
Hay noches en que la música deja de ser un simple ejercicio de ondas sonoras para convertirse en un desborde de la conciencia. En abril de 2026, bajo el cielo eléctrico de Coachella, The Strokes no cerraron su presentación con un estruendo de guitarras celebratorias, sino con un dispositivo de memoria punzante llamado Oblivius. Mientras la canción avanzaba —lenta, tensa, cargada de una gravedad que excedía el género—, las pantallas gigantes del festival más influyente de Occidente dejaron de proyectar el espectáculo de luces habitual para devolver una imagen que fracturó la complacencia del presente: el humo negro elevándose sobre el Palacio de La Moneda en 1973. En ese instante, la figura de Salvador Allende emergió no como un ícono nostálgico, sino como una interpelación directa a una democracia global que hoy parece vaciarse de contenido.
Este acto de «asertividad política» de la banda neoyorquina no fue un recurso visual gratuito. Fue la constatación de que la historia no desaparece, sino que se desplaza y reconfigura bajo nuevas formas de dominación. Al mostrar el bombardeo al centro del poder civil chileno, The Strokes conectaron la herida abierta de la desposesión original con la fatiga democrática de 2026, recordándonos que el sacrificio de Allende fue el último muro de contención contra un modelo diseñado para transformar ciudadanos en consumidores aislados.
Allende y la Resistencia al Absurdo
Para comprender la potencia de esta imagen, debemos recurrir a la lente de Albert Camus. El filósofo argelino entendía que el absurdo no era la falta de sentido, sino la tensión entre nuestra necesidad de justicia y un mundo que se niega a organizarla. En este marco, la figura de Salvador Allende representa al Sísifo consciente por excelencia. Allende empujó la roca de la justicia social y la vía democrática hacia el socialismo sabiendo que las fuerzas de la desposesión —instigadas por la CIA y los poderes fácticos— estaban preparadas para hacerla rodar de vuelta al valle.
El sacrificio del Presidente en La Moneda fue un acto de «rebelión lúcida». Ante el absurdo de la traición militar y la violencia desatada, Allende no optó por la renuncia, sino por la permanencia ética. Su última alocución no fue un adiós, sino una advertencia sobre el futuro. The Strokes, al rescatar estas imágenes en 2026, sugieren que hoy nos falta esa lucidez. Vivimos en una época donde el absurdo ya no es solo una condición existencial, sino una estrategia política de la ultraderecha moderna que busca desmantelar las instituciones desde adentro, utilizando la desinformación como los Hawker Hunters del siglo XXI.
La Sociedad del Cansancio y la Desposesión Psíquica
Sin embargo, la amenaza actual no siempre viste uniforme militar. Aquí es donde el pensamiento de Byung-Chul Han ilumina la advertencia de Oblivius. Han sostiene que hemos transitado de una «sociedad disciplinaria» basada en la prohibición —la que bombardeó La Moneda— a una «sociedad del rendimiento». Hoy, el individuo no es reprimido por un dictador externo; es un «auto-explotado» que cree que se está realizando mientras se agota en la soledad del narcisismo digital.
Esta soledad es el terreno fértil para la nueva desposesión. Si la dictadura de 1973 nos despojó de la soberanía política a sangre y fuego, el modelo neoliberal actual, basado en la subsidiariedad de Guzmán, nos despoja de la comunidad. Un ciudadano agotado, convertido en un «empresario de sí mismo» que compite solo por su supervivencia, es incapaz de articular el «nosotros» que Allende defendió con su vida. La fragmentación que denuncia Han es la que permite que la historia, aunque esté disponible en todas las pantallas, deje de operar como límite. Sabemos lo que ocurrió en La Moneda, pero en la saturación de información de 2026, ese saber no obliga a nada; es solo un contenido más en el flujo eterno del consumo.
El Retorno de la Infamia y la Responsabilidad del Presente
El concierto de Coachella vinculó explícitamente el pasado golpista con el presente de la ultraderecha global, mencionando a figuras como Donald Trump y la avanzada agresiva que busca reescribir la memoria. Esta conexión es vital para el socialismo chileno a 93 años de su fundación. El sacrificio de Allende nos recuerda que la democracia no se sostiene solo en instituciones, sino en una experiencia compartida de la dignidad. Cuando esa experiencia se fragmenta por la soledad del rendimiento, la democracia se vacía por dentro.
Las letras de Julian Casablancas, que durante años orbitaron en torno al hastío y la sospecha, han mutado en 2026 hacia una «vigilancia política activa». Oblivius ya no describe la alienación, sino que muestra sus consecuencias: una sociedad que olvida porque no logra procesar lo que sabe. La transparencia total de la que habla Han termina produciendo ceguera. Vemos el Palacio arder en alta definición, pero seguimos actuando como si el fuego no pudiera alcanzarnos de nuevo.
Conclusión: La Roca que no podemos soltar
Al final del relato, la advertencia de The Strokes en Coachella es un llamado a recuperar la «hora de la conciencia» camusiana. Allende no murió por una consigna, murió por la posibilidad de un futuro común que hoy estamos dejando diluir en el agotamiento individual. La roca de la democracia hoy es invisible, oculta entre notificaciones y métricas de rendimiento, y ese es el peligro más difícil de detectar: el momento en que dejamos de notar que algo se está rompiendo.
Si el olvido se convierte en destino, como sugiere la canción, es porque hemos permitido que la soledad erosione el vínculo comunitario. La figura de Salvador Allende debe operar hoy como ese «nosotros» que se resiste a ser archivado. Porque, como Sísifo, solo seremos superiores a nuestro destino cuando reconozcamos que el esfuerzo por la justicia no es inútil mientras haya conciencia. La historia proyectada en las pantallas de 2026 no es un recuerdo; es una interpelación: ¿somos capaces de sostener la roca de la dignidad, o dejaremos que el silencio del rendimiento apague definitivamente las «grandes alamedas»?





