

Periodista.
Más allá de sonar imperativo el título aludido y apuntar con dedo acusador a quien pudiese haber actuado mal (hablar de lecciones pareciera asociarse a la idea de establecer orden ante el caos) el reciente mundial de fútbol estableció un estándar en materia del juego en sí, donde claramente España, el flamante campeón, se erige como ejemplo.
Y me refiero al juego porque el tema de la organización debiese ser objeto de otra clase de análisis. Si Infantino y la FIFA, los arbitrajes controvertidos, la injerencia del presidente Donald Trump en decisiones que por norma no le corresponden, los elevados precios de las entradas, las pausas de hidratación y otras materias vinculadas al magno evento, debiesen ser abordadas, no lo dudo, pero no serán la finalidad de las presentes líneas.
Ya en pleno alargue de la final entre Argentina y España, en el minuto 93 del global, se produjo la jugada que desencadenó el destino del partido: la expulsión de Enzo Fernández tras derribar a Pau Cubarsí.
El partido parecía condenado a terminar sin goles a pesar de la clara superioridad de la selección peninsular sobre la trasandina. El correcto cobro del juez esloveno Slavko Vinčić tuvo consecuencias en los esquemas de los equipos de Luis de la Fuente y de Lionel Scaloni, respectivamente.
El primero no transó su estilo y prosiguió con más aproximaciones al campo antagonista y el dominio territorial. El arquero Emiliano Martínez era figura. Esa tendencia se dio durante 15 minutos continuos pero sin concretarse en gol. La ilusión de los hinchas españoles, sin embargo, se acrecentó.
A su vez la decisión del referí generó algo distinto en el ánimo de los jugadores argentinos y su director técnico, lo que no pasó inadvertido para las 80 mil personas presentes en el MetLife Stadium de New Jersey. Ante un equipo ultra inspirado ofensivamente, el elenco albiceleste continuó con su idea de contragolpear para vencer a Simón, que era casi otro espectador, pero sobre todo en ese momento de contener al adversario y llegar a los penales. Scaloni reforzó aquella disposición más defensiva.
De hecho transcurridos 105 minutos, Yamal, Olmo, Baena, Oyarzábal, Williams, Torres y hasta Cucurella y Porro se habían transformado en visitantes regulares en el campo argentino: cerca de un 70% por ciento de la posesión del balón lo avalaba. Pero la disciplina de Mac Allister, De Paul, Tagliafico, Molina, Medina, Simeone y el mencionado guardavallas, entre otros, explican porque esa superioridad no se manifestaba en el marcador. A su vez Messi y Alvarez no trascendieron en el ataque argentino. Dicho esfuerzo defensivo se tornó mayúsculo con la expulsión.
Pero, justo iniciado el segundo tiempo suplementario y por el costado derecho del ataque español, Yamal cedió la pelota a Porro, quien detectó un panorama auspicioso para algún cabezazo. Su centro no fue exacto pero alcanzó para que Williams, pasado el segundo palo y justo en la última línea, casi exigidamente cabeceara hacia atrás y Ferran Torres conectara perfectamente para derrotar a Martínez. Un golazo.
Argentina se acordó de atacar, con Messi a la cabeza, pero ya era tarde.
Las lecciones en sí
Expuesta la forma de jugar de De la Fuente, no hay duda de sus aspectos distinguibles. A su vez, no creo que Scaloni sea muy diferente. El argentino es un entrenador más cercano en estilo la escuela que unen las improntas de técnicos como Menotti, Bielsa, Sampaoli, Jozić, Riera y hasta Pellegrini. Sin embargo, algo tiene de Bilardo y de Mourinho. No está mal, pero tampoco debe caerse en la caricatura en cualquier caso.
En la semifinal ante Inglaterra Scaloni cometió el error de cederle el protagonismo al rival durante un lapso prolongado. Después lo enmendó. Pero contra España exageró la nota. El esfuerzo de contener fue encomiable (su emoción en la conferencia de prensa delata tal mirada) pero la estrategia no fue suficiente: un oponente que no especula y se muestra superior, no perdona.
Creo que estos ejemplos, distintos entre sí, deben ser un referente a considerar por nuestra Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) y las áreas formativas tanto de jugadores como de entrenadores. Hay estilos manifiestos entre las dos selecciones finalistas, como también de otras: Inglaterra, Francia, Portugal, Noruega, Colombia, Bélgica, Países Bajos, Marruecos, Croacia y Japón, por nombrar algunas de las más destacadas. Hay una forma de jugar en cada una.
En el dominio de las sociedades anónimas, los representantes y la falta de planificación potente (y patente) en las selecciones, son necesarios estos referentes. La «generación dorada» y sus incursiones en mundiales y bicampeonatos continentales no son obras de la casualidad. Y tampoco lo son el estándar de los actuales campeones de América, de Europa …y del mundo.




