La gesta que libró el Presidente Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, entró en la historia de Chile, adentrándose en la memoria de sucesivas generaciones de compatriotas conmovidas por su decisión de no someterse a “la felonía, la cobardía y la traición” de los ruines generales rastreros, en esas horas que pasaron a ser imborrables en la conciencia del pueblo chileno.

En La Moneda atacada por tanques, fuego de artillería y la fusilería de los regimientos golpistas, luego bajo el estruendo de los caza bombarderos y las detonaciones de los cohetes revestidos con acelerantes incendiarios para derrumbar sus murallones, allí fue donde resistió Allende y se convirtió en símbolo universal de la defensa del poder civil-democrático en resistencia a la embestida fascista que, después de varios años, tenia el control de las fuerzas castrenses por la traición de Pinochet, incorporado arteramente a la conjura orquestada por la administración Nixon.

El mensaje del Presidente Allende traspasó el cerco de fusiles y metralla, las explosiones y los muros humeantes, empinándose desde su maciza trayectoria democrática, extendida varias décadas, como diputado, ministro y senador, logrando transmitir con sus inolvidables últimas palabras la convicción que esa hora definitiva para él, sería a la postre un retroceso duro, pero transitorio, en el proceso histórico social porque cuando él ya no estuviera, de todas formas se abrirían las grandes Alamedas y Chile retomaría el curso democrático y transformador que siempre le había distinguido.

Durante varias décadas la lucha por reformas estructurales a través de la institucionalidad democrática fue un camino arduo en que las fuerzas populares sufrieron terribles masacres y retrocesos, pero también habían conseguido importantes avances doblándole la mano a la oligarquía terrateniente y sus defensores ideológicos y políticos, los partidos tradicionales y los ideólogos defensores de la derecha chilena.

Por una “vía chilena”, organizando y liderando al movimiento obrero, ampliando las conquistas sociales y el arco de fuerzas necesario para el cambio social, conquistando electoralmente la Presidencia de la República, en una época en que para muchos la lucha armada era el único camino revolucionario, el Presidente Allende defendió con tenacidad un camino inédito de transformaciones revolucionarias a ser realizado “en democracia, pluralismo y libertad”. Una ruta plasmada de acuerdo a la realidad chilena.

No obstante descalificaciones y momentos difíciles, su tenacidad para lograr un camino de cambios estructurales, a través de reformas institucionales en democracia, pluralismo y libertad que modificaran, en su esencia, el carácter del Estado, constituye el patrimonio histórico de mayor consistencia y solidez conceptual para el Partido Socialista.

En Allende, el actor primordial del proceso revolucionario eran los trabajadores organizados, los auténticos creadores de la riqueza social del país. Por eso, promovió al gabinete a militantes de extracción obrera, provenientes de los partidos socialista y comunista, así en un cambio necesario para fortalecer a su gobierno de la sedición golpista nombró como ministros a los dirigentes de la CUT, Luis Figueroa y Rolando Calderón, su Presidente y Secretario General, como también confió en la capacidad de Mireya Baltra la primera mujer ministra del Trabajo.

Asimismo, nutrió su gobierno con profesionales de la clase media, pertenecientes al Partido Radical como Edgardo Enríquez y figuras como Jacques Chonchol, gran impulsor de la Reforma Agraria en Chile. Valoraba el conocimiento de los expertos, no obstante, el Presidente Allende veía en la conciencia y la organización de la clase trabajadora la fuerza motriz de los cambios comprometidos con el pueblo de Chile.

Respeto a la voluntad popular

Como patriota de firmes convicciones republicanas Allende hizo su servicio militar, con Patricio Aylwin -aunque en distintos momentos-, son los dos Presidentes civiles que lo realizaron. Pero nunca hizo aspavientos de su formación militar ni predicaba la confrontación en sus discursos. A veces recibía pifias por “reformista” desde la ultra izquierda, pero no se alteraba, consideraba que esos grupos vivían su propio y necesario proceso de maduración.

En lo que sí fue inflexible, sin ceder nunca ni un milímetro, fue en exigir respeto a la voluntad popular que lo llevó a la Presidencia, señalando siempre que de imponerse el plan golpista defendería con su vida la voluntad del pueblo. Lo más probable es que los fascistas no le creyeron. Temían el vigor de su palabra y su juicio político macizo y coherente, pero subvaloraron la fuerza de sus ideas y la consecuencia de sus convicciones.
En la tosca mirada del general fascista, Allende, un líder de terno y combate, de extensas exposiciones en el Congreso Nacional y vigorosa pedagogía política en sus masivas convocatorias a las multitudes que lo escuchaban, sólo sería capaz de hacer discursos, pero no de luchar hasta las últimas consecuencias. Se equivocaron rotundamente.

Allende, era el estadista sereno respaldado por el aplauso más largo brindado a un líder en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Ajeno a los uniformes de combate y la fanfarria castrense, pero férreo defensor del juramento de obediencia a la autoridad civil que es la base de la legitimidad democrática y republicana de la profesión militar. Acostumbrados a su propia bajeza y cobardía, los golpistas no esperaron la resistencia de Allende en La Moneda.

El fascismo lanzó sus fuerzas de choque contra La Moneda sin obtener la rendición presidencial que pensaban sería fácil. El traidor ordenó a sus ruines esbirros un ultimátum al Presidente constitucional. En La Moneda, Allende rechazó de inmediato la exigencia golpista y la lucha irreconciliable entre democracia y dictadura prosiguió protagonizada por un grupo indoblegable de combatientes que se enfrentaban a la asonada de las Fuerzas Armadas del país.

Ante la prolongación de la lucha en La Moneda, el mando golpista ordenó el bombardeo aéreo para destruir la cercada sede de gobierno y asegurar el asalto final al símbolo republicano que resistía heroico pero solitario. El fascismo tenía que aplastar esa intrépida resistencia para capturar el poder. Así, el resonar de los caza bombarderos a baja altura se impuso al frenético tiroteo de fusiles y ametralladoras y La Moneda se sacudió por las explosiones que destruían el añoso edificio y, a la vez, derrumbaban la institucionalidad democrática. La brutal fuerza de las armas se impuso, los combatientes allendistas ya no estaban en condiciones de evitar que la infantería golpista penetrara a la sede del gobierno destituido. Fue entonces cuando Allende murió para vivir. No se rindió. Pagó con su vida la lealtad del pueblo.

Su legado democrático

El legado democrático de Salvador Allende proyecta una lección fundamental: nunca el pueblo debe dejarse masacrar ni avasallar, la libertad no se podrá someter jamás a la fuerza ciega y arbitraria de las armas. La base esencial en la inquebrantable fortaleza democrática de las ideas del socialismo chileno se fundamenta en que la legitimidad del poder político descansa en el ejercicio de la voluntad popular como factor esencial e insustituible de la institucionalidad democrática del país.

La izquierda chilena bajo el liderazgo de Allende se constituyó en el soporte político fundamental de la institucionalidad democrática, con el fin de conseguirlo el líder popular fue capaz de unir al movimiento popular, de abandonar el solo reclamo infecundo y convertirla en una fuerza capaz de gobernar. De hecho, el intento golpista “el tacnazo”, de Octubre de 1969, fue derrotado por la potente respuesta de los trabajadores organizados, convocados por la CUT, sin distinciones partidistas, socialistas, comunistas, democratacristianos, radicales e independientes.

Su tesonero bregar de décadas le permitió derrotar el sectarismo y unir a las fuerzas de avanzada social en una alternativa nacional por su ramificación territorial, fuerza social, claridad programática y certeza conducción política. Su propuesta a la izquierda no era la de un grupo ensimismado, auto endiosado en la supuesta firmeza y rectitud de indescifrables principios. Era la proyección de una auténtica alternativa nacional para materializar la “vía chilena”.

Allende trabajo a conciencia por su opción de principios. Durante años la dictadura buscó y rebuscó en los archivos de las reparticiones públicas hechos o pruebas para inculparlo o mezclarlo con algún acto de corrupción o prebenda de beneficio personal. Fracasaron. A diferencia de hoy que está lleno de triquiñuelas o estafas para lucimientos personales o conseguir ingresos indebidos y que esas conductas vergonzosas se justifican con rimbombantes frases sobre la pobreza de los involucrados, el Presidente Allende si hizo realidad su afirmación de que: “en mi gobierno se podrán meter las patas pero no las manos…”. Al pueblo se sirve y no se le utiliza para fines personalistas, esa lección está en el ADN de la herencia allendista.

Ahora, en el presente, cuando se desprecia el compromiso político firme y resuelto, pero se exalta una aparente “independencia”, Allende irrumpe como un ejemplo vital e irrompible con las ideas que siempre le inspiraron y guiaron su vida. Frente al camuflaje sin principios y la conducta del camaleón, Allende representa la consecuencia para creer qué hay lideres que se orientan por ideales democráticos y revolucionarios que nunca serán traicionados.

La vía chilena que legó el Presidente Allende emana de la voluntad democrática del pueblo de Chile, el pluralismo político y la diversidad cultural, el carácter plurinacional y descentralizado del Estado, en definitiva, el Estado social y democrático de derechos al que aspiran las nuevas generaciones surge y se fundamenta en la voluntad popular.

Mientras así lo decidan elecciones libres, universales e informadas los gobernantes tendrán legitimidad, jamás a través de la sedición que conduce al golpe de Estado y la dictadura de la derecha. El poder nace en las urnas, del ejercicio de la voluntad ciudadana. Esa es su gran lección. En Allende el socialismo tiene el patrimonio histórico más valioso que fuerza política alguna pueda tener en Chile. Su legado nunca será olvidado. Allende murió para vivir.