
Economista, Instituto Igualdad
Para las izquierdas el socialismo siempre ha sido un objetivo que ha estado presente en sus ideas y propuestas. Desde la defensa de los derechos de los trabajadores hasta el cambio del sistema capitalista. Entre esos objetivos hay que reconocer tiempos y grados de avance si se considera que la lucha por los derechos de los trabajadores está íntimamente emparejada con el desarrollo del capitalismo.
La lucha de clases desde el siglo XVIII tomó la forma de una confrontación entre los trabajadores, dueño sólo de su fuerza de trabajo y los capitalistas o dueños de los medios de producción, sin olvidar que desde siempre ha habido un dominio de una clase minoritaria sobre muchos con menos o ninguna libertad o privilegios. La lucha de clases en el marco del sistema capitalista ha sido desigual, aun cuando pocas veces con victorias de las clases más explotadas. Lo que está claro es que fue necesaria la irrupción de sistemas políticos democráticos para entregar más igualdad y derechos a las personas comunes que conforman la fuerza de trabajo y los ciudadanos.
El socialismo no lo inventó Karl Marx, aunque fue importante su contribución. Mucho antes, mayorías sociales explotadas, segregadas y esclavizadas tuvieron líderes, los más audaces, que llamaron a sus comunidades a revelarse, muchos dieron su vida en ese intento de liberación, y pocos eventos revolucionarios lograron su propósito. No obstante, algo motivó a sus líderes y seguidores a creer que era posible romper las cadenas de la opresión y ganar la libertad. A eso le podemos llamar utopía, creer lo que parece imposible o difícil mediante la fuerza movilizadora de la convicción, la voluntad de luchar por ello y perseverar, aunque no se logre en el presente, pero, manteniendo viva la esperanza y el propósito de conseguirlo en el futuro.
No es el propósito de esta columna recorrer la historia del socialismo, desde el “socialismo utópico” o moral al “socialismo científico” que se apoyó en el conocimiento de las ciencias para llegar a lo que es hoy, una fuerza política que incorpora lo anterior para lograr una sociedad con más justicia e igualdad.
El socialismo de hoy ha aprendido de la historia de la humanidad y en buena hora ha logrado centrar su existencia en conseguir los equilibrios que permitan un progreso y bienestar persistente de las mayorías sociales frente a las minorías más ricas en la actual sociedad que se sustenta en un sistema económico que tiende a la concentración de la riqueza y de los ingresos del capital, fuente de desigualdades.
Del mismo modo como el sistema económico capitalista ha logrado alcanzar un desarrollo material y del conocimiento que le ha permitido recrearse y lograr producir más y mejores bienes y servicios que pueden llegar a cualquier lugar del mundo, así también, en su capacidad productiva ha llegado a aprovechar el capital y el conocimiento científico para explorar el universo y producir armas nucleares con capacidades destructivas que podrían eliminar la vida del planeta impulsando el militarismo y la industria asociados a esa actividad.
Una mirada transformadora
En este mundo controversial y complejo el socialismo debe estar presente con una mirada transformadora que se proyecte para enfrentar a los poderes fácticos que no ceden en controlar la economía y el aparato del estado con el sesgo político que privilegia el interés del capital por sobre los intereses de la mayoría. Si bien el socialismo puede presentar matices o diferencias, es el pueblo que cree en sus ideas y propuestas quien le da su apoyo para que sea posible materializar, impulsando leyes o ejerciendo además el poder en gobiernos elegidos por sus ciudadanos.
Pero, qué puede ofrecer el socialismo. La sociedad actual ofrece al mundo fundamentalmente bienes y servicios que intentan seducir e incluso alienando las mentes de la gente, por muy atractiva que aparezca esta oferta. Al mismo tiempo vemos una sociedad desigual, fragmentada, polarizada, que amenaza la diversidad como una fuerza que le da sostenibilidad y sentido a la vida. En esa contradicción el socialismo debe abrir no solo el debate, debe simultáneamente entregar un relato que despeje y contenga una respuesta para hacer posible superar el incierto e inquietante porvenir de la humanidad. En esta tarea debe haber una absoluta convicción de que la igualdad y la diversidad son componentes inseparables de una existencia amigable e inteligente.
Si hay algo relevante que discutir es de qué manera integramos la igualdad con la diversidad. Este relato nos obliga a aceptar que vivimos en un mundo donde la diversidad es parte de su riqueza y sostenibilidad. En el escenario que sea, lo que más prevalece es la diversidad y no sabemos apreciarla. Desde el mundo diverso de la vida en la fauna y flora, hasta en nuestra estructura y características como seres humanos, la diversidad es lo más notorio. Cuánto valor existe en la diversidad y qué poco reconocemos en ello. Por otro lado, la igualdad no ha salido de los parámetros conceptuales de los pensadores clásicos, llegando a aceptar que la igualdad está atada sólo a los méritos o capacidades humanas. Hemos dejado de lado las diferencias que produce una sociedad segregacionista que se vale incluso de la legítima diversidad del mundo social.
Las desigualdades inhiben el desarrollo humano y material. Si en educación, salud, alimentación, vivienda, barrios, empleo y salarios las diferencias son aberrantes e inaceptables, la ceguera para apreciar la diversidad es igualmente deplorable. Los inmigrantes, los pobres, los pueblos originarios, la raza, el sexo, el oficio, la edad y muchas otras diferencias se estigmatizan y otras son producidas por la desigualdad que recicla y legitima el propio sistema sociocultural y clasista de la sociedad. En consecuencia, sin respuesta a las desigualdades y a la segregación, lo que se expresa en solidaridad, no existe el socialismo como fuerza del cambio para una mejor vida en sociedad.





