
Chile ha entrado en lo que se podría denominar una fase de retroceso político y social, es decir, un periodo con amenaza de involución socio ambiental y cierta parálisis institucional, repliegue ideológico y un momento de enfriamiento del debate democrático. La instalación del gobierno de José Antonio Kast en marzo de 2026 no es un evento fortuito, sino la culminación de una «revolución pasiva» que ha sabido capitalizar el miedo, la inseguridad y la fragmentación digital para intentar restaurar un orden rígido y extractivista. Para el progresismo en general, y las fuerzas de izquierda en particular, el desafío no es solo resistir, sino romper la parálisis intelectual y proponer una alternativa que supere la mera gestión de lo existente.
A nuestro juicio, en gran medida la respuesta a esta crisis reside en una síntesis audaz de tres pilares: la mística soberana de Salvador Allende, la estrategia cultural de Antonio Gramsci y el diseño institucional de Roberto Mangabeira Unger.
- La Batalla por el Sentido Común
El primer desafío es gramsciano: entender que la extrema derecha ha ganado la «guerra de posiciones» en las redes sociales mediante una arquitectura de desinformación que ha naturalizado el autoritarismo como única respuesta a la inseguridad. El progresismo no puede limitarse a denunciar las fake news; debe construir una contra-hegemonía.
Esto implica articular un nuevo «bloque histórico» que no solo agrupe a las izquierdas tradicionales, sino que atraiga a los sectores medios y emprendedores bajo un relato de potencia nacional. La seguridad no debe ser una bandera exclusiva de la derecha; para el progresismo, la seguridad es el piso mínimo —el Estado de Bienestar— que permite al ciudadano vivir sin miedo y, por ende, ser libre para crear.
- La Soberanía como Plataforma
El legado de Allende nos ofrece la legitimidad histórica de la propiedad sobre nuestros recursos básicos. Sin embargo, en la era de la inteligencia artificial, la nacionalización del litio o el cobre es insuficiente si no se acompaña de una soberanía cognitiva.
¿Qué es la Soberanía Cognitiva?
La soberanía cognitiva no es solo la propiedad estatal sobre los recursos, sino la capacidad de una sociedad para ser dueña de su facultad de pensar, innovar y rediseñar su realidad. Se trata de romper con el «colonialismo mental» que nos condena a ser meros alumnos de ortodoxias extranjeras.
Ser soberanos cognitivamente significa que Chile deje de importar soluciones «llave en mano» para empezar a desarrollar una «herejía universalizante»: el derecho a crear teorías e instituciones propias que respondan a nuestra geografía y desafíos únicos.
Por tanto, el desafío para la izquierda actual es pasar de la idea del recurso como «sueldo de Chile» a la idea del recurso como laboratorio nacional. Siguiendo la intuición de Allende, el Estado debe recuperar el control de la riqueza material para ponerla al servicio de una gran transformación científica y tecnológica, impidiendo que el gobierno de turno la reduzca a una simple caja pagadora para proyectos de vigilancia o asistencialismo de baja intensidad.
- El Vanguardismo Inclusivo y la Alta Energía
Aquí es donde el pensamiento de Unger se vuelve el manual técnico de la nueva izquierda. Chile sufre de una «democracia fría», diseñada para inhibir el cambio. El progresismo debe proponer una Democracia Empoderada o de Alta Energía que acelere la resolución de conflictos institucionales y devuelva poder real a las regiones.
El centro de este programa debe ser el Vanguardismo Inclusivo: democratizar el acceso a la tecnología y al conocimiento. En lugar de un Estado de Bienestar que solo compensa a los perdedores del sistema, necesitamos un Estado socio que dote a cada PyME, a cada cooperativa y a cada trabajador de las herramientas para participar en la economía de la innovación. Superar el extractivismo no es una tarea técnica, es una tarea política que requiere rediseñar el mercado para que la inteligencia no sea el privilegio de una élite.
De la Resistencia a la Creación
El progresismo chileno enfrenta un dilema: o se refugia en la nostalgia de lo que fue, convirtiéndose en un «gerente de la decadencia», o abraza el experimentalismo institucional.
La hoja de ruta es clara: defender en primera instancia el piso social conquistado (la herencia de Allende) para, acto seguido, invitar al país a un proyecto de grandeza tecnológica donde cada ciudadano sea un arquitecto de la riqueza nacional (la propuesta de Unger). Solo así, disputando el sentido común con argumentos y no solo con consignas (la lección de Gramsci), la izquierda podrá ofrecer un futuro que sea más poderoso que el miedo.
Referencias Bibliográficas
- Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel. Edición crítica de Valentino Gerratana. Era/Einaudi.
- Unger, R. M. (2019). The Knowledge Economy (La economía del conocimiento). Verso Books.
- Allende, S. (1971). Nacionalización del Cobre: Acto de soberanía. Discurso ante el Congreso Pleno.
- Unger, R. M. (2004). La democracia empoderada. Verso Books.
- Lula da Silva, L. I. (2026). Discursos sobre la Movilización Global Progresista.
- Maira, L. (2023). La Vía Chilena al Socialismo: 50 años después. Análisis de la estrategia de Allende. Disponible en: CLACSO





