Inicio Destacado Segunda vuelta en Brasil: con el pesimismo de la inteligencia y el...

Segunda vuelta en Brasil: con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad

Flávio Bolsonaro llega al balotaje con investigaciones abiertas por rachadinha, conexiones documentadas con el Escritório do Crime de Río de Janeiro, el escándalo Vorcaro de R$134 millones y un inquérito de la PF por lavado de dinero.

Foto: AFP/Swissinfo

 

Antonio Gramsci escribió desde una celda fascista que el desafío de todo hombre consciente era combinar «el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad». Casi un siglo después, esa fórmula describe con precisión quirúrgica lo que enfrenta la campaña de Lula a pocos días del balotaje más reñido de la historia democrática brasileña.

Los números no mienten, y el pesimismo de la inteligencia exige mirarlos de frente. Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta con el 47% de los votos, dos puntos por encima de Lula. La media ponderada de trece encuestas le otorga el 51,2% de los votos válidos para el 25 de octubre. Lidera en doce de trece sondeos. El 46% de los votantes de candidatos eliminados migra hacia él, contra apenas el 27% hacia el presidente Lula. Y el dato más implacable: en ocho elecciones presidenciales desde 1989, Brasil nunca ha producido una remontada en segunda vuelta.

Quien no reconozca esa realidad no está haciendo política, está haciendo autoengaño.

Pero la política no es solo aritmética. Si lo fuera, no existirían las campañas, los debates, ni las últimas semanas que tantas veces han reescrito la historia electoral de este continente. Y aquí es donde entra el optimismo de la voluntad.

Porque si bien Brasil no conoce la remontada, América Latina sí. En una de cada tres elecciones a dos vueltas en la región, el segundo de la primera ronda termina ganando. PPK revirtió casi 19 puntos contra Keiko Fujimori en Perú. Lasso borró 13 puntos de ventaja de Arauz en Ecuador. Boric dio vuelta a Kast en Chile. Macri y luego Milei remontaron en Argentina. La historia latinoamericana demuestra que cuando una mayoría social decide que el candidato puntero es más peligroso que su alternativa, los números se mueven.

¿Y qué tiene Lula que esos candidatos no tenían? Algo que ninguna encuesta mide del todo: 33 millones de brasileños que no fueron a votar el 5 de octubre.

La abstención del 21% es la herida abierta de esta elección, pero también su territorio de oportunidad. Luciana Chong, directora del Datafolha, lo dijo sin rodeos: el perfil de los abstencionistas brasileños es de renta baja, un electorado históricamente más propenso al PT. En 2022, la abstención bajó entre la primera y la segunda vuelta, y Lula ganó. Si ese patrón se repite — si la campaña logra que una fracción significativa de esos 33 millones vaya a las urnas—, la ecuación cambia.

Maurício Moura, fundador del Instituto Ideia, señala el precedente de 2006 como hoja de ruta: cuando el PT intensificó la movilización en el Nordeste y logró la mayor votación de su historia. Lula lidera hoy con 61% a 31% en esa región según Datafolha. La base está ahí. La pregunta es si sale de casa.

También está la experiencia. Lula lleva disputando campañas y debates presidenciales desde 1989. Flávio Bolsonaro enfrenta su primera elección nacional. El politólogo Rodrigo Prando, de la Universidad Mackenzie, lo resumió así: «Si hay alguien con historial y capacidad de reacción para dar vuelta estos números por primera vez, es Lula». El debate de la Band mostró a un Lula más cercano al estadista que al polemista, y su equipo lo sabe: cada minuto de televisión abierta es una oportunidad de producir el recorte que movilice al indeciso.

Pero el optimismo de la voluntad no puede ignorar al elefante en la sala. Y el elefante tiene nombre: las milicias.

Flávio Bolsonaro llega al balotaje con investigaciones abiertas por rachadinha, conexiones documentadas con el Escritório do Crime de Río de Janeiro, el escándalo Vorcaro de R$134 millones y un inquérito de la PF por lavado de dinero. Si gana, el foro privilegiado congela todo. Cuatro años de inmunidad para un presidente cuyo gabinete legislativo empleaba a familiares de líderes paramilitares y financiaba construcciones de la milicia con dinero público desviado.

Desde la trinchera de Lula, este debería ser el argumento definitivo. No se trata solo de defender el Bolsa Família, el fin de la escala 6×1, la agenda climática o la soberanía nacional. Se trata de plantear una pregunta que ningún elector debería poder esquivar: ¿quiere Brasil un presidente que, al asumir el cargo, quede automáticamente protegido de responder por sus vínculos con el crimen organizado?

Gramsci sabía que el optimismo de la voluntad sin el pesimismo de la inteligencia es ingenuidad. Pero también sabía que el pesimismo de la inteligencia sin voluntad de acción es parálisis. Lula necesita ambos. Necesita reconocer que los números están en contra y, al mismo tiempo, apostar todo a lo que los números no capturan: la indignación latente, los millones que se quedaron en casa, y la pregunta moral que las milicias de Río le plantean a la democracia brasileña.

El 25 de octubre, Brasil puede hacer historia o repetirla. La voluntad, al menos, todavía está en disputa.

SIN COMENTARIOS

Salir de la versión móvil