarquía como un posible factor coadyuvante que conmina a enfrentar un mundo en caos cerrando las fronteras de los países. En ese incierto y complejo contexto tanto países como continentes están intentando buscar nuevas alternativas para abordar la crisis que les llega del entorno en uno o más ámbitos de los señalados más arriba, como también, para resolver con urgencia lo que más apremia a su población como es la extrema pobreza, la crisis hídrica, la precariedad de los sistemas de seguridad social, la delincuencia, el desempleo, el narcotráfico.

En contraste a la miseria humana más humillante que padece más de la mitad de la población mundial se yergue el poder de la oligarquía económico-tecnológica que con el dominio de la robótica y la AI amenaza al mundo con reducir los puestos de trabajo, a reemplazar a los seres humanos en importantes decisiones, en crear los artefactos aterradores capaces de destruir nuestro planeta en manos de las grandes potencias militares del mundo. La ciencia y la tecnología están crecientemente al servicio de los poderes fácticos de unos pocos países que pueden gobernar al mundo desde sus poderosas plataformas digitales.

Las crisis mencionadas son aprovechadas y se convierten en una gran oportunidad para incrementar el poder económico y militar a nivel de las grandes potencias. Pero, también son utilizadas en países poco influyentes para acceder al gobierno, por fuerzas políticas de izquierda y de derecha, ofreciendo soluciones de corto alcance e ineficaces a los problemas más angustiantes que afectan a la mayoría de la población de los países de la periferia, subdesarrollados o incluso emergentes. 

La profundidad y urgencia de los problemas locales es lo que ocupa a los partidos políticos en su gestión, lo que no podría ser de otra manera. Sin embargo, más allá de que se puedan hacer mejor las cosas, con mérito propio, con mejor gestión, usando con eficiencia y creatividad las tecnologías de punta, los problemas a abordar no solo causan aflicción si no se resuelven, sino también originan respuestas en represalia a los gobernantes de turno. No de otra manera se podría explicar la rotación o alternancia política en el poder de extremos políticos.

Sin embargo, muchos de los problemas que sufre la población mundial no tienen solución de no incorporar en la gobernanza cambios más drásticos de carácter estructural. Las desigualdades en el acceso a una mejor vida podría ser siempre un objetivo y una labor impostergable para cualquier gobierno democrático. Lo que para unos mejorar la calidad de vida se logra con el esfuerzo individual que implica fundamentalmente trabajo y esfuerzo, para otros, se requiere además de la ayuda o un impulso adicional del Estado, considerando la enorme distancia que tiene mucha gente para alcanzar únicamente mediante su trabajo una mejor vida, sea por falta de educación, por encontrarse en un proceso migratorio, en un estado de extrema pobreza o sin acceso a bienes públicos.

Será necesario que nos preguntemos si es que vivimos un momento en que asociar los cambios estructurales a la solución de los problemas más urgentes es una utopía o un desafío para la democracia que conocemos. O, será tal vez un axioma que se intenta validar al afirmar que para lograr cambios estructurales tendremos que recurrir a gobiernos autoritarios. Si así fuera, el modelo y el liderazgo a elegir – incluida la dependencia geopolítica – sería hoy entre el sistema que impera en China o EEUU, países que son potencias nucleares y militares que muestran las economías más desarrolladas y la mayor participación en el PIB mundial.

Lo anterior, sin embargo, no deja fuera la opción de perseverar en fortalecer el multilateralismo. Es decir, la alternativa de reivindicar la libertad de elegir a nuestros socios comerciales se plantea no solo para reducir los aranceles a los niveles que protejan la capacidad reproductiva de la economía ni para no dañar el medio ambiente, sino también para no derivar en presiones políticas que disperse las fuerzas capaces de asegurar la paz, la competencia y la cooperación.

Resolver el problema político subyacente se hace cada día más complejo y difícil. En efecto, la vida de la sociedad se ha hecho totalmente dependiente de los medios y recursos digitales. Nada puede llevarse a cabo sin el uso de tecnologías que van velozmente adquiriendo más distancia para la comprensión de la gente común y concentrándose en equipos y sistemas computacionales cada vez más sofisticados y poderosos controlados por unas pocas empresas privadas. 

Los datos y la información de los usuarios de las plataformas digitales escaparon del control de los usuarios – incluso de los gobiernos – convirtiéndose en el recurso más valioso en manos de una industria que no tiene límites en el desarrollo de algoritmos que le permitirá concientizar y vigilar masivamente a la población humana permitiéndole a esa oligarquía penetrar la política en todos sus niveles. Así como la verdad puede difundirse a todo el mundo, su negación y repulsa tienen el mismo peso digital. Será parte de la tarea de los partidos políticos influir es ese mundo que se mueve de un extremo a otro para que sea posible que prevalezcan principios y valores por sobre el pragmatismo tecnocrático y se logre consolidar el compromiso humano de vivir en paz y construir una mejor civilización.  

Un nuevo orden mundial no puede quedar en manos de ningún país con poder económico y militar capaz de imponer sus intereses y reglas, menos aún, si las ideas provienen de gobernantes autoritarios que desprecian la democracia. La unidad de los países que comparten principios y valores democráticos que respeten los derechos humanos y prioricen el diálogo en la resolución de conflictos debe seguir vigente. En consecuencia, lo que se convierte en un desafío político prioritario y permanente es el perfeccionamiento de la democracia, subordinando intereses particulares al interés general, que permita ampliar el acceso de toda la población de nuestro planeta a una mejor calidad de vida, a una convivencia en paz, sin miedo y con la esperanza de un futuro mejor. 

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