Este artículo considera la Nueva Canción chilena como una parte clave del patrimonio político-cultural de Chile. El trabajo musical extraordinario de la Nueva Canción durante el período 1965 a 1973 es un testimonio musical de una época histórica muy importante en el país. La música incorporó un fuerte compromiso con las luchas populares y, además, mostró importantes innovaciones musicales. Empecé a estudiar este tema en 2013 (di una conferencia sobre la NCCh como patrimonio en enero de 2014) y en 2018 formamos un equipo con Rodrigo Álvarez, profesor y director/músico del conjunto Trikawe, y Cristián Galaz, director de la Fundación Víctor Jara, para explorar la posibilidad de una iniciativa para  promover el reconocimiento de esa música como patrimonio inmaterial de Chile.

¿Qué es el patrimonio cultural? La Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) definió así en 2003 el patrimonio cultural:

…el patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos. Comprende también expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional. Pese a su fragilidad, el patrimonio cultural inmaterial o patrimonio vivo es un importante factor del mantenimiento de la diversidad cultural. (http://www.unesco.org/new/es/santiago/culture/cultural-heritage/ )

El patrimonio cultural inmaterial es tradicional; pero al mismo tiempo vive. Es integrador, es representativo y está basado en las comunidades, grupos o individuos que lo crean, mantienen y transmiten. Entre las artes del espectáculo se incorporan la danza y la música.

En 2018 UNESCO designó la música reggae de Jamaica, entre otras, como patrimonio cultural. Declaró que esta música se originó entre grupos marginados; pero, eventualmente, fue abrazada por amplios sectores de la sociedad. Reggae es una expresión musical que aporta temas globales: la injusticia, la resistencia, el amor y la condición humana. Para mí, la Nueva Canción chilena también es una expresión musical muy conocida y querida en Chile, en América Latina y en el mundo, que valora las aspiraciones y sueños humanos de justicia social y que, igualmente, merece reconocimiento como patrimonio cultural de Chile y el mundo.

La Nueva Canción chilena incorporó instrumentos ancestrales y tradicionales (la quena, la zampoña o sikus, el charango) y ritmos folklóricos, pero los modernizó y renovó. Su música es crisol de valores culturales y políticos específicos de Chile y de América Latina en un momento histórico definido, pero es querida en todo el mundo. Refleja un compromiso con los humildes y los excluidos. Rápidamente fue aceptada y difundida en Chile por estudiantes, intelectuales y profesores, trabajadores y pobladores, entre otros, como un reclamo de justicia e igualdad, perspectiva que prevalecía en los años 60 y 70. Por supuesto, los valores de la Nueva Canción no fueron abrazados por toda la sociedad; notablemente fueron rechazados por las élites. La Nueva Canción constituyó un desafío a la cultura dominante y a la industria musical, que reflejaban los valores hegemónicos: los del huaso, del patrón, de la clase oligárquica de terratenientes. El movimiento de la Nueva Canción era contrahegemónico en el sentido gramsciano. Desafió al sistema político tanto como al sistema cultural dominante. Comunicó el sueño de una sociedad más incluyente, más igualitaria. Efectivamente, representó las clases ascendentes en Chile, es decir, los sectores populares que en los 60 estaban exigiendo sus derechos y cuestionando las relaciones de poder existentes. La Nueva Canción contrastaba y reconfiguraba el sentido de identidad excluyente y elitista que dominaba la cultura general. La música desempeñó un rol crucial para construir una nueva visión que valoraba a las clases trabajadoras de Chile y de América Latina, el pueblo.

El concepto de patrimonio cultural significa que hay una especie de arte, de herencia musical, que vale la pena reconocer y preservar tanto para las generaciones que siguen como para la Historia. La Nueva Canción es un ejemplo de un movimiento reconocible (aunque había varios géneros de música dentro del movimiento) que realmente revolucionó la cultura musical de Chile, y sin duda de América Latina, y que también tenía un rol social clave como parte orgánica de movimientos populares. Es decir, tiene importancia en los sentidos político y cultural. En términos musicales, los músicos del movimiento inventaron en varios aspectos: 1) la incorporación de ritmos e instrumentos de todo el continente; 2) un destacado desarrollo instrumental; 3) la creación de nuevas formas de música sobre la base de las tradiciones folklóricas (brilla acá Violeta Parra y otros que recopilaron la música tradicional de Chile); 4) la introducción de elementos modernos como notas disonantes, nuevas progresiones de acordes y nuevas armonías; y 5) la mezcla de música popular con formas clásicas, es decir música “culta” y elementos orquestales.

La Nueva Canción abrió nuevos espacios para las voces de los excluidos, recuperó la Historia invisibilizada, movilizó y unió a la gente con un sentido común, construyó un nuevo canal para expresar reclamos “desde abajo” y estimuló la participación política y cultural de las masas. Esa música vive en los corazones y cerebros de decenas de miles de personas y es trasmitida de generación en generación. Los estudiantes cantaron “El pueblo unido” en las marchas estudiantiles del 2011 y el movimiento popular de 2019 cantó las canciones de Víctor Jara (entre muchas otras). De hecho, estas canciones son conocidas en todo el mundo. La música de la Nueva Canción chilena estuvo profundamente relacionada con el surgimiento de importantes actores sociales y políticos en los años 60: de obreros, pobladores, campesinos y estudiantes, que estaban reclamando sus derechos y proponiendo una nueva concepción del Estado-sociedad. Se propuso encarnar a los sectores mayoritarios del pueblo latinoamericano, es decir, la gente excluida y marginada, pero cada vez más combativa, y expresó, a la vez, las luchas y las esperanzas por un futuro distinto para Chile y el continente.

En este momento histórico en Chile–con la sociedad movilizada y cambiada por el estallido social y el plebiscito, con una nueva Convención Constitucional con amplia base popular y con muchas esperanzas de una democratización profunda del Estado y la sociedad mediante nueva Constitución–parece oportuno revisitar la propuesta de declarar la NCCh como patrimonio cultural de Chile.