El candidato del oficialismo es independiente de los partidos de la derecha, pero no de sus poderes fácticos. Este es el mayor problema que tendrá este sector político tras el desenlace presidencial. Es un cambio importante.

Hasta el presente, la derecha política había tenido éxito en defender su espacio propio frente a sus socios del poder económico. Con Lavín esta independencia todavía se podía expresar en lo que valga, sin embargo, ahora lo que tenemos es un sometimiento que nada bueno puede presagiar.

Los partidos no se constituyen sin motivo. La especificidad de la política, o sea la toma de decisiones de alcance nacional en ambiente de incerteza y teniendo principios orientadores como guía, requiere de una dedicación preferente.

La derecha económica tiene intereses y la voluntad de que queden bien representados en elecciones, pero pocas veces se expresa directamente sin la mediación de quienes entienden la complejidad del campo público. La política no es un negocio, sino un complejo ámbito de relación entre actores políticos colectivos, liderazgos, movimientos sociales y reglas del juego propias.

Si los partidos tienen una razón de ser (y, sin duda, la tienen), esta situación traerá dificultades nuevas. El tener un candidato presidencial que se sostiene fuera de este ámbito, deja a las organizaciones partidarias en el papel de acompañantes con más opinión que voto. Acostumbrados a ser quienes toman las decisiones, quedan ahora en el papel de espectadores que contemplan cómo otros deciden por ellos en la trastienda.

Si RN o la UDI observan en la campaña presidencial que se está cometiendo un error podrán advertirlo, pero no podrán remediarlo porque estarán jugando de visita. En cambio, el poder de los auspiciadores tendrá mucho más peso.

Es muy significativo que, luego de las primarias, Sichel decidiera tomarse con calma y sin apuro el retomar su relación con los partidos que acababa de derrotar. Esto fue un error. Fue ubicarlos en un discreto rol secundario. Puede que haya quedado claro que las maquinarias electorales ya no definían quién gana una elección, pero hacer explicita esta situación no hará que el candidato gane un millón de amigos entre los dirigentes partidarios.

La situación se hace más compleja si se toma en cuenta que la negociación parlamentaria, ámbito muy propio de los partidos políticos, podrá ser intervenida desde la influyente posición del abanderado.

Esto provocará resentimientos difíciles de procesar porque todos consideraran que se les dedica menos tiempo e interés a sus candidatos que al de los demás. Es decir, no sólo se van a considerar ubicados en la segunda fila, sino que estarán siendo intervenido en sus decisiones más propias.

La pregunta básica para la derecha es si sus organizaciones partidarias realizarán un esfuerzo de puesta al día y reconstitución de sus estructuras. De este gobierno saldrán debilitados, inseguros, divididos, dirigida a control remoto y depositando su confianza en individualidades. El retroceso es enorme, considerando lo que habían alcanzado en una década y media. Con las primarias despertaron a esta difícil realidad, es de esperar que actúen en consecuencia.