La canción “El elegido” de Silvio Rodríguez nos decía, en los años 60, que “la guerra es la paz del futuro”. Marx señalaba, a fines del siglo XIX, que la violencia era “la partera de la historia”. Hoy, el Chile del siglo XXI, nos lleva de bruces a repensar esas fuertes, contundentes y brutales afirmaciones.

¿Es posible avanzar, es posible lograr cambios sociales, políticos y económicos reales sin ejercer la violencia, sin hacer la guerra? Gandhi nos diría con convicción que sí. Y que se puede enfrentar a un imperio con la fuerza de la razón. Los muchachos de la Primera Línea de la revuelta del 2019 nos dicen que no. Y lo reafirman cada vez que pueden. Como el viernes 30 y el sábado 31 de julio en los alrededores de la Plaza Italia y el barrio Lastarria, donde, presa de convicciones lapidarias, destruyeron todo supuesto signo del “capitalismo” y el “neoliberalismo criollo” a punta de patadas, golpes y sinrazón.

Esta violencia que vimos en plenitud durante la revuelta de octubre de 2019 y que amainó después de la firma del acuerdo de noviembre de ese año, ha reaparecido lamentablemente, de tanto en tanto con la fuerza descontrolada e imbatible de un huracán, de un sismo o de un tsunami. Es la fuerza de la sinrazón, de la falta de ideas, de la cólera ciega, de la ira desenfrenada, de la esperanza hecha añicos, de la guerra sin cuartel contra un enemigo invisible, inmensurable, odiado y a veces necesario.

Es la violencia estudiada y disecada mil veces por sociólogos y psicólogos, con explicaciones que no logran dar respuestas asibles y certeras. Es la violencia que no tiene explicación porque supera los límites del entendimiento y la razón. Es la violencia que surge de entrañas voraces de sangre, ávidas de brutalidad, rebosantes de resentimiento, indignadas de rencor. Una violencia que no tiene camino ni huella que seguir, que atrapa y engulle lo que le sale al camino que no medita ni recapacita, que avanza “sin transar”, hacia una victoria final que aún no logra definir ni identificar. Hacia una victoria que debe arrasar con todo para ser real y dulce, para resarcir broncas milenarias, para cobrar cuentas ancestrales. Una violencia furibunda, esperpéntica, monstruosa, inhumana, injusta, irreflexiva y repudiable.

¿Qué ganan aquellos que la ejercen a ciegas, sin tregua, sin mirar a quien dañan, sin remordimiento, sin dosificación?  Probablemente, nada. O poco. O nada concreto. ¿Que ganaron quienes destruyeron los locales de Lastarria el viernes pasado? ¿O quienes atacaron a parroquianos del sector, probablemente afines a las luchas de la Primera Línea, que disfrutaban uno de sus primeros fines de semana sin encierro? No ganaron nada. Solo la dicha de la bestia que engulle, que daña y goza con ello, que lanza la piedra y esconde la mano, que no da la cara, que se esconde en el miedo que ejerce su brutalidad, en la incapacidad de respuesta de quien no espera el ataque a mansalva, menos de quien menos lo espera.

Entonces, tras el ataque, tras la estampida, tras la asonada brutal no contemplada, pensamos una vez más ¿es la guerra la paz del futuro? ¿Es la violencia la partera de la historia?

La guerra es el instrumento de dominación de los poderosos. Solo ellos pueden declarar guerras que les puedan algún fruto, solo ellos pueden embaucarnos con la excusa que una guerra nos dará la paz que necesitamos y añoramos. Hasta que les sea necesaria una nueva guerra, con las ganancias que para esos poderosos implican siempre esos conflictos bélicos.

La violencia es la forma de dividir para reinar que tienen también los poderosos. Haz a tus enemigos enfrentarse y te harás de sus territorios y derrotarás a sus líderes. Hazlos pelear y te desharás de ellos. Hazlos que críen cuervos y se sacarán los ojos.

Muchas veces hemos escuchado en estos últimos tiempos que nada se consigue sin violencia. Yo creo que todo se pierde con violencia. Que la violencia nunca estará del lado de los pobres y oprimidos. Que la violencia siempre le hará el juego a los dueños del poder. Porque en ese juego, ellos llevan las de la ganar. Lo que lleva a los oprimidos y desposeídos a hacerse un espacio es la unidad, la organización, la colaboración. Y para ello hay que estar en paz de modo de poder dialogar y construir fuerza.

¿Qué hemos visto en los últimos tiempos? Los resultados del divide y reinarás que ha aplicado el poder a nuestros líderes, juego en el cual han caído fácilmente. Rencillas, resquemores, roscas pequeñas, violencia al fin y al cabo, desde donde no surgirá nada positivo. Solo eventuales derrotas.

¿Cuándo entenderemos que hay peleas que no hay que dar? Que hay que construir y no destruir para lograr un mundo más justo para todos. Que hace falta más armonía y tolerancia para avanzar en el triunfo que se sembró el 18 de octubre de 2019. Qué hace falta más sabiduría y templanza para cosechar los frutos de esa hermosa e inédita gesta ciudadana. Qué somos mayoría y estamos todos en la misma. Y, finalmente, que las apariencias nunca engañan. De modo que si vemos personas destruyendo  lo que están haciendo es justamente eso, destruyendo. Y que no podemos justificarlos bajo ningún punto de vista. Aunque nos cueste verbalizarlo y hacerlo carne y deseo también.