miércoles, noviembre 4, 2026
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¿Cómo terminó así la izquierda chilena?

Las reflexiones sobre cómo la izquierda chilena llegó a su situación actual son muchas. Algunos sitúan la explicación en el estallido social; otros, en los procesos políticos que vinieron después. También ha comenzado a instalarse dentro de nuestra propia izquierda una idea que merece ser discutida con mayor profundidad: que una parte importante de nuestras derrotas se explicaría por haber abrazado demasiado una supuesta agenda woke, identitaria o de nicho.

Carlos Cifuentes, militante de la Juventud Socialista de Chile de La Araucanía, se preguntaba recientemente, en su última columna de opinión, si realmente lo woke está acabando con la izquierda. Vale la pena detenerse en esa pregunta.

El término woke proviene del inglés afroamericano y originalmente estuvo vinculado a mantenerse alerta frente al racismo y otras injusticias sociales. Con el tiempo, su uso se amplió y también comenzó a emplearse de manera peyorativa para caracterizar de forma muy amplia a posiciones asociadas a la izquierda y al progresismo. Merriam-Webster, por ejemplo, registra tanto ese origen ligado a la conciencia frente a injusticias raciales y sociales como su posterior transformación en un término despectivo dentro de la disputa política. Y ahí aparece una primera contradicción.

Porque cuando desde la propia izquierda comenzamos a explicar nuestras derrotas utilizando una categoría que ha servido también para caricaturizar luchas feministas, antirracistas, medioambientales o de las diversidades sexuales, tenemos que preguntarnos si estamos realizando realmente una autocrítica propia o si estamos aceptando demasiado fácilmente el marco interpretativo de nuestros adversarios.Eso no significa negar nuestros errores.

La izquierda chilena tiene que preguntarse por qué perdió conexión con sectores importantes de la sociedad; por qué muchas veces no logró traducir sus principios en respuestas comprensibles frente a las preocupaciones materiales de las personas; por qué permitió que conceptos como seguridad, crecimiento económico, orden o incluso familia fueran presentados casi exclusivamente como patrimonio de la derecha.

Pero una cosa es realizar esa autocrítica y otra muy distinta es concluir que el problema comenzó cuando incorporamos determinadas luchas sociales, ya que, los derechos de las mujeres no son una política de nicho, los  derechos de las diversidades sexuales no son una política de nicho,la protección del medioambiente no constituye una extravagancia posmaterial. Sería una contradicción a nuestros debates internos del PSCh, ya que, nuestros estatutos exigen paridad de género gracias a que el Partido Socialista de Chile, se considera feminista. La lucha contra la discriminación tampoco puede reducirse a una desviación cultural de la izquierda contemporánea.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué dejamos de ser capaces de explicar que todas esas luchas forman parte de una misma concepción de sociedad?

¿Por qué hablamos del salario por un lado, del feminismo por otro, de la vivienda por otro, del medioambiente por otro y de la seguridad por otro, como si fueran problemas completamente separados?

Quizás el problema nunca fue tener demasiadas luchas.

Quizás fue haber perdido la capacidad política de articularlas.

Cuando la autocrítica comienza a hablar el idioma del adversario

En este punto resulta imposible no volver a Clodomiro Almeyda, uno de los grandes intelectuales de la izquierda chilena y muy importante para el planteamiento del socialismo chileno.

Al analizar los errores cometidos durante la experiencia de la Unidad Popular, Almeyda advertía acerca de dos peligros profundamente políticos: subvalorar al verdadero adversario y sobreestimar las fuerzas propias.

En sus escritos describía cómo las fuerzas conservadoras utilizaban el poder ideológico que mantenían en la sociedad y el control que todavía ejercían sobre distintos medios de comunicación para presentar como amenazados determinados valores: “la patria”, “la libertad”, “la democracia” y “la seguridad”.

Al mismo tiempo, construían a sus adversarios como enemigos de esos propios valores. Es decir, la disputa nunca ha sido solamente sobre políticas públicas.

También es una disputa sobre las palabras, sobre los significados y sobre qué interpretación de la realidad termina convirtiéndose en sentido común. Por eso la reflexión de Almeyda mantiene una enorme vigencia.

Cuando hoy aceptamos con demasiada facilidad conceptos como “izquierda woke”, “agenda identitaria” o “política de nicho”, tenemos que preguntarnos cuánto de ese lenguaje proviene realmente de una reflexión socialista y cuánto ha sido producido por nuestros adversarios y posteriormente incorporado por nosotros mismos.

Y ahí aparece una contradicción particularmente interesante en el documento que estamos discutiendo.

Damián Ramírez: estudiar para volver a transformar

Y si estamos hablando de reconstrucción doctrinaria, resulta imposible no volver al compañero de la Juventud Socialista de Chile, Damián Ramírez. En la que terminaría siendo su última columna de opinión, “La necesidad de coordinar la lucha socialista”, Damián Ramírez, realizó un llamado que hoy adquiere un significado todavía mayor.

Primero, volver a comprender nuestra propia ideología, ya que bastaba con repetir consignas ni con declararnos socialistas, había que estudiar, volver a nuestras fuentes, debatir, construir nuevamente herramientas teóricas capaces de permitirnos interpretar la sociedad en la que vivimos.

Ese llamado parece especialmente pertinente hoy. Porque una izquierda que deja de estudiar corre el riesgo de interpretar su propia crisis con conceptos fabricados por otros.

Y una izquierda que pierde sus propias categorías de análisis puede terminar creyendo que hacer autocrítica consiste simplemente en desplazarse hacia el lugar donde su adversario consiguió instalar el sentido común.

Pero Damián Ramírez, agregaba algo todavía más importante. La formación política no podía transformarse en un privilegio reservado para quienes habían tenido acceso a determinados espacios intelectuales “la formación no puede ser un privilegio de eruditos”, planteaba.

Tenía que llegar nuevamente a la población, a las universidades, al campo, a las organizaciones sociales y también a quienes, producto del trabajo, la familia y las urgencias cotidianas, no podían dedicar horas interminables a la lectura de teoría política.

Y quizás una de las frases más hermosas de su texto resumía aquello perfectamente:

“El saber popular también es teoría en movimiento”.

Ahí existe otra enseñanza importante para esta discusión, volver a representar a las mayorías no significa simplemente decidir desde una dirección partidaria cuáles de sus preocupaciones consideraremos “materiales” y cuáles serán descartadas como “identitarias”. Significa volver a construir política junto a ellas, escuchar, organizar, formar y también aprender.

Damián Ramírez, llegaba finalmente a lo que consideraba el punto más importante: generar unidad social mediante el trabajo político que exige la realidad concreta.No la unidad declarativa de los grandes encuentros, no la unidad que solamente existe en documentos, la unidad construida en las luchas por vivienda, salario, educación, agua y dignidad.

Damián Ramírez, no proponía abandonar banderas para recuperar a las mayorías, proponía estudiar nuevamente nuestra ideología, democratizar la formación política y construir unidad desde las luchas concretas.

Su columna terminaba prácticamente con un llamado a pavimentar nosotros mismos el camino mediante “lucha, conciencia y organización socialista”.

Que esas terminaran siendo algunas de sus últimas palabras políticas les entrega una carga especial, la mejor manera de recordarlas no es solamente emocionarnos con ellas, es discutirlas y ,cuando corresponda, llevarlas a la práctica.

Camilo Escalona y una unidad que no puede estar vacía

Recordemos uno de los últimos mensajes de  Camilo Escalona Medina. Desde la clínica donde se encontraba internado, escribió que continuaban intactos en él “el deseo y las ganas de seguir luchando por mejorar la vida de los más desprotegidos, como declaran los principios de mi Partido”.

Y agregaba que estaba convencido de que solamente mediante “la unidad del partido y la izquierda toda” podríamos lograrlo, especialmente frente a los intentos de cercenar derechos conquistados a lo largo de nuestra historia.

Hay algo profundamente importante en esas palabras, el compañero Camilo Escalona hablaba de unidad, pero no de cualquier unidad,no de una unidad construida solamente para administrar espacios de poder,no de una unidad carente de discusión ideológica.

Hablaba de una unidad vinculada con principios, con la defensa de derechos y con mejorar la vida de quienes se encuentran más desprotegidos.

Por eso cuesta aceptar que reconstruir una izquierda mayoritaria signifique desprendernos de determinadas luchas porque alguien consiguió calificarlas exitosamente como woke.

Si ciertos derechos fueron conquistados por décadas de organización social y política, resulta contradictorio pensar que la manera de recuperar nuestra identidad consiste precisamente en comenzar a considerarlos un lastre.

Las mayorías no son una categoría abstracta

No creo que exista una contradicción inevitable entre las demandas materiales y las denominadas luchas identitarias. En la vida real esas divisiones son mucho menos nítidas.

Una mujer trabajadora puede sufrir simultáneamente precariedad laboral y violencia machista, una familia puede necesitar mejores salarios y, al mismo tiempo, vivir en una zona afectada por contaminación ambiental.

Una persona de las diversidades sexuales puede preocuparse por su empleo, su vivienda, la seguridad de su barrio y su jubilación, y paralelamente enfrentar una discriminación específica.

Las personas no viven divididas en capítulos programáticos. Somos nosotros quienes muchas veces hemos fragmentado políticamente sus experiencias.

Por eso recuperar una vocación mayoritaria no debería significar buscar al supuesto “trabajador puro”, separado de todas las demás dimensiones de su vida.

Volver a pensar el socialismo

La izquierda necesita hacer una autocrítica, sin duda,necesitamos recuperar la organización territorial, necesitamos reconstruir formación política, necesitamos discutir seriamente sobre

crecimiento, desarrollo productivo, seguridad, salarios, pensiones, salud, educación y vivienda. Necesitamos dejar de hablar solamente entre nosotros.

Pero también necesitamos recuperar la capacidad de interpretar estructuralmente la sociedad. Preguntarnos nuevamente por el poder, por la propiedad, por la distribución de la riqueza, por las relaciones entre capital y trabajo,por quién toma las decisiones fundamentales dentro de nuestra economía y también por todas las formas mediante las cuales una persona puede ser excluida de la vida social.

Porque quizás el problema de la izquierda no sea haber ampliado demasiado sus luchas, quizás sea haber perdido el hilo que permitía comprenderlas como partes de una misma transformación.

Clodomiro Almeyda nos recuerda que no debemos subestimar la capacidad ideológica del adversario, Damián Ramírez, nos recuerda que debemos estudiar, formar, organizar y construir desde la realidad concreta y Camilo Escalona, nos recuerda que la unidad tiene un propósito: defender derechos y mejorar la vida de los más desprotegidos.

Tres reflexiones distintas, provenientes de experiencias y generaciones diferentes, pero que pueden encontrarse en una misma pregunta.

¿Qué izquierda queremos reconstruir?

Una izquierda que simplemente administre de manera más eficiente los resultados del modelo existente difícilmente resolverá nuestra crisis doctrinaria. Una izquierda que abandone las preocupaciones materiales tampoco podrá representar a las grandes mayorías.

Pero una izquierda que renuncie a determinados derechos porque sus adversarios lograron convertirlos en una caricatura estará cediendo una disputa antes siquiera de darla. Quizás, entonces, la pregunta inicial deba reformularse.

¿En qué momento dejamos que otros comenzaran a definir por nosotros qué significaba ser de izquierda?

Y quizás la reconstrucción empiece precisamente ahí. Volviendo a estudiar, volviendo a discutir, volviendo a organizarnos, volviendo a escuchar, volviendo a comprender que la transformación socialista no consiste únicamente en distribuir de mejor manera lo que existe, sino también en discutir cómo se organiza el poder que produce esa desigualdad.

Y, sobre todo, recuperando la capacidad de construir una izquierda de mayorías sin exigirle a nadie que deje sus derechos en la puerta para poder formar parte de ella.