Solo si somos memoria podremos ser futuro, en una patria que tiene una historia profundamente homófoba de la que recién estamos sintiéndonos parte, gracias a las luchas que, día tras día, damos los seres sintientes de la diversidad en su más amplio espectro, en este Chile cartucho, de cartón, castigado por las doctrinas y las iglesias, pero que -con cada acto de pequeña y doméstica rebeldía- vamos llevándolo hacia el curso de sociedades más justas.

El trabajo de la memoria nos lleva inevitablemente a mirar las luchas disruptivas de los últimos 40 años, en las que se forjaron algunas formas de resistencia disidente, con ejemplos que se pusieron de pie, tanto frente a la dictadura como al conservadurismo de los pseudo-progresistas. Sólo por nombrar una: aquella que dieron la dupla de Francisco Casas y Pedro Lemebel, quienes con Las Yeguas del Apocalipsis se levantaron encarando las balas de la dictadura y la metralla valórica de las élites conservadoras, presentes, también, en la centroizquierda hasta nuestros días.

Al parecer, la única forma de generar cambios era, es y será la receta de volar las cabezas del mundo conservador, con acciones que hagan verter sus estómagos llenos de intolerancia. Sus pesadas anclas valóricas impiden que el conservadurismo transversal de este país pueda aceptar argumentos basados en la igualdad de derechos, porque para ellos la ley natural está sobre las transformaciones sociales, y de ahí, no hay quien los saque.

Por ello, la provocación es una herramienta política para generar reacciones explícitas, que muchas veces terminan botando las caretas del buenaondismo de los connacionales, aunque el precio que se paga por provocarles nunca dejar de ser alto: la exclusión, la marginación, el destierro, incluso la violencia verbal o física, -y, sin duda, también la muerte- son las maneras que tiene la hegemonía heteronormativa de emprenderlas con quienes revuelven sus predecibles gallineros, y esa es, en parte, una de las prácticas que se seguirán combatiendo desde la contracultura.

Las Yeguas supieron escandalizar muy bien a una sociedad acostumbrada a enterrar todo intento, singular o colectivo, de brillar con las luces de la autodeterminación y de las libertades civiles, como tantos y tantas que han decidido ser y sentir bien lejos de los cánones pacatos de esta patria infame, o como también sucedió con Cecilia, la Incomparable, a comienzos de los años 70, según cuenta la crónica de Lemebel titulada Cecilia: el platino trizado de la voz.

Lemebel escribe que la diva sesentera “de la noche a la mañana apareció travestida de Elvis Presley. Con buzo plateado pata de elefante y botas texanas, enfrentó desafiante la nueva década con su look chulesco. Pero este país, engarzado en la costra de la tradición, no aceptó la estética chicana que evaporó el tul feminoide de la estrella. Así, los comentarios morales del ambiente artístico y la lengua amarilla de la prensa, la fueron desprestigiando hasta ahogar su trino en el vaso de alcohol que tomaba y seguía tomando, esperando inútil que el “teléfono callado” sonara por algún contrato”.

La exclusión, como castigo ante la provocación, sigue estando presente en nuestra sociedad. Por ello la importancia de algunas señales de cambio que hemos visto en estos días, provenientes desde el mundo progresista y de los partidos políticos, entidades que hasta hace un par de años atrás, aún continuaba apuntando con el dedo a las diferencias convivientes al interior de las rígidas estructuras y orgánicas partidarias.

Es una verdadera bocanada de aire fresco la integración de la activista trans Alessia Injoque como coordinadora de campaña de Paula Narváez, dado que hasta hace algunos años era completamente impensado que las cadenas atávicas de la centroizquierda pudieran abrirse hacia el mundo real, ese mundo que integramos varios cientos de miles desde nuestras legítimas posiciones en este campo de batalla, porque la reivindicación es algo más que orgullo: es una lucha, cotidiana, doméstica y colectiva, política y ahora, también, electoral.

Ojalá los partidos políticos de la centroizquierda, con sus estructuras rígidas del siglo pasado, estén a la altura y hagan suya también la lucha por mayor dignidad e igualdad de derechos de la comunidad LGTBIQ+, sin repetir -una vez más- la lógica del castigo ante la provocación.