viernes, abril 4, 2025
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(Primera Parte)

Hoy vivimos con la sensación de caminar tratando de equilibrarnos en la cuerda floja del circo. Algunos prefieren no mirar el abismo, ello otorga una tranquilidad que, aunque momentánea ayuda a enfrentar el vértigo, existen ofrecimientos por doquier para estimular la dopamina. Otros en cambio –emparentados con los anteriores-  prefieren no pensar ni saber, cultivar la ignorancia en la actualidad puede traer buenos réditos, para ello también el mercado ofrece gran cantidad de distractores alienantes, por lo tanto, no les resulta difícil cumplir el cometido. También están los que vociferan a los cuatro vientos para que alguien los salve, les entregue una receta, una solución, un programa, luego al no encontrar quien les muestre la luz caen fácilmente en la desesperanza. Desde aquí no resulta extraño que la angustia, ansiedad, y las enfermedades mentales sean pan de cada día. Curiosamente ahora se encuentran miles de razones para entender y justificar el miedo y relegar y condenar al que, pese a todo, todavía tiene confianza en el mundo.  Pocos muy pocos, tienen la disciplina, la calma, la concentración, y la capacidad de que en la situación en que nos encontramos mirar y querer transitar un camino.

Un camino está lejos de ser un remedio, no es una solución, o un objeto que se puede manipular y poner en algún lugar a nuestro antojo, el camino desde esta perspectiva no es una unidad esencial. Por otro lado, el caminante no está en ningún lugar específico, fijo ni estático, sino más bien él se encuentra en movimiento, es parte del cambio de todo cuento hay. El caminante debe ir ligero de equipaje, no es parte ni partidario, no tiene un domicilio conocido, no milita, es inclasificable y incategorizable, va sin ataduras, no habita ningún lugar.

Vivimos en medio de una guerra Ucrania – Rusia, de una matanza Israel – Palestina, el sistema neoliberal no da respuesta a innumerables problemas que enfrentamos y que aquejan a la humanidad, probablemente dos de ellos y de los cuales se desprenden tantos otros, lo sean el desastre ecológico, el calentamiento global y el grave deterioro de la salud mental a nivel planetario. Está claro que el espectáculo mundial se encuentra colmado de angustia, ataques de pánico, trastornos por déficit de atención, depresión, diversos síndromes de desgaste ocupacional, etc.  Por otro lado, nos encontramos inmersos -de manera inconsciente- en medio de una revolución digital, que ha cambiado nuestra mentalidad, la conducta y la manera de relacionarnos de los seres humanos. Gracias al mundo digital hemos eliminado las mediaciones, ahora todo es rápido, inmediato, también las soluciones deseamos que sean instantáneas. El narcisismo ególatra hace pensar que, si la solución no es ahora o no la vemos nosotros, no sirve, no vale, no importa. Ya no se plantan árboles para que nuestros nietos tengan una buena sombra para cobijarse. El surgimiento de las nuevas derechas hace peligrar antiguos derechos adquirido por años de lucha, incluso la democracia podría estar en peligro. Flota en el ambiente la sensación de que los regímenes democráticos no son capaces de dar respuesta a los complejos problemas que afectan al ser humano, la violencia, la corrupción, la inmigración y tantos otros. Se piensa que la democracia languidece, sería un modelo fracasado y sin fundamentos sólidos. Lejos están los tiempos en que las personas concurrían a votar dándole importancia a los valores. Hoy solo primaría el cálculo de quien ofrece mayor consumo, sin importar las cualidades de honestidad, integridad, sabiduría, de los candidatos, si el Diablo ofrece más, ahí se encuentra el voto. Reina la desesperanza, el miedo, al futuro. Son demasiadas las enfermedades que no acechan. Para peor de males no existe una alternativa madura para el modelo de vida imperante.

No obstante, todo lo anterior, quizá sea el momento de la limpieza, de encausarnos y recuperar lo que hemos perdido, emprender un viaje higienizaste, que nos permita evacuar los desechos. Nada madura de un día para otro, se requiere tiempo. Esto nos lo muestran los ciclos de la naturaleza. En el otoño los arboles dejan ir las hojas para que entre la luz del sol. Es justificable que debido a los tantos y urgentes problemas a los cuales nos vemos enfrentados, tengamos mucha prisa en encontrar resultados, soluciones, recetas, pero pensando solo en el punto de llegada no seremos capaces de ver el todo y nunca disfrutaremos del paisaje. Quizá aparezca lo que buscamos si abrimos el puño, soltamos la tensión de la mano apretada, es probable que así se pose algo, se trata de dejar atrás la excesiva compulsión del que busca afanosamente aferrarse a algo, cual avaro que solo se siente bien teniendo algo en la mano para apretarlo contra sí. ¿No es acaso la avaricia algo de lo cual renegamos? Generalmente el discurso que proclamamos es contrario al rico devorador poseedor de un hambre imposible de saciar.

Es probable que sean tiempos de movernos y luego tocar en el punto preciso. Para que una alternativa madure no se deben apresurar los ritmos. Es posible que estemos en el momento puro y sencillo de quitar la basura para que el agua del rio vuelva a su cauce y siga su curso. En la medicina tradicional china todos tenemos 12 meridianos, la cultura oriental utiliza una serie de terminologías poéticas para referirse a estos puntos maestros, pequeño mar, el camino de la alegría, el gran túmulo mortuorio, la frontera de la esencia. Un concepto clave en la medicina oriental es el Qì (Chi) que más que fonético es una imagen, pictográfica, señala algo que proviene de la tierra y que al mismo tiempo está en contacto con el cielo, existe aquí una relación entre cielo – hombre – tierra, estos últimos serían los tres tesoros y de donde existe una relación yin – yang entre el cielo y la tierra. Por motivos pedagógicos el Qì se suele traducir como energía – vital. El Qì es lo que fluye en los canales, en los meridianos, en los tejidos, es lo que permite que el corazón bombee sangre, en definitiva, está en todo cuanto nos rodea. Cuando la energía se estanca se producen las enfermedades. El sabio taoísta tenía conciencia de que había que tocar y estimular un punto para así regular los flujos armoniosos del Qì

Quizá sea el tiempo de hacer el ejercicio de mirar lejos, muy lejos, a un horizonte que sabiendo que existe no hemos querido volver a mirar, por distintas razones, perjuicios, ideas preconcebidas, verdades aprendidas, etc. Deberíamos estar en condiciones de volver a caminar de manera no forzada, tan solo haciendo el ejercicio de dar pasos, sin tener en mente la meta, la solución o el objetivo. Para Nietzsche todos los pensamientos verdaderamente grandes se conciben paseando. El caminar que no se dirige a ningún lugar (meta), se vincula con una especie de danza liberadora, existe en ello un halo de libertad con respecto al mero cálculo utilitarista. En el Budismo Zen existe una meditación en movimiento (caminando) y que tiene por nombre Kinhin, se realiza con movimientos lentos y parsimoniosos, esta se encuentra muy lejos del correr y marchar hacia el objetivo.

En la segunda parte de este escrito, desde la relación entre la Filosofía Taoísta y el Budismo Zen intentaré ejercer presión para activar un(os) punto(s) que permita que lo que está estancado fluya, regulando así un fluir armonioso. Esto de alguna manera implica romper con una mentalidad en extremo acostumbrada a categorías absolutas, que desea leyes y principios firmes a los cuales aferrarse para encontrar seguridad existencial. No se trata de enfrentar un tipo de pensamiento con otro, sino de otras premisas, un diferente anclaje del mismo pensar… una invitación a iniciar un camino

Si hoy ninguna liberación es posible, es porque somos incapaces de imaginarnos libres.

Cristian Daza Viera
Cristian Daza Viera
Profesor de Filosofía 

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