
Periodista y Psicóloga.
Hace unos días, la nieta de una amiga que va en prekínder en un colegio del sector oriente, me relató muy angustiada que en los baños del establecimiento había aparecido un rayado que decía “el lunes habrá tiroreo”. Era viernes. Las alarmas se encendieron entre profesores y apoderados. Muchos de estos últimos no mandaron a sus hijos al colegio la semana siguiente. Se dio aviso a la policía y al Ministerio de Educación. Ahí fue cuando las autoridades del colegio se dieron cuenta que no era un hecho aislado.
En las últimas semanas, Fiscalías de distintas regiones del país habían recibido más de 700 denuncias de este tipo de amenazas lo que dio cuenta que estamos viviendo algo muy alarmante. Mensajes como “mañana tiroteo” se habían multiplicado como la espuma en colegios del país, lo que ha generado suspensión de clases por las amenazas y muchos estudiantes detenidos. Estos últimos habrían reconocido que se trataba de “bromas” o parte de un “reto” viral surgido en las redes de Internet.
¿Qué son los “retos virales”? Son desafíos que circulan en plataformas como TikTok, Instagram o YouTube, donde se invita a realizar una acción -a veces absurda, riesgosa o derechamente violenta- con el objetivo de ganar visibilidad (likes, seguidores), pertenecer a un grupo, demostrar valentía o “estatus”. No son solo juegos peligrosos. Son, en muchos casos, experimentos sociales masivos donde se cruzan psicología, identidad y presión digital vía algoritmos.
Algunos ejemplos conocidos llaman a los seguidores a realizar conductas como el “blackout challenge”, es decir asfixiarse hasta perder el conocimiento, “romper cosas en espacios públicos”, “agredir o humillar a otros como broma”, entre otros retos muy riesgosos o autodestructivos.
La pregunta que ha surgido tras estos llamados es ¿por qué jóvenes inteligentes hacen cosas tan irracionales? En la respuesta está la clave: no es falta de inteligencia, es psicología en acción.
Como primera cosa, hay que entender que en los adolescentes el cerebro está en construcción. La corteza prefrontal, donde se ubica el control de impulsos, aún no está completamente desarrollada. El resultado es que se actúa más por emoción que por el cálculo de las consecuencias. Asimismo, opera la llamada “dopamina digital”, es decir la adicción a la validación. Cada “like” activa circuitos de recompensa en el cerebro de esos jóvenes. Es decir, el reto no es visto como un peligro sino como una oportunidad de reconocimiento inmediato.
Según la psicología, también opera el “efecto manada”, o sea nadie quiere quedarse fuera. La lógica es “todos lo hacen”. No hacerlo implica exclusión.
Es bueno conectar esta situación con lo estudiado por Solomon Asch, un influyente psicólogo polaco-estadounidense, famoso por descubrir el fenómeno de “conformidad social”, que alude a cómo el grupo influye en lo que pensamos, incluso cuando sabemos que está equivocado. Sus investigaciones demostraron que las personas no siempre actúan según su propio juicio y que pueden negar lo evidente solo para no contradecir al grupo. O sea, la presión social los lleva a cambiar de opinión para “no quedar fuera”. Su experimento más conocido lo llevo a cabo en los años 50 y fue revelador. Ash mostró líneas y pidió decir cuál era más larga. La respuesta era obvia pero varios participantes eran cómplices y dieron respuestas incorrectas. El resultado: muchos se alinearon con el grupo que dio la respuesta incorrecta aun sabiendo que lo era.
Una de las características de estas conductas detectadas en redes sociales es la desinhibición que se produce al actuar tras una pantalla. El riesgo parece lejano y como no hay consecuencias inmediatas visibles, se pierde la percepción real del peligro. Otra de las variables más importantes es la búsqueda de identidad, El adolescente no solo quiere ser aceptado, quiere ser alguien. Y los retos le ofrecen una narrativa rápida: ser “el valiente”, “el rebelde”, “el que se atreve”.
Lo dramático es que muchos retos virales cruzan una línea peligrosa, provocando humillación pública o bullying viralizado, agresiones físicas, incluso autolesiones.
En este punto ocurre algo clave ya que la víctima desaparece y aparece la audiencia. El agredido deja de ser persona y se convierte en contenido. Hacer algo absurdo, cruel o peligroso deja de ser simplemente una transgresión; pasa a ser una forma de decir “mírenme”.
Los retos virales ya no pueden leerse como simples tonteras adolescentes. No se trata de un puñado de jóvenes aburridos, una moda importada de TikTok o una broma pesada que se sale de control. Es algo más profundo. Se trata de una generación expuesta a una combinación peligrosa de fragilidad emocional, debilitamiento del vínculo escolar y validación digital instantánea. Y cuando esos factores se cruzan, el resultado puede ser irracional, cruel o derechamente violento Mientras más shock provoques, más visualizaciones obtienes, y sube tu exposición. Es la cultura del “todo vale con tal de viralizarse” y el límite moral se vuelve difuso cuando el premio es visibilidad. Hasta hace un tiempo, los retos apuntaban a cosas lúdicas: bailes, bromas, coreografías. Hoy apuntan a amenazas de tiroteos, agresiones grabadas, vandalismo en colegios. Es decir, el “contenido” dejó de ser divertido y empezó a producir impacto emocional como miedo, shock. El colegio dejó de ser solo colegio. Antes el conflicto era en el patio entre pocos; hoy es grabado, viralizado, amplificado. No termina en el recreo, se convierte en espectáculo. Y ello genera un efecto contagio: muchos quieren imitar en forma rápida. No es que se coordinen, es que imitan en forma viral.
Los jóvenes no están más locos que antes. Ocurre que nunca antes la locura había sido tan premiada. Hoy no basta con existir: hay que viralizarse. Y en ese camino, algunos están dispuestos a todo, incluso a dejar de ser ellos mismos.
¿Por qué han aumentado los retos?
Hay que estar muy alertas con este fenómeno porque no es solo un fenómeno juvenil. Es un síntoma de algo mayor. Habla de que, cuando la validación externa reemplaza la construcción interna de identidad, cualquier acto -por absurdo o violento que sea- puede parecer justificable.
En Chile, esto ya dejó de ser teoría y se está transformando en una realidad concreta en colegios, patios y salas de clase. La ELPI (Encuesta Longitudinal de Primera Infancia) de 2024 mostró que un 54% de los adolescentes usa redes sociales más de tres horas al día; un 42,7% mira el celular todos los días después de acostarse; y un 15,1% sufrió ciberacoso en el último año. En paralelo, más de 25% presenta síntomas moderados o severos de depresión o ansiedad (33,9% en mujeres y 19,5% en hombres).
Po su parte, la OCDE viene advirtiendo hace tiempo que la vida digital puede agravar ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, ciberbullying y conductas riesgosas, especialmente cuando su uso sustituye el contacto social real. La red no inventa el vacío, pero puede amplificarlo brutalmente.
Otro dato clave: según la prueba PISA del 2022, el 27% declaró sentirse solo en el colegio y 26% dijo sentirse como un extraño o excluido. Además, un 16% reportó no sentirse seguro en el trayecto a la escuela, un 10% dijo no sentirse seguro en la sala de clases y un 14%, no sentirse seguro en otros espacios del colegio. Conclusión de los expertos: cuando la escuela deja de ser refugio, la pantalla empieza a ocupar ese lugar, y la pantalla no contiene: premia.
Hay otro dato también preocupante: en Chile, un 51% de los estudiantes reportó distraerse en clases por el uso del celular, muy por encima del promedio OCDE del 30%. La atención ya no está puesta en el espacio compartido, sino en el estímulo inmediato. En ese contexto, un “reto” no compite con normas, autoridad o deliberación; compite con el algoritmo, con el grupo, con la promesa de volverse visible por unos segundos.
Los retos violentos han nacido también producto de una forma de socialización deteriorada. El PNUD, en su Informe de 2024 sobre Desarrollo Humano en Chile, advirtió que a nuestro país le está costando conducir los cambios porque cuenta con capacidades sociales insuficientes para hacerlo de manera colectiva. Y en un trabajo reciente, subrayó que en Chile hay mayor desigualdad, mayor exposición a la violencia y dificultad de acceso a salud integral -incluida la salud mental- a pesar de que el propio Ministerio de Educación ha reconocido que el indicador con mayor rezago tras la pandemia es el de convivencia educativa y el bienestar socioemocional.
En Chile el fenómeno ha aumentado porque existe una alta presión sumado a una baja contención. Entre los jóvenes se observa una mezcla explosiva: alta presión escolar, fuerte desigualdad socioeconómica, problemas de salud mental, familias con poco tiempo, consumo digital solitario Todo eso genera lo que algunos analistas llaman “fragilidad social” en jóvenes.
El tema más delicado y complejo es que la violencia se ha transformado en un lenguaje. Dado que muchos jóvenes no tienen herramientas para expresar su frustración, manejar su rabia o sentirse vistos, aparece la violencia como forma de existir.
Hay un dato clave del que -como muchos problemas de fondo que se meten debajo de la alfombra- no se habla lo suficiente. Y es que Chile ya venía con un aumento sostenido de violencia escolar. En este clima, los retos virales no crean la violencia, la amplifican y la organizan.
En Chile no solo entraron los retos virales a los colegios, entró algo mucho más profundo entre los adolescentes: la necesidad desesperada de ser vistos. Y cuando un joven siente que no existe, cualquier acto puede convertirse en una forma de aparecer.
En suma, esto no es un problema de TikTok. Es un triángulo: redes que amplifican, jóvenes emocionalmente frágiles e instituciones que no logran contener.
Por ello el debate no puede agotarse en prohibir celulares o endurecer castigos. Si Chile quiere enfrentar este fenómeno, necesita reconstruir el vínculo, no solo controlar el síntoma. Eso implica salud mental adolescente accesible, escuelas con capacidad real de contención, alfabetización digital seria y una política pública que entienda que la violencia juvenil no surge en el vacío. Surge cuando se combinan soledad, desconfianza, desigualdad y algoritmos que premian el impacto por sobre la empatía. El reto viral no es solo un juego peligroso. Es el espejo de una sociedad que dejó a demasiados jóvenes buscando reconocimiento en el peor lugar posible.





