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Cuando al gobierno le va muy bien, empata

Crédito foto: Patricio Martinez Torres

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Las reformas seguirán la suerte de los reformadores, si los actores del proceso se debilitan, a la posibilidad de conseguir resultados le ocurrirá otro tanto.

Para sacar adelante una reforma como la tributaria, en su versión original o mínima, se necesita tener una mayoría detrás que respalde y demostrar que los avances en beneficio ciudadano no se sostendrán sin recursos adicionales.

Incluso se puede ser una minoría en el poder y todavía conseguir resultados importantes porque resulta razonable argumentar que asegurar la gobernabilidad, presente y futura del país, bien vale un sacrificio tolerable.

El problema es que esta última posibilidad parece estar esfumándose, junto con las condiciones mínimas para presentarse a una negociación.

Una minoría sólida y ordenada es un factor para tomar en cuenta. Hay ocasiones en que el oficialismo da la impresión de poder lograrlo, como cuando una importante intervención presidencial lo cohesiona discursivamente. En política el discurso acompaña la acción, no la reemplaza. Los efectos han sido efímeros.

Mirado con frialdad, hasta ahora el gobierno de Boric da la impresión que cuando le va bien, empata. Puede enmendar sus propios errores y alcanzar una buena administración en algunos sectores, sin descollar en ningún momento.

En el cambio constitucional se sobrepuso a una derrota histórica, el proceso volvió a enrielarse y habrá nueva carta fundamental con liderazgo de derecha.

En seguridad el gobierno está bajo asedio, pero no desbordado. La acción del Estado es más eficiente que antes, pero esto alcanza para aminorar un problema de grandes dimensiones, no más. Nuevamente, empate.

Ahora, sin embargo, algo ha pasado y ha sido para mal. Parecía que las reformas tributaria y previsional seguirían un padrón similar al descrito, pero está dejando de ser así. Simplemente, la derecha ha abandonado la idea de que hacer concesiones sea algo necesario. Incluso, se está desembarazando de guardar las apariencias, dejando como alternativa tomar lo que ofrece o nada.

Lo que está predominando en la oposición es la competencia a su interior, tanto para conseguir el predominio a favor de la centro derecha o de republicanos, como por el liderazgo presidencial entre el partido de Kast y la UDI.

En la derecha están convencidos que el péndulo viene de vuelta con fuerza, que en la última elección predominó el voto de rechazo al gobierno, que negociar con él no trae ninguna ganancia y hasta es perjudicial. Los duros la llevan.

Lo que está unificando a la derecha es la certeza de su creciente predominio, sin enfrentar obstáculos demasiado serios. No se ve compitiendo, si no copando espacios. De allí que las puertas han empezado a cerrarse, incluso por parte del empresariado, un actor mucho más pragmático en este contexto.

Mario Marcel ha detectado de inmediato este giro perceptible, constatando que la CPC “hasta no hace mucho tiempo tenía una actitud más abierta”. El ministro es un buen negociador, pero nadie puede nadar sin agua.

El gobierno tiene que ponerse en el peor escenario, en que la derecha no cede en nada importante y decidir qué significa ahora alcanzar siquiera un empate. Es posible ganar perdiendo, pero no es posible hacerlo en pleno desorden.

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