martes, septiembre 8, 2026
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¿Por qué terminamos en el mall después de marchar? El neoliberalismo como forma de vida (Primera Parte)

Foto de WeLoveBarcelona.de en Unsplash

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Durante mucho tiempo se nos enseñó que el neoliberalismo era una teoría económica: un conjunto de ideas acerca de los mercados, la competencia, el Estado y la propiedad privada. Para algunos representaba el camino hacia la prosperidad; para otros, una fuente de desigualdad y exclusión. En cualquier caso, parecía tratarse de un asunto reservado a economistas, gobiernos y especialistas.

Sin embargo, algo no encaja en esa explicación.

Si el neoliberalismo fuera solamente una política económica, ¿por qué afecta la forma en que nos relacionamos con nuestros hijos, con nuestros amigos y con nosotros mismos? ¿Por qué influye en la manera en que amamos, trabajamos, descansamos o envejecemos? ¿Por qué incluso quienes rechazan intelectualmente el neoliberalismo suelen experimentar culpa cuando no son productivos, ansiedad cuando sienten que se quedan atrás o la necesidad permanente de demostrar su valor? Voy a hacer una pregunta mucho más coyuntural y experiencial: ¿por qué los que marchan y protestan valientemente en las calles, luego de hacerlo, llenan los templos de consumo y comida rápida en los malls?

Es probable que el neoliberalismo sea algo más profundo que una doctrina económica. Tal vez se haya convertido en una forma de vida. Sé que suena trágico para quienes están por las transformaciones, pero quizá un diagnóstico doloroso sea necesario para una transformación sanadora.

El filósofo Michel Foucault nos dejó algunas pistas que posteriormente fueron profundizadas por Pierre Dardot y Christian Laval. El verdadero éxito del neoliberalismo no consistió únicamente en reorganizar la economía. Su logro más profundo fue instalarse en nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. Aprendimos a pensar la vida desde sus categorías sin darnos cuenta. Aprendimos a medir nuestro valor, nuestros logros e incluso nuestros fracasos con una lógica que parecía natural, aunque no lo fuera. El neoliberalismo dejó de ser una doctrina económica para convertirse en una experiencia cotidiana. Terminó habitando nuestros deseos, nuestras expectativas y la manera en que comprendemos lo que significa tener una vida valiosa.

La importancia de esta tesis resulta difícil de exagerar. Si es correcta, entonces el neoliberalismo no puede combatirse únicamente mediante reformas económicas o cambios de gobierno. El problema sería mucho más profundo: habita en nuestras costumbres, en nuestros deseos y en nuestras formas de percibir el mundo.

Del ciudadano al empresario de sí mismo

Uno de los aportes más originales de Foucault consiste en mostrar que el neoliberalismo no busca simplemente gobernar a las personas desde afuera. Su aspiración es mucho más ambiciosa: busca que cada individuo se gobierne a sí mismo. Margaret Thatcher lo resumió magistralmente cuando dijo: «la economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma».

Las sociedades tradicionales utilizaban principalmente la obediencia. Las sociedades disciplinarias estudiadas por Foucault utilizaban instituciones como la escuela, el cuartel, la fábrica o la prisión para moldear conductas. El neoliberalismo, en cambio, descubre algo más eficaz: lograr que las personas adopten voluntariamente los objetivos del sistema como si fueran sus propios objetivos. Todos se ponen la camiseta de la empresa.

La figura central de esta transformación es el llamado «empresario de sí mismo». Ya no somos simplemente trabajadores, tampoco ciudadanos, ni miembros de una comunidad. Somos proyectos caminando. Cada uno de nosotros debe gestionar su propia existencia como si administrara una empresa. Debemos invertir en nosotros mismos, mejorar nuestras competencias, ampliar nuestras redes de contacto, aumentar nuestro valor en el mercado, cuidar nuestra imagen, optimizar nuestro tiempo y convertir cada experiencia en una oportunidad de crecimiento. Cada una de estas actividades nos llevará al éxito, lo contrario al fracaso de los perdedores.

La educación deja de ser una búsqueda del conocimiento para convertirse en una inversión. Todo es una inversión: las relaciones personales, incluso la amistad, el amor y la espiritualidad. Todo debe generar algún tipo de rendimiento, debe producir resultados, debe justificarse por su utilidad. La pregunta ya no es ¿qué es lo verdaderamente valioso?, la pregunta es ¿qué funciona de acuerdo a una determinada lógica?

La expansión de la lógica empresarial

Durante siglos, el mercado ocupó un espacio relativamente delimitado de la vida social. Existían actividades económicas, pero también existían ámbitos regidos por otras lógicas: la amistad, la educación, la espiritualidad, la política, el arte o la vida familiar. Lo que Dardot y Laval observan es que el neoliberalismo rompe esa frontera. La lógica de la competencia comienza a expandirse hacia todas las dimensiones de la existencia. Miremos a nuestro alrededor solamente: ¿no han sentido en sus lugares de trabajo —por ejemplo— que todos están en permanente competencia con sus compañeros? Los trabajadores ya no colaboran: compiten. La escuela ya no forma ciudadanos: forma capital humano. La universidad ya no busca el conocimiento: compite por rankings. Los hospitales ya no solamente cuidan: deben cumplir indicadores. Los estudiantes ya no aprenden: acumulan notas. Las ciudades compiten, las instituciones compiten; todo el mundo en una agotadora competencia. Esta realidad es prácticamente innegable: ahí están los indicadores del desastre en salud mental y la alta tasa de suicidios; sé que no es solo esto, pero gran parte sí. Incluso quienes intentan escapar de esta lógica terminan respirando el mismo aire cultural. La competencia deja de ser un mecanismo económico para convertirse en una norma de conducta. Poco a poco aprendemos a evaluarnos a nosotros mismos con los mismos criterios con que una empresa evalúa sus resultados. Hoy a todo el mundo se le evalúa: profesor, médico, gerente, vendedor. Nos preguntamos constantemente si somos suficientemente eficientes, suficientemente productivos o suficientemente exitosos. A veces uno termina revisando su propia vida como si fuera una planilla de cálculo: cuánto avanzó, cuánto produjo, cuánto falta. Y luego nos preguntamos: ¿por qué tanta gente agobiada?

La libertad convertida en obligación

Quizás una de las paradojas más inquietantes del neoliberalismo sea su particular comprensión de la libertad. Tradicionalmente, la libertad fue entendida como la posibilidad de participar en la vida pública, de decidir colectivamente nuestro destino o de actuar sin dominación. La racionalidad neoliberal introduce una modificación decisiva: ahora somos libres para elegir. ¿Suena bien, verdad? Ya lo hemos escuchado y, probablemente, interiorizado. Si tenemos éxito, el mérito es nuestro; si fracasamos, también. La precariedad laboral deja de ser un problema político y se transforma en una deficiencia personal. La enfermedad se interpreta como una mala gestión individual. La pobreza se convierte en una falta de esfuerzo. «Los pobres son pobres porque son flojos» es lo que escuchamos. Así es como la desigualdad y la injusticia aparecen como el resultado natural de distintas capacidades competitivas y, de este modo, problemas estructurales son trasladados al ámbito privado. La comunidad y la sociedad desaparecen; solo quedan individuos. Individuos obligados a gestionar riesgos que anteriormente eran compartidos colectivamente. Individuos llamados a rascarse con sus propias uñas. La libertad deja entonces de ser una posibilidad: se transforma en una carga, una exigencia, una obligación de rendir.

El agotamiento como síntoma de época

Toda forma de vida produce determinados sufrimientos. Las sociedades disciplinarias generaban sujetos obedientes y reprimidos. La racionalidad neoliberal produce algo distinto: produce individuos cansados, ansiosos, deprimidos, permanentemente insatisfechos. La promesa neoliberal afirma que cada persona puede convertirse en aquello que desee. Pero precisamente porque el horizonte es ilimitado, nunca parece suficiente. Siempre existe un nuevo objetivo, una nueva certificación, una nueva mejora, una nueva versión de uno mismo por alcanzar. El deseo incentivado por esta lógica siempre gana. El resultado es una experiencia paradójica: vivimos en una época que exalta la libertad como ninguna otra y, sin embargo, millones de personas experimentan una sensación creciente de agotamiento, de deterioro de la psique. Como si estuvieran corriendo sin saber exactamente hacia dónde; como si la vida se hubiera convertido en una carrera cuya meta se desplaza constantemente. Quizás por eso los trastornos relacionados con la ansiedad, el estrés y la depresión se han convertido en algunos de los grandes síntomas de nuestro tiempo. No son simples problemas individuales: son señales profundas, ontológicas, indicios de una forma particular de organizar la existencia.

Una pregunta para nuestro tiempo

El aporte más importante de Foucault, Dardot y Laval no consiste solamente en describir el neoliberalismo; consiste en ayudarnos a reconocerlo allí donde normalmente pasa desapercibido. En nuestros hábitos, en nuestras expectativas, en nuestros miedos, en nuestros deseos. Tal vez el mayor triunfo del neoliberalismo haya sido convencernos de que no existe alternativa a la competencia permanente; que la vida es, en esencia, una carrera hacia una meta; que cada individuo debe convertirse en una empresa; que el valor de una existencia puede medirse mediante indicadores de rendimiento. Pero toda forma histórica de vida parece natural mientras permanece intacta. Solo cuando comienza a resquebrajarse podemos verla como lo que realmente es: una construcción humana. Y, por lo tanto, podemos deshacer lo que hemos hecho.

La pregunta decisiva, entonces, no es únicamente cómo funciona el neoliberalismo. La pregunta es qué aspectos de nuestra humanidad quedan relegados cuando toda la existencia es interpretada desde la lógica de la competencia. ¿Qué ocurre con la atención, la contemplación, con el cuidado, con la escucha, con nuestra conexión con los otros, con la naturaleza y con nosotros mismos?

Responder estas preguntas exige avanzar más allá del diagnóstico económico y político. Exige examinar cómo esta racionalidad ha transformado nuestra experiencia del tiempo, del mundo y de la vida misma. Esa será la tarea de las próximas páginas.