
Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
A propósito del programa de YouTube La Cofradía, nuevamente sus integrantes comentaron la última columna que escribí sobre ellos, titulada “La Cofradía macholibertaria: cuando la crueldad se convierte en identidad”. En ella, uno de sus integrantes, Fernando Ortiz Herrera, respondió de manera más seria a lo planteado (1), yendo un poco más allá de las burlas de Ítalo Omegna y Emiliano Fernández, que finalmente terminan ridiculizándolos a ellos mismos.
De ahí que me interese refutar la idea esencialista que plantea Ortiz Herrera: que los hombres llevarían “6 mil, 8 mil años” cumpliendo los mismos roles y que ahora, producto de la posmodernidad, algunos pretenderían cambiarlos, como sería mi caso. Esta afirmación supone que los mandatos y las formas hegemónicas de ser hombre serían algo natural y que no cambiarían con el paso del tiempo.
El problema de esta afirmación es que confunde historia, tradición y naturaleza. Que determinadas formas de masculinidad hayan sido dominantes durante largos períodos no significa que sean naturales, universales ni inmutables. Las maneras de ser hombre han variado enormemente entre sociedades, épocas y culturas.
Presentar los roles tradicionales como expresión de una supuesta naturaleza masculina es una antigua forma de convertir una construcción social en algo aparentemente inevitable. Durante siglos también se sostuvo que las mujeres estaban naturalmente destinadas al cuidado y los hombres al poder, la racionalidad y el espacio público. La historia demuestra que esas categorías han cambiado.
Nadie necesita negar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres para cuestionar que esas diferencias determinen un guion obligatorio de comportamiento. Un hombre puede ser fuerte y vulnerable, padre y afectivo, sin dejar de ser hombre. La masculinidad no desaparece cuando deja de organizarse alrededor de la dominación.
Y aquí está el punto que Ortiz Herrera no responde. Mi crítica a La Cofradía no consiste en cuestionar que sus integrantes sean hombres ni en intentar definir qué debe ser un hombre. Cuestiono una cultura masculina en la que la humillación, la denigración y la crueldad parecen funcionar como mecanismos de reconocimiento entre pares.
Frente a las bromas sobre pedofilia, abuso sexual infantil y niños con TEA, la respuesta no aborda directamente el problema. En cambio, desplaza la discusión hacia una supuesta guerra contra los roles masculinos tradicionales. Pero una cosa no responde a la otra: discutir la masculinidad no explica por qué el sufrimiento de niños vulnerables debería convertirse en material de entretenimiento.
El humor puede ser irreverente, provocador y políticamente incorrecto. Pero también puede reproducir jerarquías. Cuando una broma necesita convertir a una mujer, un mapuche, una persona homosexual, una persona con discapacidad, un niño autista o una víctima de abuso en objeto de humillación, cabe preguntarse qué función cumple esa risa y quién necesita quedar abajo para que otros puedan sentirse arriba.
En consecuencia, la crueldad puede convertirse en una prueba de pertenencia. Quien ríe demuestra que es suficientemente duro; quien se incomoda corre el riesgo de convertirse en el siguiente objeto de burla. Y esa lógica necesita escalar: cada provocación debe superar a la anterior, hasta que la transgresión deja de desafiar al poder y comienza simplemente a golpear a quienes tienen menos poder.
Por eso, la afirmación de que los hombres han sido iguales durante 6.000 u 8.000 años tampoco resiste un análisis histórico. La antigüedad de una práctica no demuestra que sea natural, justa ni deseable. La esclavitud, la subordinación de las mujeres y múltiples formas de violencia existieron durante siglos. La historia explica lo que ocurrió; no determina aquello que debemos conservar.
Dicho lo anterior, no necesitamos destruir a los hombres ni negar la masculinidad. Necesitamos ampliar las posibilidades de ser hombre. Cuidar, escuchar, criar, expresar afecto, reconocer el miedo, pedir ayuda y rechazar la violencia también pueden formar parte de una masculinidad.
En definitiva, la verdadera amenaza para los hombres no es que cambien las categorías de masculinidad. Quizás sea descubrir que no necesitan dominar, humillar ni endurecerse para sentirse como tales, aunque los integrantes de La Cofradía no quieran aceptarlo y sigan reproduciendo un tipo de masculinidad que solo empobrece las múltiples formas y experiencias de ser hombre.
- https://www.youtube.com/live/bY7HKJWFbUo?si=7dWMeiFOZOxqfk0W








